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Ochocientos años después, un nuevo abrazo y un compromiso en señal de paz

Ochocientos años después de la reunión entre Francisco de Asís y el sultán al-Malik al-Kamil, el Papa que lleva el nombre del santo de Asís se presenta a los «hermanos musulmanes» como un «creyente sediento de paz». Y junto con el Gran Imán de Al-Azhar, firma una Declaración destinada a marcar no solo la historia de las relaciones entre el cristianismo y el Islam, sino también la historia misma del mundo islámico. El Papa Francisco, inventor de la expresión «guerra mundial a trozos», con este viaje y este gesto se inserta en el camino trazado por los predecesores dando un paso más. San Juan Pablo ii, a partir de la reunión en Asís en 1986 —cuando pesaba sobre el mundo la amenaza nuclear, que desafortunadamente vuelve a asomarse— involucró a los líderes religiosos para subrayar cómo las diferentes religiones deben promover la paz, la convivencia, la fraternidad.

Después del 11 de septiembre de 2001, cuando el fundamentalismo terrorista regresó de manera disruptiva a la escena internacional, el viejo pontífice polaco hizo todos los esfuerzos posibles para eliminar cualquier justificación religiosa del abuso del nombre de Dios para justificar la violencia, el terrorismo, el asesinato de hombres, mujeres y niños inocentes. En este mismo camino se movió también Benedicto XVI durante todo su pontificado. En septiembre de 2006, el Papa Ratzinger había dicho a los líderes de los países musulmanes: «Es necesario que, fieles a las enseñanzas de sus respectivas tradiciones religiosas, cristianos y musulmanes aprendan a trabajar juntos, como ya ocurre en varias experiencias comunes, para evitar cualquier forma de intolerancia y violencia. Para oponerse a cualquier manifestación de violencia». Hoy, el Papa Francisco firma un documento donde no solo se rechaza con fuerza cualquier justificación de la violencia cometida en nombre de Dios, sino también donde se hacen declaraciones importantes y vinculantes con respecto al Islam y ciertas interpretaciones. Son comprometidas las palabras sobre el respeto a los creyentes de diferentes confesiones, la condena de toda discriminación, la necesidad de proteger todos los lugares de culto y el derecho a la libertad religiosa, así como el reconocimiento de los derechos de las mujeres. También es significativo el énfasis en una de las raíces más profundas del terrorismo nihilista, que se origina a partir de la mala interpretación de los textos religiosos, pero también de un «un deterioro de la ética, que condiciona la acción internacional, y un debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad».

Elementos que fomentan la frustración y la desesperación, «llevando a muchos a caer o en la vorágine del extremismo ateo o agnóstico, o bien en el fundamentalismo religioso, en el extremismo o en el integrismo ciego». Occidente y Oriente, creyentes de diferentes religiones que se miran los unos a los otros como hermanos, —declaran el obispo de Roma y el gran imán de Al-Azhar— pueden ayudarse mutuamente para intentar evitar que la guerra mundial a trozos estalle con todo su poder destructivo.

De Andrea Tornielli

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24 de Octubre de 2019

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