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El discurso navideño del Papa a la Curia romana se une ideal y perfectamente a la breve intervención que tuvo con el colegio cardenalicio cuatro días antes de ser elegido en cónclave. Texto tan breve como eficaz que delineaba el perfil de una Iglesia misionera, y por tanto también del obispo de Roma que los electores debían identificar.

Una comunidad «llamada a salir de sí misma y a ir hacia las periferias, no solo las geográficas, si no también las existenciales: las del misterio del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia y de la ausencia de fe, las del pensamiento, de todo tipo de miseria» dijo a los cardenales el arzobispo de Buenos Aires. Que en conclusión delineaba las características del Pontífice a elegir, y es decir «un hombre que a través de la contemplación de Jesucristo y la adoración de Jesucristo», ayudara precisamente a «la Iglesia a salir de sí misma» para ir e involucrarse en estas periferias de la humanidad contemporánea.

A casi cinco años de distancia de ese final de invierno, Francisco ha hablado a la Curia en ocasión de las felicitaciones navideñas, pidiéndoles que se liberen de todo obstáculo para «ver lo esencial». Un mes exacto después de la fumata blanca el Papa inició simbólicamente la reforma con la constitución del consejo de cardenales que lo está ayudando ahora. Y hoy, en este contexto de una renovación que siempre es necesaria en la vida cristiana, el Pontífice ha diseñado las características de un organismo ad extra, orientado de forma constitutiva fuera de sí mismo.

En coherencia con los predecesores, y en particular con la voluntad de reforma del concilio Vaticano II expresada por Pablo VI a la Curia en el discurso del 21 de septiembre de 1963, tres meses exactos después de la elección, su sucesor ha descrito esta «institución antigua, compleja, venerable, compuesta de hombres que provienen de muy distintas culturas, lenguas y construcciones mentales» como unida desde siempre «a la función primacial del Obispo de Roma». Un primado que Francisco ha definido «diaconal», refiriéndose a un concepto antiquísimo y al título papal más bonito y cargado de significado, el de servus servorum Dei que se remonta a un predecesor ejemplar, Gregorio Magno, según Benedicto XVI «íntimamente tocado por la humildad de Dios, que en Cristo se ha hecho nuestro siervo, nos ha levantado y nos lava los pies sucios».

Y como el primado del Papa, diaconal debe ser el trabajo de su curia, ha subrayado Francisco. En cuanto que se supera la lógica destructiva y autorreferencial «de las intrigas o de los pequeños grupos» ha dicho el Pontífice, que ha descrito con palabras penetrantes el peligro representado por quien traiciona la confianza o se aprovecha de la maternidad de la Iglesia, pero sin olvidar «la inmensa mayoría de personas fieles» que trabajan en la Curia romana «con dedicación y también con tanta santidad». Por un servicio que Bergoglio ha descrito dirigido a la relación con las naciones gracias a una diplomacia que quiere construir puentes, a la comunión con las diferentes Iglesias, en particular las orientales sin las cuales Roma «no sería realmente católica», al ecumenismo y al diálogo con las religiones.

g.m.v

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25 de Abril de 2018

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