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Misericordia para vivir

· Los trabajos del Sínodo ·

Un tren en marcha que no se detiene. Es la imagen usada por un padre sinodal para describir el riesgo de pasar junto a tantas realidades humanas sin poner en práctica la necesaria misericordia. Un tema, el de la misericordia, al que se hizo referencia en diversas ocasiones, en la quinta y sexta congregación general, que tuvieron lugar respectivamente el viernes 9 por la tarde y el sábado 10 por la mañana, con la presencia del Papa Francisco.

Durante la congregación del sábado, los 253 padres sinodales presentes, bajo la presidencia del cardenal Napier, terminaron la segunda parte del Instrumentum laboris e iniciaron la tercera sobre el tema: «La misión de la familia hoy». Entre los que intervinieron, los cardenales Parolin, Montenegro, Ryłko, Thottunkal, Blázquez Pérez y los arzobispos Gómez, Pontier y Takami. En la oración de la hora Tercia, tuvo la homilía el arzobispo Ioannis Spiteris y alertó acerca del riesgo de considerar la santidad como el primado del sacrificio, del culto externo, en lugar de vivirla como la obediencia amorosa a Dios testimoniada por el mandamiento del amor mutuo.

En el debate sucesivo se volvió en diversas ocasiones al tema de la misericordia. Que se debe considerar una obra de salvación y no de perdición, porque en ella está la justicia más grande. De aquí la invitación a la Iglesia para que no acabe siendo prisionera de una imagen estereotipada que la representa como «comunidad del no». Es significativo, se puso de relieve, que Jesús no haya definido el término misericordia, sino que lo haya mostrado concretamente con su vida misma. Por otra parte, se insistió también en la necesidad de no contraponer misericordia y justicia, misericordia y verdad. Y aquí la referencia directa fue a la cuestión de la indisolubilidad del matrimonio y a las aperturas pastorales respecto a los divorciados vueltos a casar civilmente. La Iglesia, se dijo, no puede dejarse condicionar ni por sentimientos de falsa compasión hacia las personas ni por modelos de pensamiento equivocados, aunque estén difundidos en la sociedad.

De las numerosas experiencias presentadas durante las intervenciones surgió el marco de la situación de las familias en los diversos continentes, con sus expectativas, dificultades y potencialidades. En especial, se puso el acento en la necesidad de una mayor espiritualidad, de oración y de interioridad. Una posible respuesta a la crisis familiar podría venir precisamente de la Palabra de Dios, porque ante esta Palabra la familia descubre plenamente el sentido del matrimonio. Por ello, los cónyuges tienen que aprender a dejarse iluminar por la luz del Evangelio sin permitir las influencias de las ideologías del momento. Precisamente para no ser homologada a los modelos imperantes, se recordó que la familia está en el centro de las atenciones pastorales de la Iglesia. La cual, en el respeto de los roles, reclama a los gobiernos por los graves atrasos de las políticas familiares, también en los sistemas sociales considerados más avanzados. En particular, la Iglesia reclama la atención pública sobre la necesidad de una administración más equitativa de los bienes comunes y del medio ambiente. Invita luego a reflexionar más seriamente acerca de la prisa de ciertas adaptaciones normativas relacionadas con la especificidad de los vínculos personales y sociales.

El debate sobre la tercera parte del Instrumentum laboris fue precedido por el testimonio de Penelope e Ishwarlal Bajaj, pareja hindú-cristiana de la diócesis de Mumbai, India, quienes pusieron de relieve cómo la libertad religiosa abrió el camino a la fecundidad de su matrimonio. A continuación, el cardenal Napier recordó cómo en esta fase del debate se centrará la atención en la relación entre familia y evangelización, familia y formación y familia y acompañamiento eclesial.

Durante las intervenciones del viernes 9 de octubre por la tarde, en la quinta congregación general, que tuvo lugar con la presencia del Papa Francisco y presidida por el cardenal Damasceno Assis, la confrontación se centró en la familia considerada como una escuela, una fuerza misionera, una vocación, pero también como la expresión de la realización más plena de solidaridad entre los miembros que la componen. En presencia de 249 padres sinodales, se pronunciaron 23 intervenciones programadas y 18 libres. Tomaron la palabra, entre otros, los cardenales Tauran, Tagle, Müller, Poli, Sistach, Nichols, los arzobispos Chimoio, Smith, Paglia, el obispo Solmi, y los religiosos Nicolás Pachón y Janson.

Una de las propuestas que surgieron del debate fue la de celebrar un pre-sínodo en cada continente considerando la diversidad de culturas, tradiciones y políticas. Por otra parte, se destacó también que la familia se basa en elementos válidos y valores compartidos en otras tradiciones religiosas. Por este motivo, la familia es un lugar privilegiado para desarrollar un diálogo fecundo. Además, en nuestras sociedades cada vez más globalizadas, multiculturales y multirreligiosas, es esencial la aportación que la familia puede ofrecer en la comprensión y la integración. En efecto, son precisamente las familias cristianas las que entran en contacto con personas de otras religiones y ofrecen, por ello, el primer testimonio de acogida de la comunidad cristiana. En este contexto, no faltó el recuerdo de las familias obligadas a abandonar las propias casas con motivo de las violencias, en busca de seguridad y de mejores oportunidades de vida.

En cada caso se recordó que la familia no es sólo objeto de evangelización, sino que es también una escuela donde se aprenden los valores en los que se debe fundar la sociedad. En particular, es una escuela de honestidad, integridad, misericordia y justicia. El reflejo de lo que en ella se vive se manifiesta en la cotidianidad. Así, pues, si una familia es corrupta se corrompe también la sociedad.

Lo mismo sucede con la capacidad de la familia de ir al encuentro de los que sufren. Por ello la familia debe abrirse hacia el exterior y curar las heridas de las demás familias. Una apertura muy necesaria: y es esto lo que muchos esperan del Sínodo, invocando un impulso decisivo para reconocer la fuerza misionera de la familia.

Se destacó también cómo la Iglesia misma es una familia que debería tener las mismas actitudes respecto a los hombres y mujeres que necesitan amor: divorciados, parejas de hecho, polígamos y todos los que se sienten excluidos. Se invitó a los padres sinodales a mirar con compasión a quien tiene hambre de misericordia.

Numerosos padres pusieron el acento sobre la formación al matrimonio. Se hizo la invitación a instituir seis meses de «noviciado» para las parejas que quieran casarse por Iglesia, precisamente para que puedan seguir un programa de acompañamiento con vistas a su proyecto de vida común. Existe ya una experiencia similar en un parroquia en Tokyo, donde los cristianos casados acompañan a los novios durante seis meses.

Los padres sinodales habían comenzado a reflexionar sobre la segunda parte del Instrumentum laboris ya el viernes por la mañana, como clausura de la cuarta congregación general. Once las intervenciones, entre las cuales las de los cardenales Vingt-Trois, Rivera Carrera, Scherer y Wuerl, y de los arzobispos Bessi Dogbo y Palma. Entre los temas afrontados: el matrimonio indisoluble entre hombre y mujer como auténtica vocación de la Iglesia, la familia como sujeto misionero, protagonista de la nueva evangelización y lugar privilegiado para experimentar el amor de Dios que salva, un signo concreto de salvación y de esperanza en un mundo marcado por tantas zonas de sombra, crisis y contradicciones. Durante las intervenciones se destacó que cuando se habla de vocación, no siempre se es consciente de que el matrimonio es uno de los caminos privilegiados de respuesta a la llamada universal a la santidad; es necesario, sin embargo, obrar de modo que esta consciencia crezca, porque los esposos «no se pueden contentar con una vida mediocre».

En más ocasiones los padres sinodales volvieron a recordar por una parte el valor de la indisolubilidad del matrimonio, por otra la importancia de conservar siempre una actitud de paciencia y de misericordia hacia quien no comparte o no logra vivir plenamente lo que la Iglesia anuncia. En definitiva, hay que tener «valentía, insistencia y esperanza», pero sobre todo misericordia.

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26 de Junio de 2019

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