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​Osteoporosis del alma

· ​Misa en Santa Marta ·

La vanidad, junto con la codicia y la soberbia, es una de las «raíces de todos los males» en el corazón de cada persona. La carrera sin descanso, tan típica de nuestros tiempos, «para fingir, parecer ser, aparentar» no conduce a nada, «no nos da una auténtica ganancia» y deja la inquietud en el alma.

La vanitas vanitatum del Eclesiastés (1, 2-11), propuesta por la liturgia del día, ha sido el centro de la meditación del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el jueves 22 de septiembre. El punto de partida ha sido la inquietud del rey Herodes Antipas descrita en el Evangelio de Lucas (9, 7-9). El soberano, en efecto, «estaba inquieto» porque aquel Jesús del cual todos hablaban «era para él como una amenaza». Algunos pensaban que fuese Juan, pero el rey repetía: «A Juan, le decapité yo. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo tales cosas?». Una inquietud, puso de relieve el Pontífice, que recuerda aquella del padre, Herodes el grande, quien «se dio un buen susto» cuando llegaron los magos para adorar a Jesús.

En nuestra alma, explicó el Papa, «está la posibilidad de tener dos inquietudes: una buena, que es la inquietud del Espíritu Santo, que nos da el Espíritu Santo, y hace que el alma esté inquieta por hacer cosas buenas, por seguir adelante; y está también la mala inquietud, aquella que nace de una conciencia sucia». Precisamente esta última caracterizaba a los dos soberanos contemporáneos de Jesús: «tenían la conciencia sucia y por eso estaban inquietos, porque habían hecho cosas malas y no tenían paz, y cada acontecimiento a ellos les parecía una amenaza». Por lo demás, su modo de resolver los problemas era matar, y seguían adelante pasando «sobre los cadáveres de la gente».

Quien como ellos, explicó Francisco, «provoca el mal», tiene «la conciencia sucia y no puede vivir en paz»: la inquietud los atormenta y viven «en un prurito continuo, en una urticaria que no les deja en paz». Una realidad interior en la cual se centró la reflexión del Papa: «esta gente ha provocado el mal, pero el mal tiene siempre la misma raíz, cualquier mal: la codicia, la vanidad y la soberbia». Las tres, añadió, «no te dejan la conciencia en paz», todas impiden que entre «la sana inquietud del Espíritu Santo», y «llevan a vivir así: inquietos, con miedo».

Presentada así la situación, inspirado por la primera lectura, el Pontífice se centró en la vanidad: «¡Vanidad de vanidades!, ¡vanidad de vanidades... Todo es vanidad». La expresión del Eclesiastés, destacó, puede parecer «un poco pesimista», si bien en realidad «no todo es así: hay gente buena». Pero, explicó Francisco, «el texto quiere poner de relieve esta tentación tan nuestra, que es también la primera de nuestros padres: ser como Dios». La vanidad, en efecto, «nos infla», pero «no tiene larga vida, porque es como una pompa de japón» y no lleva jamás a «una ganancia auténtica». Sin embargo, el hombre «se preocupa por aparentar, por fingir, por la apariencia». En palabras pobres: «La vanidad es maquillar la propia vida. Y esto enferma el alma, porque uno maquilla la propia vida para aparentar, para parecer, y todas las cosas que hace son para fingir, por vanidad. Pero al final, ¿qué gana?».

Para hacer comprender mejor esta realidad interior, el Papa ha usado algunas imágenes concretas: «la vanidad es como una “osteoporosis” del alma: los huesos por fuera parecen estar bien, pero por dentro están todos arruinados». Y dijo también: «La vanidad nos conduce al fraude, así como los estafadores marcan los papeles para obtener ganancias. Pero esta victoria es falsa, no es verdadera. Esto es la vanidad: vivir para fingir, vivir para parecer ser, vivir para aparentar. Y esto inquieta el alma».

Al respecto, recordó el Papa, san Bernardo se expresaba dirigiéndose al vanidoso con una palabra «incluso muy fuerte»: «Pienso en lo que serás. Serás comida de los gusanos». Como si dijese: «todo este maquillaje de la vida es una mentira, porque te comerán los gusanos y no serás nada». Pero, «¿dónde está la fuerza de la vanidad?», se preguntó Francisco. «Impulsados por la soberbia hacia la maldad», no se quiere «permitir que se vea un error», se tiende a «cubrirlo todo». Es verdad que hay mucha «gente santa»; pero es igualmente verdad que hay gente de la cual se piensa: «¡Qué buena persona! Va a misa todos los domingos. Da grandes donativos a la Iglesia», sin darse cuenta de la «osteoporosis», de la «corrupción que tienen dentro». Por lo demás, «la vanidad es esto: te hace aparentar con cara de estampa y luego tu verdad dentro es otra».

Ante todo esto, concluyó el Papa, «¿dónde está nuestra fuerza y la seguridad, nuestro refugio?». La respuesta nos la da también la liturgia. En el salmo del día, en efecto, se lee: «Señor, tú has sido para nosotros un refugio de edad en edad». Y en el versículo antes del Evangelio se recuerdan las palabras de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Esta, dijo Francisco, «es la verdad, no el maquillaje de la vanidad».

Por ello es importante pedir «que el Señor nos libere de estas tres raíces de todos los males: la codicia, la vanidad y la soberbia. Pero, sobre todo, de la vanidad, que nos hace tanto mal».

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18 de Septiembre de 2019

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