Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

​Nuevo humanismo

En 1932 “Un mundo feliz” (Brave New World), la utopía negativa de Aldous Huxley, mostró la imagen terrorífica de una humanidad concebida de manera puramente biológica y manipulada, en la que los hombres eran producidos industrialmente y educados colectivamente. En aquel mundo había una palabra absolutamente prohibida: la palabra “madre”. Una vez realizado el lavado de cerebro, esa palabra desencadenaba sentimientos de aversión. Al hombre nuevo no había que considerarlo engendrado y dado a luz, sino fabricado, un mero factum, ni genitum ni natum. Solo tenía que creer que era el resultado de la sociedad tecnificada, y nada más. No era hijo de ningún tú personal más anciano y mucho menos de Dios. Entre otras cosas, la palabra padre ya no existía. Evidentemente, era más fácil de eliminar que la palabra madre. Según El segundo sexo (1949), obra clásica de Simone de Beauvoir, a esta altura solo se podían admitir preguntas estructurales: “¿Cómo se llega a ser mujer?”, pero no preguntas esenciales: “¿Qué es una mujer?”. De hecho, según de Beauvoir, ser mujer es una invención de la astucia masculina para liberarse de las tareas desagradables.

Roy Lichtenstein, “The Ring” (1962)

Por eso habría que excluir inmediatamente la categoría “femenino”, porque es represiva, y de esto también es víctima la maternidad. En efecto, existirían dos “trampas” por el hecho de ser mujer: el niño y el hombre, y ambos llevan a la voluntad de unirse y, por tanto, a obligaciones permanentes. Sobre todo el niño, a causa de su dependencia psicofísica, constituiría naturalmente la “cadena de la mujer”. El cuerpo femenino debe ser “trascendido” y neutralizado a través de la nivelación química del biorritmo o, en el caso más extremo, a través del aborto. Así, ser mujer sigue estando determinado únicamente por la autonomía abstracta del propio ser. Este feminismo igualitario (“la mujer debe convertirse en hombre”) predomina aún hoy en el debate. Naturalmente, en el ámbito de la Iglesia católica siempre había existido la defensa de la maternidad; sin embargo, chocaba en gran medida contra este discurso. Además, la teoría del gender ha olvidado otro aspecto del cuerpo, que sí sigue hablando de mujeres y de hombres, pero que ha sustituido las constantes biológicas con construcciones sociales. Así, el cuerpo se reduce a un organismo neutro, y la maternidad se trata sobre todo en el ámbito de la fertilidad técnicamente factible. Pero, de modo sorprendente, existen nuevas sugerencias intelectuales que van en la dirección de la maternidad, especialmente en el ámbito de una comprensión psicoanálitica y fenomenológica del cuerpo. Julia Kristeva, filósofa y psicoanalista búlgara que vive en París, se distinguió cuando, mediante un ensayo titulado con audacia Stabat mater (1976), reclamó la reflexión ausente e incluso prohibida sobre la maternidad. Las páginas de la edición alemana de dicho libro están divididas por la mitad: la columna de la derecha contiene reflexiones teóricas sobre la maternidad. Sorpresivamente aparece también la figura de la Virgen madre. Al mismo tiempo, se rinde homenaje al efecto cultural de esta “construcción imaginaria”. En la columna de la izquierda, con lenguaje claramente inspirado por los sentimientos, Kristeva anota sus propias sensaciones durante el embarazo y el nacimiento de su hijo. La misma transformación vivida por el cuerpo materno ya indicaría, según ella, una realidad que, durante el nacimiento y el amamantamiento del niño, permite tener experiencias incomparables. Kristeva desarrolló “Diez principios para un nuevo humanismo”, en los que pide claramente que la corporeidad se incluya en la comprensión del ser humano. Existir significa ser cuerpo, con consecuencias respectivamente diferentes para la mujer y para el hombre. Así, se descubre lo que hasta ahora ha sido el ángulo muerto del movimiento femenino, contra el silencio, incluso en el ámbito cristiano, y contra el miedo a un pensamiento interno católico “premoderno” sobre la maternidad. “La lucha por la igualdad económica, jurídica y política exige una nueva reflexión sobre la elección y sobre la responsabilidad de la maternidad. La secularización ha producido una civilización en la que solo el discurso sobre el papel de la madre está ausente. El vínculo de amor entre madre e hijo, este primer otro que representa la aurora del amor y del convertirse en hombre, este lazo a través del cual la continuidad biológica deviene sentido, alteridad y palabra, es un vínculo doble. El vínculo doble con la madre se distingue sea de la religiosidad, sea de la función paterna, que completa a ambas, deviniendo de este modo parte integrante del interior de la ética humanística”. Por último, Kristeva pide la reformulación de una “ética de la época moderna”. También la subjetividad femenina en la ética hasta el momento permanece en silencio. Según su tesis, las mujeres, “con su deseo de reproducción (estabilidad)”, caracterizan una ética política y cultural distinta. Por tanto, Kristeva promueve un “nuevo discurso sobre la maternidad”. Es preciso “individualizar la extraordinaria construcción de lo materno”, realizada con la Virgen María, “y analizarla atentamente en su complejidad y multiplicidad”. El equilibrio entre “aspectos de igualdad y de diferencia” del hombre y de la mujer hoy se ha alterado, y hay que restablecerlo con urgencia. Sibylle Lewitscharoff, proveniente de un ambiente protestante, con su “discurso de Dresde” de marzo de 2014 sobre la posibilidad de la medicina de disponer de la vida y de la muerte, tocó un tema igualmente candente. En particular, atacó la fecundación artificial (fecundación in vitro), así como, de manera implícita, los métodos de exploración; y, de manera explícita, también el útero de alquiler, los catálogos del semen y la “fecundación” por encargado de “concubinos”. Formuló sus tesis con mucha exasperación, pero equivocándose en parte cuando, hablando de un niño generado en probeta, afirmó que era “medio ser”, o sea, “criatura dudosa, mitad ser humano y mitad algo artificial” (expresión que retiró después). Aun luego de haber recibido duras críticas, siguió rechazando la procreación técnicamente manipulada, sobre todo en consideración a las madres, que deben soportar técnicas humillantes, por no hablar de los padres, que con la ayuda de imágenes pornográficas deben procurarse el esperma mediante el onanismo. A Lewitscharoff le desagradan los “excesos del delirio de factibilidad y (…) la instrumentalización de los niños para que ayuden a realizar la proyección de sus padres”. Por tanto, “merece respeto su exhortación (…) a no eliminar, en el ámbito del nacimiento y de la muerte, todo lo que es destino”. Aquí el discurso de Lewitscharoff puede entenderse “como respuesta consciente, como objeción a las fantasías de omnipotencia sostenidas por la medicina y como señal de alerta ante la aspiración desmedida del hombre moderno”. Pero lo que se descuidó en la crítica al “discurso de Dresde” es la falta de intencionalidad con la que debería realizarse la procreación humana a la que se refiere Lewitscharoff. En sustancia, esta corresponde al respeto de la libertad de quien debe ser creado, ya que gracias a ella se lo sustrae desde el comienzo al modo de pensar utilitarista de sus “productores”. Cuando los niños son engendrados de manera dirigida (fecundación in vitro, diagnóstico prenatal, incluso con uso de clones), si no gustan o en caso de “intento fallido”, se los puede matar de manera igualmente dirigida, dado que según la mentalidad imperante son productos de sus productores. La “utilitarización” del hombre es el método de trabajo del homo faber de la edad moderna, y la sociedad que aborta, selecciona o no está dispuesta a engendrar, es su fragua. El hombre no es jamás mera naturaleza, sino siempre persona, por tanto, naturaleza cultivada. Sin embargo, en teoría la base natural del ser hombre, su género corpóreo, jamás puede suprimirse como portador de personalidad. A esto ha dado una contribución esclarecedora la fenomenolgía del cuerpo. Así, Edith Stein parte sustancialmente de las constantes naturales de la corporeidad que determinan con claridad el ser mujer: disponibilidad a la acogida y a la maternidad. Ambas son cualidades que llevan a un “interior” psicológico: “La misión primaria de la mujer es procrear y educar a la prole (…). En la mujer [se manifiesta] la aptitud para proteger, custodiar y hacer desarrollar el ser en formación y en crecimiento. De ahí el don, cuyo carácter es más corpóreo, de saber vivir estrechamente unida a otro, de recuperar con calma las fuerzas, de soportar el dolor y la privación y de adaptarse; el don, cuyo carácter es más espiritual, de estar orientada interiormente a lo concreto, a lo individual y a lo personal, de saber captar estos aspectos en sus características y adaptarse a ellos, así como el deseo de contribuir a su desarrollo”. Psicológicamente la disponibilidad a la acogida se transforma en “empatías” específicas: en la relación de pareja con el hombre, pero también artísticas y científicas; la maternidad se transforma en identificación con lo que es más débil o atractivamente más grande, y de aquí pasa a la capacidad de comprometerse de muchas formas en la ayuda al desarrollo de la vida ajena y a la conservación de lo humano precisamente en el arriesgado campo de la tecnología. Según Stein, precisamente en la capacidad de dicha “índole” estriba la fuerza fundamental femenina de apasionarse por todo lo que es humano, en particular, por lo que es bello, pero también por la verdad, o sea, por todo lo “que desde un mundo del más allá actúa con misteriosa potencia y fuerza de atracción en esta vida”. El intento de representar la forma específicamente femenina del espíritu resulta por demás difícil. Stein ve en él, sobre todo, el “deseo de recibir amor en cambio de amor, y en esto un anhelo de ser elevada desde la angustia de su existencia presente y concreta hacia un ser y un actuar más altos”.

El proceso activo-pasivo de esta espiritualidad consiste tanto en la maduración propia como en “estimular y favorecer en los demás la maduración hasta su perfección (…), anhelo femenino muy profundo que puede manifestarse con los disfraces más diversos e, incluso, como distorsiones y depravaciones”. En fin de cuentas, la fenomenología tiene dificultad para dividir las species hombre y mujer por características espirituales “según su género”. Lo que en el cuerpo aflora con facilidad ya es menos fácil de captar en la forma psicológica, mientras que es incluso difícil de comprender en la determinación del espíritu. En efecto, en su propia particularidad cada persona debe realizar formas que le corresponden de lo que está prescripto, incluso el arte (y el riesgo del fracaso) es precisamente aprender esto. Así, las palabras más fuertes de Stein sobre la particularidad de la mujer son las que usa para posponer el ser mujer a lo personal. Acerca de Nora, protagonista de Casa de muñecas de Ibsen, dice: “Por encima de todo sabe que debe convertirse en un ser humano antes de intentar una vez más ser esposa y madre. (…) De hecho, ninguna mujer es solo mujer”. Sin embargo, para determinar a la mujer, la corporeidad, entendida siempre como “cuerpo animado”, sigue siendo fundamental esto: “Que el alma humana esté sumergida en un cuerpo corpóreo (…) no es un hecho indiferente (…). Todo lo que es corpóreo tiene un lado interno: donde hay cuerpo también hay vida interior. No es solo una masa que percibe, sino que como cuerpo pertenece necesariamente a un sujeto que percibe a través de él, cuyo aspecto exterior representa y que por medio de él está puesto en el mundo externo, donde puede intervenir de modo creativo y percibir sus condiciones”. Stein esbozó de manera triple la riqueza de las tensiones del ser femenino en su globalidad: la corporeidad (“naturaleza”) es el punto de partida y la piedra angular del proyecto personal de sí; esto incluye las condiciones y los proyectos sociales del ser mujer (“cultura”). Sin embargo, la naturaleza y la cultura son determinadas por un tercer elemento: la proveniencia y el destino de la existencia. La pregunta sobre el Creador del propio ser, excluida del discurso feminista, en Edith Stein, en cambio, se formula. De hecho, los textos bíblicos solo sitúan en lo humano-redimido, personal, el ser mujer natural o determinado por la cultura. “Cuanto más se eleven en su semejanza con Cristo, tanto más el hombre y la mujer llegarán a ser iguales (…). Así, el dominio de parte del género se cancela a partir de lo espiritual”. En Edith Stein, pues, el polo de la “naturaleza” se vive histórica y personalmente. En efecto, la naturaleza misma no está simplemente “entera”, sino que tiene necesidad de la “solución” divina, de la curación trascendente en armonía con la propia formación. Quedan tres elementos de las tensiones de la vida femenina: la “naturaleza” como indicación corpórea-espiritual; la “cultura” como plasmación personal de sí, y la “gracia” como guía divina. Estos elementos contrastan la actual subestimación del ser mujer, puesto que aportan una corrección metódica y de contenido al proyecto de sí “sin cuerpo” de las mujeres. Para concluir, las palabras de Mark Twain: “¿Qué sería la humanidad sin la mujer? Sería escasa, terriblemente escasa”.

Por Hanna-Barbara Gerl-Falkovitz

la autora

Profesora de filosofía en el Instituto superior pedagógico de Weingarten (Alemania) desde 1989 hasta 1992, Hanna-Barbara Gerl-Falkivitz recibió el doctorado honoris causa del Instituto superior teológico-filosófico de Vallendar (1996). Desde 1993 hasta 2011 ocupó la cátedra de Filosofía de la religión y ciencia religiosa comparada que se acababa de crear en la Universidad técnica de Dresde. Desde 2011 preside el Instituto europeo de filosofía y de religión (también este recién fundado) con sede en el Instituto superior filosófico-teológico Benedicto XVI en Heiligenkreuz (Viena).

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

20 de Noviembre de 2018

NOTICIAS RELACIONADAS