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Obispos para el rebaño

· Misa en Santa Marta ·

Se es obispo por el rebaño y no por la carrera: el último consejo presbiteral de san Pablo, una auténtica «despedida», es el mejor «testamento» posible porque en el centro de todo está Jesucristo. Y las palabras del apóstol fueron relanzadas por el Papa Francisco en la misa celebrada el martes por la mañana, 15 de mayo, en Santa Marta. «En la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los apóstoles —afirmó el Pontífice refiriéndose al pasaje litúrgico (20, 17-27)— hemos escuchado la despedida de Pablo, la despedida de un apóstol, la despedida del obispo: es un pasaje fuerte, un pasaje que llega al corazón». Pero «es también un pasaje que nos hace ver el camino de cada obispo a la hora de despedirse». Y de este discurso «la mitad se lee hoy, la mitad se lee mañana» hizo presente el Papa, añadiendo: «Yo haré un comentario más que una homilía, un comentario de este pasaje». Porque «el texto habla por sí solo». «Pablo desde Mileto mandó llamar a Éfeso a los presbíteros» explicó Francisco. En práctica «hace una reunión del consejo presbiteral con los presbíteros para despedirse de ellos: debe irse». Y «cuando están reunidos —“cuando estos llegaron ante él, les dijo a ellos” se lee en el libro— comienza primero con un examen de conciencia: “Vosotros sabéis cómo me he comportado con vosotros todo este tiempo, desde el primer día en el que llegué a Asia”». Pablo «dice lo que él piensa que había hecho, lo que ha hecho, y lo somete a juicio de todos», como «una especie de examen de conciencia del obispo ante su presbiterio».

«Leyendo esto con nuestra mentalidad —afirmó el Pontífice— puede parece que Pablo sea un poco orgulloso, que Pablo presuma demasiado de las cosas». Sin embargo «Pablo es objetivo, dice lo que ha hecho» y «presume solamente de dos cosas: presume de los propios pecados y presume de la cruz de Jesucristo que lo ha salvado». Tanto que, en otro pasaje, «mirándose a sí mismo dice: “Pero yo soy un pecador, he perseguido a los cristianos, he matado. Soy como el fruto de un aborto” —hace una descripción fuerte de sí mismo— “pero presumo de todo esto” y “miro al Señor pero también presumo de Jesús que me ha salvado, que me ha llamado, que me ha elegido”». Cuando Pablo «dice estas cosas —explicó el Papa— es objetivo: dice lo que ha hecho, pero su espíritu está lejos de toda vanidad humana. Es real». Por eso el apóstol, «después de este examen de conciencia tan claro que hemos escuchado, en un segundo pasaje dice: “Y así, por tanto, obligado por el Espíritu, yo voy a Jerusalén”». Pablo, por tanto, vive «esta experiencia del obispo: el obispo sabe discernir el Espíritu, que sabe discernir cuándo es el Espíritu de Dios el que habla y que sabe defenderse cuando habla el espíritu del mundo». Así «obligado por el Espíritu, sin saber lo que allá me sucederá», Pablo «va adelante; sabía en la oscuridad, pero sabía, porque un profeta le había revelado eso». Y el apóstol «después explica un poco por qué sabía: “Sé solamente que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me atestigua que me esperan cadenas y tribulaciones”».

Conscientemente Pablo «va hacia la tribulación, hacia la cruz y esto nos hace pensar en la entrada de Jesús en Jerusalén: él entra para padecer y Pablo va hacia la pasión» diciendo, en práctica: «a mí no me importa mi vida, siempre y cuando el Señor complete mi viaje y el servicio que me ha sido confiado».

Con este espíritu Pablo «lleva el servicio, la vida; se ve el brote del martirio, el mártir. Se ofrece al Señor, obediente». He aquí, entonces, el sentido de «“ese obligado por el Espíritu”: el obispo que va adelante siempre, pero según el Espíritu Santo». Y «este es Pablo», reiteró el Pontífice. El mismo Pablo que después realiza el «tercer paso: después de haber hecho el examen de conciencia, después de haber dicho dónde irá y qué le espera, él da el tercer paso: “Y ahora yo sé que no veréis más mi rostro, todos vosotros entre los cuales he pasado anunciando el reino”». De esta manera Pablo «se despide». Esta expresión «no nos veremos más» que escribe el apóstol, afirmó el Papa, «es como si fuera la muerte, con esa ternura». Y, añadió el Pontífice, «el texto prosigue y será leído mañana». Así «después de haber dicho “no nos veremos más”, empieza a dar consejos». Y «en este testamento Pablo nos aconseja: “este bien que dejo dádselo a este, esto a ese, ese...”». No es «el testamento mundano». Porque «su amor grande es Jesucristo» y «el segundo amor, el rebaño». Tanto que afirma: «Velad sobre vosotros mismos y sobre todo el rebaño».

Por tanto, exhorta Pablo, «velad sobre el rebaño; sois obispos para el rebaño, para custodiar el rebaño, no para escalar en una carrera eclesiástica». Esta es su «despedida: “Como yo he hecho, haced vosotros también: velad sobre el rebaño, ese rebaño inmenso, en medio al cual el Espíritu Santo os ha constituido como custodios para ser pastores de la Iglesia de Dios”».

Pero Pablo «explica» también «por qué aconseja velar: “Yo sé que después de mi partida introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas. Por tanto, vigilad, velad y vigilad, recordando que durante tres años no he cesado de preveniros día y noche con lágrimas a cada uno de vosotros”». Y así Pablo, explicó el Papa, «vuelve al examen de conciencia: recordad lo que he hecho y vigilad en el futuro».

Es así como el apóstol «termina con el corazón grande, el corazón humilde de ese hombre que sabe que él no puede hacer nada: “Y ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia”». Como diciendo: «Dios os custodiará, Él os ayudará, os dará la fuerza: Él tiene el poder de edificar y concede la herencia entre todos los que por Él son santificados». Después el apóstol «vuelve otra vez sobre el examen de conciencia: “Estad atentos, no he deseado ni plata ni oro ni el vestido de nadie”». Pablo es «pobre». Y después, indican los Hechos, «tras haber dicho esto, se arrodilló con todos ellos y rezó». De esta manera, afirmó el Papa, «termina esta sesión del consejo presbiteral —el último en Éfeso— con la oración». Y, se lee en los Hechos, «rompieron entonces todos a llorar y arrojándose al cuello de Pablo, le besaban, afligidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y fueron acompañándole hasta la nave». En estas palabras, sugirió Francisco, están «el amor, la ternura de los presbíteros hacia su obispo: el beso, el abrazo, el llanto». «El testamento de Pablo es un testimonio, es también un anuncio» y «es también un desafío: “Yo he hecho este camino. Continuad vosotros”». Pero, hizo notar el Papa, «qué lejos está este testamento de los testamentos mundanos: “Esto lo dejo a ese, eso a ese otro, eso a aquel otro...”». Con «muchos bienes» para distribuir.

«Pablo żinsistió el Pontífice— no tenía nada, solamente la gracia de Dios, la valentía apostólica, la revelación de Jesucristo y la salvación que el Señor le había dado a él». Y, confió el Papa, «cuando yo leo esto, pienso en mí. Pienso también en mí, porque soy obispo y debo despedirme. Pido al Señor la gracia de poder despedirme así. Y en el examen de conciencia no saldré vencedor como Pablo, pero el Señor es bueno, es misericordioso». Y, añadió Francisco, «pienso en los obispos, en todos los obispos: que el Señor nos dé la gracia a todos nosotros de poder despedirnos así, con este espíritu, con esta fuerza, con este amor a Jesucristo, con esta confianza en el Espíritu Santo». Y por tanto, concluyó, «recemos por todos los obispos, para que caminen en este camino de Pablo para poder, al final, hacer un testamento así».

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21 de Junio de 2018

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