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Mujeres intelectuales

Aunque hoy las mujeres desempeñan papeles nuevos en la vida cultural de la Iglesia –una mujer fue nombrada rectora de una universidad pontificia, una estudiosa recibió el premio Ratzinger, religiosas editoras festejan el centenario de su actividad–, también gracias a la providencial decisión conciliar de permitir a las mujeres el estudio y la enseñanza de la teología, la historia nos recuerda que en los siglos pasados no faltaron mujeres que contribuyeron a la elaboración de la tradición católica en igual medida que los hombres. Santa Elena, madre de Constantino, ideó la peregrinación a los lugares santos y el culto de las reliquias de Jesús; Brígida, con sus visiones, ofreció imágenes fundamentales para la representación artística de los momentos decisivos de la narración evangélica; Teresa de Ávila transformó la experiencia mística en algo que se podía narrar y, por tanto, imitar; Margarita María Alacoque propuso lo que se convirtió en el símbolo de devoción mayor éxito en el mundo católico: el Sagrado Corazón; la madre Teresa enseñó que asistir a los moribundos en el infierno de Calcuta era tan importante como curar y sanar. Así se podría continuar largamente, porque las mujeres, con su inteligencia, fantasí, fe e intuición, han dado una contribución importante a la elaboración de la cultura de la Iglesia. Sin embargo, a menudo se ha olvidado o no se ha reconocido su valor intelectual. Por ejemplo, mientras que hoy intelectuales como Etty Hillesum y Simone Weil también tienen un lugar en la cultura católica –y no podemos menos de alegrarnos–, sigue habiendo mujeres católicas poco conocidas e ignoradas a las que, en el siglo XX, con razón se las puede equiparar a ellas. En efecto, Dorothy Day, Adrienne von Speyr y Catherine Doherty no solo fueron escritoras talentosas, sino que también dieron una contribución espiritual de alto nivel. Todas descubrieron nuevos itinerarios espirituales aptos para la sociedad moderna, y dedicaron su vida a difundirlos con un entusiasmo y una calidez tan grandes que les permitieron despertar la fe en contextos que al parecer solo la rechazaban. ¿Por qué olvidarlas o marginarlas, si forman parte con pleno derecho de la tradición cultural católica y aún tienen mucho que decirles a las mujeres y a los hombres de hoy? (l.s.)

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17 de Febrero de 2020

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