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Omisión del deber de socorro

· Don Giovanni y las prostitutas menores por las calles de Roma ·

 Fuerte, evocativo e imperioso, el icono del buen samaritano se materializa ante los ojos de don Giovanni Carpentieri cada vez que, junto con un grupo de voluntarios, emprende en su coche utilitario el camino de los olvidados. Calle Togliatti, periferia de Roma. De día, artería muy concurrida; de noche, sórdido espacio donde, bajo las farolas, un gran número de jóvenes espera en las aceras. Vidas desperdiciadas en espera de clientes. Espejo de un infierno existencial con contornos deshilachados.

Un fenómeno ya no homogéneo, como podía serlo hace algunos años, aunque el hilo conductor sigue siendo siempre el ser a la deriva. Doce centímetros de tacones, peinados con extensiones, labios coloreados de rojo fuego, mujeres niñas cuya apariencia podría engañar, pero el documento de identidad no deja alternativa. Vidas marcadas, sobrecargadas por traumas insoportables, quizá recuperables a través de la mirada dulce del buen samaritano. Esto es lo que siempre ve don Giovanni cuando inicia su actividad animado por la fe y por la necesidad de no ser indiferente ante tanta fealdad.

Con su abigarrada vitalidad, Roma incluye, por desgracia, muchas zonas oscuras, cuyos habitantes son víctimas jovencísimas, a lo sumo treintañeras. “En el fondo, ¿qué tiene de malo?, se justifican tantas muchachas”. A don Giovanni no le gusta dar detalles de lo que encuentra el grupo de samaritanos todos los miércoles por la noche, semana tras semana, mes tras mes. A veces le parece que el corazón le va estallar por el dolor de no lograr hacer más de lo que hace, en su busca desesperada por establecer un contacto humano suficientemente fuerte que rompa las cadenas de la esclavitud psicológica.

A veces ni siquiera se trata de esclavitud obligada, de organizaciones criminales, de bandas de delincuentes que obligan por la fuerza a las mujeres inmigrantes a vender su cuerpo. Aunque es verdad que también están las bandas y son numerosas, sobre todo de rumanos y nigerianos, en Roma ha ido manifestándose de manera lenta y paralela otro fenómeno, silencioso y solapado: la prostitución ha llegado a ser aún más ambigua, se ha introducido incluso en las escuelas, entre las menores de edad, ya en la enseñanza media. “Todo el sistema debería preguntarse sobre lo que está sucediendo a la vista de todos”. Este párroco valiente usa palabras fuertes.

Hace quince años tomó la decisión de trabajar en la periferia, con los lejanos, yendo a buscar a los muchachos a la deriva, precisamente como indicó el Papa Francisco en su programa pastoral. “Hay mucha necesidad de activar una Iglesia de campaña, un hospital del alma capaz de acoger, ayudar y escuchar a quienes están de rodillas, sangrando. Hay mucha necesidad de cristianos de corazón generoso, capaces de salir de sus propios confines para tocar mundos lejanos. A propósito del malestar de los jóvenes, la pastoral que llevo adelante tiene necesidad de fuerzas nuevas, de voluntarios”. El llamamiento de don Giovanni se extiende a los institutos religiosos de la capital que poseen estructuras que hace tiempo estaban repletas de novicios y hoy están parcialmente vacías, para que le permitan alojar a las muchachas extranjeras en busca de una vida diferente.

“Por desgracia, en Roma la prostitución es un tema terrible, dado que el concepto de prostitución, tal como lo habíamos conocido, ha cambiado. Hay niñas de 12 años que tienen relaciones sexuales por una recarga telefónica; hay quienes tienen relaciones sexuales para poder comprarse productos de marca; algunas, incluso, porque las demás también la tienen, en suma, por emulación. Como si gran parte de los jóvenes hubieran perdido el sentido de lo que es correcto y de lo que es incorrecto, sin ninguna reflexión sobre el valor del propio cuerpo y de la propia identidad”.

En la calle, a la noche, los voluntarios encuentran a prostitutas rumanas muy desenvueltas; no se andan con rodeos y confiesan que están allí porque es más fácil ganar dinero, despreocupándose de las consecuencias. Es un signo de los tiempos. Policías y carabineros, magistrados y terapeutas, sociólogos y educadores conocen muy bien este fenómeno social. Los nombres llenan listas suficientemente largas como para que cunda la alarma.

“Para afrontar una emergencia semejante es necesaria una pastoral adecuada. Se necesitan energías y recursos. Por el momento, no creo que la respuesta que damos pueda oponerse a la amplitud del fenómeno”. Los voluntarios que secundan a don Carpentieri, antes de intervenir sobre el terreno, son preparados adecuadamente. El impacto con la realidad puede ser psicológicamente muy duro. La misericordia es la lente a través de la cual deben establecer un contacto con las víctimas. Se precisa un mirada nueva, pero también un corazón capaz de ensancharse para abrazar las heridas, para transmitir el mensaje de que la vida sin misericordia es terrible.

“El Papa insiste mucho en las periferias. Nuestra presencia tiene que volver a adaptarse”. Don Carpentieri pone en el centro de su reflexión el sistema global de la capital, que incluye la debilidad intrínseca de las familias, la dificultad de las escuelas para ofrecer modelos positivos a los muchachos, la falta de consideración por la autoridad como concepto fundamental, y la ética comportamental orientada al oportunismo, al materialismo y al relativismo. El fenómeno de la prostitución de menores, que manifestó toda su sordidez en la investigación de la magistratura sobre el caso del barrio romano Parioli, es solo la punta del iceberg. “El problema es que no reflexionamos sobre el motivo por el que el sistema tiende a ser indulgente con los clientes, que a menudo son padres de familia”. Sí, con frecuencia se trata de padres de muchachas de la misma edad que las menores prostitutas. “A los 15 años una adolescente no tiene la conciencia formada, es una ramita que podría romperse, aunque use tacones y fume. Y así nadie quiere oír hablar de pederastia, porque para la ley este delito es imputable si se tiene menos de 14 años”.

Don Giovanni mueve la cabeza. Y tiene razón, porque basta hablar con psiquiatras infantiles y pedagogos para comprender que entre los 13 y los 16 años no hay una gran diferencia respecto a los daños psicológicos. Los traumas dejarán huella durante toda la vida. “El hecho de que aún no se haya percibido el alcance, la gravedad y el horror de este fenómeno, ni su consiguiente malestar, nos hace pensar que vivimos en el planeta Marte. Sin embargo, bastaría recorrer un poco las calles y dirigir una mirada atenta. Es palpable el malestar juvenil, la pérdida de valores y el extravío de numerosos jóvenes”.

Ser indiferente, no indignarse, no pretender corregir el rumbo, equivale a omisión del deber de socorro. El buen samaritano jamás se comportaría así.

Franca Giansoldati

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23 de Febrero de 2020

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