Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

«Niña, contigo hablo, levántate»

· Encuesta entre las religiosas que salvan a las nuevas esclavas ·

«“¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida”. Se reían de él. Pero él (...) la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: “Contigo hablo, niña, levántate”). La niña se levantó inmediatamente y se echó a andar» (Mc, 5, 39-42).

Anna es una campesina armenia de familia muy pobre. Un día encuentra una mujer que le parece buena y fiable y que le promete un trabajo como gobernanta en una casa turca a seiscientos dólares al mes. Acepta y es feliz de poder volver a levantar finalmente a su familia de la pobreza. Se ve obligada a ejercer de prostituta durante un año. Elena es una joven mujer albanesa. Ella sí tiene un trabajo, pero lo deja para seguir a su novio a Gran Bretaña. Se despierta en un apartamento desconocido, durante la noche ha sido drogada, su cuerpo se ha vuelto azul por las violencias sufridas. Desde ese momento se convierte en una esclava. Vivian es tailandesa, cree que va a trabajar a un centro de masajes en Amsterdam pero quien la recoge en el aeropuerto le quita el dinero y el pasaporte y la obliga a estar en un burdel. Nadia es ucraniana, ella también necesita un trabajo y acepta la invitación de un amigo de familia que le promete una ocupación en Bélgica. Se encuentra encerrada en un apartamento durante cuatro semanas obligada a satisfacer a treinta clientes por día.
Historias como estas podrían contarse centenares de miles, más aún,  ateniéndose a los datos, incluso millones, todas diferentes, pero a la vez todas iguales. Mujeres pobres, que deben pagar deudas, que quieren un futuro, que se fían o son dejadas por sus familias en manos de otras mujeres o de amigos que las venden como esclavas. Los periódicos australianos han hablado de un floreciente comercio de mujeres coreanas vendidas en Australia. Precio: quince mil dólares. Y, a pesar del control de las autoridades, el tráfico resulta muy floreciente entre Corea del Norte y China. La falta de mujeres en algunas regiones chinas, consecuencia de la política del hijo único, ha creado un verdadero  negocio. Jóvenes obligadas a atravesar el confín, vendidas y raptadas, a disposición de quien las quiera comprar. El tráfico tiene una dimensión planetaria. Para poner un ejemplo, sólo en Estados Unidos llegan al año entre 14.000 y 17.000 esclavas. Y aunque  los números a menudo parecen imprecisos, de todas maneras indican la enormidad del fenómeno y su difusión que atraviesa los océanos e invade el planeta entero.
El incremento del tráfico de los “esclavos” del trabajo y del sexo es de alrededor de dos millones al año. Estos esclavos  suponen alrededor de 600.000. Según la Oim (Organización internacional para las migraciones), se cuentan además al menos tres millones de seres «reclutados u obligados a desplazamientos con engaño o coerción con el objetivo de explotar  su cuerpo o parte de él». El ochenta por ciento del mercado está constituido por mujeres. Son ellas las esclavas del nuevo milenio y el fenómeno está en constante aumento, advierten en el Consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes. Es un comercio floreciente que produce y que ha llegado a alrededor de cuarenta mil millones de dólares al año, un asunto criminal inferior sólo a aquellos de la droga y de las armas.
A partir de estas historias y de estos números nació Talità Kum (“niña, levántate”) la red que conecta en el mundo a más de 4.000 religiosas presentes en 82 países. En Italia son alrededor de trescientas las religiosas que desarrollan este trabajo difícil y delicado: combatir la trata y la esclavitud. Liberar a las mujeres y devolverlas a su propia vida. Había ya algunas asociaciones comprometidas en esta difícil tarea. Laicas y religiosas. Pero ahora precisamente las religiosas han creado esta red para dar más fuerza y organización a un trabajo que desarrollan desde hace años. Talità Kum fue propuesta y aprobada por el Congreso organizado por la Unión internacional de  superioras generales (Uisg, que reúne a las superioras de 1.900 congregaciones femeninas) y por la Oim (estructura intergubernamental a la que están adheridos 125 Estados), celebrado en Roma hace algunos años. Su nombre tiene un profundo significado simbólico. Es la invitación que Jesús dirige a la joven hija de Jairo que todos creen muerta y que, en cambio, escuchando sus palabras, se levanta y anda. Las religiosas de Talità Kum repiten aquella invitación a las muchachas convertidas en esclavas y obligadas a prostituirse en todos los países del mundo. Su trabajo es casi imposible. Porque, claro, el fenómeno ha sido analizado, examinado y estudiado. Pero después les toca a ellas seguir adelante, actuar de forma concreta, buscar a las chicas convertidas en esclavas. Y es difícil descubrirlas porque tienen miedo, es difícil acercarse a ellas, conquistar su confianza, hablar, convencerlas a que superen el terror de sus vejadores, garantizar su incolumidad. Pero lo hacen y su trabajo ahora ya es universalmente reconocido. En una entrevista a Radio Vaticano el cardenal Vegliò, presidente del Consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e itinerantes, después de haber recordado los esfuerzos realizados por las Iglesias locales, las declaraciones, las cartas pastorales, afirmó: «En el mundo las más activas en este ámbito son las congregaciones internacionales de religiosas».
Sor Rita es una ursulina y realiza este “trabajo" desde hace 17 años en Caserta, en un centro de acogida llamado Casa Ruth. Recuerda perfectamente el día del inicio. Era el 8 de marzo de 1997. «Salió a la calle con dos voluntarias donde sabía que estaban estas muchachas para llevarles una flor. No, no era una mimosa, era una pequeña plantita de primaveras, un mensaje vital, con el cual queríamos señalar nuestra cercanía. Comprendieron y nos pidieron que nos encontráramos. Vimos las señales de la tortura, los cortes sobre su cuerpo y el miedo. Tenían mucho miedo. Eran esclavas. Como mujer y como consagrada no pude echarme atrás. Hicimos espacio en nuestra comunidad y acogimos a la primera joven. Se llamaba Vera, era polaca. Tenía en su cuerpo y su cabeza las heridas y las señales de la violencia. Después vinieron otras y nuestras instalaciones se volvieron más grandes. Hoy tenemos tres apartamentos en el centro de Caserta».
Sor Rita está orgullosa de lo que ha hecho. Fue difícil acercarse a mujeres cuya lengua no se conocía, chicas venidas de Europa del Este o de África a quienes repetía con insistencia dos palabras: I sister, esperando que el mensaje fuera entendido. Se logró con un esfuerzo continuo, con momentos de alegría y momentos de desaliento. «Fue duro sobre todo con las muchachas que vienen de Europa del Este. Vinieron para llevárselas, pero ellas escaparon de nuevo y volvieron con nosotras».
Esclavas. La religiosa usa continuamente este término. Y puede parecer una palabra antigua, exagerada. En el mundo moderno se habla de pobreza, marginación, exclusión de los derechos. Para las mujeres se habla de prostitución, de venta forzada del propio cuerpo. La esclavitud es incluso inimaginable. En el Consejo pontificio para los emigrantes e itinerantes  importa mucho hacer enseguida una distinción. «Cuando hablamos de trata y de esclavitud para explotación sexual —precisa Francesca Donà, oficiante del sector de refugiados del dicasterio— no hablamos de prostitución, sino de mujeres que han sido prostitutas. Las mujeres de las que se ocupan las religiosas fueron secuestradas, violentadas, subyugadas, amenazadas». En pocas palabras, mientras en la prostitución puede haber alguna vez participación o complicidad, a veces incluso libre elección, las religiosas se encuentran ante mujeres obligadas mediante la fuerza a vender su propio cuerpo. Padre Frans Thoolen, responsable del sector de refugiados, habla de verdaderas organizaciones criminales y de naturaleza variada. «Pueden estar en un nivel micro o nivel macro. En el primer caso se trata de criminales que actúan individualmente o en pequeños grupos; en el segundo caso, de grandes organizaciones internacionales con emisarios locales. Las mujeres son en general sacadas mediante el engaño de África, de Asia, de América Latina, y desviadas hacia Europa o América del Norte. Sin embargo, a menudo el tráfico es también local. Se desarrolla en el mismo país o entre países vecinos o de ciudad a ciudad». ¿Se ha vuelto por tanto a la vieja esclavitud? Hace algunos años, en el congreso de Nairobi «Hacia una mejor pastoral para los emigrantes y los refugiados en África en los albores del tercer milenio», el arzobispo Novatus Rugambwa, ex secretario del Consejo pontificio para los emigrantes e itinerantes, ahora nuncio apostólico en Angola, precisó: «Llamamos hoy a este fenómeno esclavitud moderna, sin embargo hay una diferencia entre esta y la antigua forma de esclavitud. Esta última estaba vinculada a la propiedad de otro ser humano, la esclavitud moderna está vinculada a la explotación y a la privación total del control de un ser humano sobre la propia vida». 

Ritanna Armeni

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

22 de Marzo de 2019

NOTICIAS RELACIONADAS