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No miento nunca

· Daria Bignardi relata en primera persona el martirio de santa Reparata ·

Anunciata no quería abandonar Palestina, por eso hemos retardado la partida, mientras que Honorata, Inmaculada, Fortunata y Dolorosa lo aceptaron de inmediato: ellas me escuchan siempre, aunque soy la hermana menor. Consolata me llama «nuestra pequeña estrella» y dice que cuando yo nací había en el cielo de Palestina un cometa: era más pequeño del que había cuando nació Jesús, pero allí estaba —dice—, aunque ninguna de las otras hermanas se acuerda de ello. 

Honorata es la más práctica: ha comprendido de inmediato que humillarnos públicamente era lo que servía al emperador, y se puso a trabajar para partir a toda prisa. Preparó hogazas ácimas, un pequeño vaso de aceite, el calzado bueno, la ropa y el poco oro que nos dejaron nuestros nobles padres. Inmaculada no veía la hora de llevar por el mundo la palabra, y Dolorosa, en cambio, tenía miedo. Fortunata no creía que Decio fuese a cumplir lo que anunciaba, pero sentía que nuestro tiempo en Cesarea había terminado desde que nuestros padres habían muerto. Ya entonces había dicho ella que debíamos partir: Fortunata siente las cosas antes de que ocurran, pero, si no la escuchas enseguida, no las repite. Lo que decía el emperador se dirigía a los peores instintos, él esperaba restaurar su poder persiguiéndonos a nosotros, los cristianos, pero terminó peor que nosotros. Los ignorantes son muchos, pobre gente que tiene miedo. Hay que haber conocido el amor para saber darlo y recibirlo, y buscando venganza, tal vez la muerte. Y fue la primera vez que un emperador romano cayó por mano de un enemigo extranjero. Honorata logró escapar con las otras hermanas: yo les había dicho a todas que nos encontraríamos en el gran jardín, bajo la higuera, al amanecer. De verdad creía que iba a conseguir llegar, no mentí, no miento nunca. Mientras me golpeaban me reprochaban también eso: decían que era soberbia, presuntuosa, y se reían. Ahora que estoy muerta puedo admitirlo: el dolor es obsceno. No la muerte: se comienza a morir en el momento en que se nace; la muerte es santa y natural como la vida, pero vivir cinco o cincuenta años más o menos no cambia nada frente a la eternidad. La tortura es horrible y humillante: habría hecho cualquier cosa para que dejaran de torturarme, menos renegar de Dios o traicionar a mis hermanas. Fingían estar enfadados porque no honraba a los dioses principales de Roma, los Dii Consentes, pero yo sabía que solo querían demostrar al pueblo la fuerza de Decio. Uno me golpeaba con una rama de vid, otro me apretaba los senos. Por fortuna, el tercer soldado me aturdió con un golpe de clava, el que me mató. Creo que lo hizo por piedad: tenía una mirada diferente de los otros, más triste. Alguno contó que me cortaron la cabeza y pusieron mi Daria Bignardi relata en primera persona el martirio de santa Reparata 10 santas con historia el que no cree en el amor de Cristo solo me da pena. La llaman pax deorum, pero a Cayo Mesio Quinto Trajano Decio no le importaban nada Júpiter y Marte, o Diana y Juno: él quería el poder en la tierra, mezquino, y, con tal de no perderlo, era capaz de cualquier crimen. Pensar que era un hombre de la aristocracia, no como el árabe, y, sin embargo, el extranjero Filipo fue menos cruel que él. Pero hacerme matar no le sirvió de nada: Decio murió pocas semanas después que yo. Los godos querían devolver el botín y marcharse, pero a él se le había metido en la cabeza destruirlos. Así, en la batalla de Abrito, perdió no solo la vida y el imperio, sino también la descendencia, su hijo Herenio Etrusco, atravesado por una flecha. Dicen que, al conocerse la noticia de la muerte de Herenio, Decio, para alentar a los soldados, dijo: «Que nadie esté triste, la pérdida de un solo hombre no debe hacer mella en las fuerzas de la República», pero después arremetió contra el enemigo buscando venganza, tal vez la muerte. Y fue la primera vez que un emperador romano cayó por mano de un enemigo extranjero. Honorata logró escapar con las otras hermanas: yo les había dicho a todas que nos encontraríamos en el gran jardín, bajo la higuera, al amanecer. De verdad creía que iba a conseguir llegar, no mentí, no miento nunca. Mientras me golpeaban me reprochaban también eso: decían que era soberbia, presuntuosa, y se reían. Ahora que estoy muerta puedo admitirlo: el dolor es obsceno. No la muerte: se comienza a morir en el momento en que se nace; la muerte es santa y natural como la vida, pero vivir cinco o cincuenta años más o menos no cambia nada frente a la eternidad. La tortura es horrible y humillante: habría hecho cualquier cosa para que dejaran de torturarme, menos renegar de Dios o traicionar a mis hermanas. Fingían estar enfadados porque no honraba a los dioses principales de Roma, los Dii Consentes, pero yo sabía que solo querían demostrar al pueblo la fuerza de Decio. Uno me golpeaba con una rama de vid, otro me apretaba los senos. Por fortuna, el tercer soldado me aturdió con un golpe de clava, el que me mató. Creo que lo hizo por piedad: tenía una mirada diferente de los otros, más triste. Alguno contó que me cortaron la cabeza y pusieron mi cuerpo en una barca, y que los ángeles lo llevaron a Niza. La historia de la cabeza es verdadera, la de la barca no, o, por lo menos, no era mi cadáver el de la barca. No me han llevado a ninguno de los lugares que dijeron: ni a Niza, ni a Atri, ni a Teano. Siempre he permanecido aquí, en la amarilla tierra de Palestina, y aquí permaneceré hasta el día de la resurrección. Desde entonces he visto muchas niñas asesinadas en esta tierra dolorosa y santa: muchas eran más pequeñas que yo, que ya había cumplido los doce años. Y todavía hoy, como entonces, fingen matar en nombre de Dios. Peor actúa quien se mata y mata invocando al dios que no existe, pensando en un paraíso que no hay: solo Cristo nos ama de verdad, hoy como entonces. Por fortuna, todas mis hermanas llevaron al mundo la palabra de Jesús, hasta Italia y Francia. Este es mi consuelo, no el martirio, no. El martirio es inútil. Ninguna de ellas ha regresado nunca más a Palestina: solo yo, Reparata, he permanecido aquí, polvo en esta tierra y entre estas piedras que desde hace casi dos mil años son mi tumba..

Bio autore:

Daria Bignardi (1961), periodista que trabaja sobre todo en televisión —desde hace unos diez años conduce el programa Le invasioni barbariche [Las invasiones bárbaras], en el canal 7— es autora de diversos libros traducidos a varias lenguas, entre los cuales se cuentan Non vi lascero ofrani [No os dejaré huérfanos] (2009), L’acustica perfetta [La acústica perfecta] (2012), Santa degli impossibili [Santa de los casos imposibles] (2015).

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23 de Febrero de 2020

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