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Mirando el mal a la cara

Andrea Tornielli lo dijo el 21 de febrero en estas páginas: «Cuatro días que dejarán huella». Así ha sido, hasta el punto de que es difícil expresar en pocas líneas las muchas emociones, sugerencias, reflexiones que surgieron de este encuentro sobre el tema de la protección de los menores, casi un Sínodo extraordinario que contó con la participación activa de todos los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo. En primer lugar, una buena demostración de la universalidad de la Iglesia católica, universalidad y sinodalidad. Este elemento surgió desde el inicio y todos los que asistieron en el aula del Sínodo en estos cuatro días no pudieron evitar notarlo: todos diferentes entre sí, todos unidos en un espíritu de apertura, de compartir, de fraternidad.

La apertura también porque no fue una reunión que abordó la cuestión para cerrarla, sino para iniciar un proceso que desarrollará efectos, producirá frutos concretos. Este periódico seguirá y documentará, a partir de hoy, estos desarrollos porque esta es la promesa sobre la que se juega la credibilidad de una Iglesia que ha querido marcar el punto de inflexión sobre todo en la mentalidad, dicho en términos más correctos, que ha querido expresar ante sí misma y ante el mundo, el deseo y la urgencia de la conversión. Podríamos, por tanto, subrayar los numerosos momentos que han expresado este proceso de conversión, las densas relaciones de los que han hablado, la riqueza del discurso final del Santo Padre, las indicaciones prácticas que el propio Santo Padre difundió el primer día del encuentro (y que fueron examinadas y explicadas durante las conferencias de prensa), pero quizás entre los dos momentos «han dejado realmente huella»: los testimonios de las víctimas y la consiguiente liturgia penitencial del sábado 23 de febrero. Esta última dejó claro que no se trataba de una reunión operativa para encontrar soluciones prácticas a un problema más o menos espinoso, sino que se trataba de un acontecimiento eclesial, en el que la Iglesia se encontraba junta en la oración, caminando junta y, sobre todo, arrodillándose junta. Los testimonios mostraron entonces la diferencia abismal que existe entre saber una cosa y hacer una experiencia directa, concreta y real de ella. Una cosa es conocer los datos, quizás estadísticos, relativos al hecho de que en el mundo hay casos de abuso, otra es tratar no con un «caso», sino con una persona, con un rostro y una voz, que está frente a ti y te cuenta su historia. Es la experiencia que los casi doscientos participantes en la reunión han experimentado en varias ocasiones.

Y esto ha hecho de este evento un verdadero «encuentro», algo que realmente ha cambiado, transformado, a las personas que lo vivieron. Mirar el mal a la cara no te deja indiferente, no hace que todo siga igual.

Estaba a punto de escribir «el mal» con mayúscula, porque el discurso final del Papa era muy explícito, hablaba de Satanás y, citando al novelista inglés Robert Benson, del «amo del mundo»: «Frente a tanta crueldad, tanto sacrificio idólatra de niños al poder de Dios, el dinero, el orgullo, la soberbia, las explicaciones empíricas por sí solos no bastan; no son capaces de hacer que se entienda la amplitud y la profundidad de un drama así. Una vez más, la hermenéutica positivista muestra sus límites. Nos da una explicación real que nos ayudará a tomar las medidas necesarias, pero no es capaz de darnos sentido. Y hoy necesitamos explicaciones y significados. Las explicaciones nos ayudarán mucho en el campo operativo, pero nos dejarán a medio camino. ¿Cuál sería, entonces, el “significado” existencial de este fenómeno criminal? Teniendo en cuenta su amplitud y profundidad humana, hoy no es más que la manifestación actual del espíritu del mal [...] hoy nos enfrentamos a una manifestación de maldad, insolente, agresiva y destructiva. Detrás y dentro de esto está el espíritu del mal que, en su orgullo y soberbia, se siente como el amo del mundo y piensa que ha ganado». El hombre necesita «significados», casi un grito que el del Papa dirigió sobre todo a un Occidente adormecido que persiste en la búsqueda de explicaciones y «expertos» siempre dispuestos a darlas. No sólo necesitamos «expertos», sino también un pueblo que sea capaz de mirar al mal y contarlo. El filósofo francés Paul Ricoeur afirmó que «el mal no se puede explicar, es la ausencia de explicaciones. No se puede explicar, pero se puede contar».

Durante estos cuatro días, un pueblo de todos los rincones del mundo se ha reunido en la sala del Sínodo para escuchar y dar su voz a aquellos que durante años habían sido silenciados por el absurdo del mal y por el miedo de los hombres, y que hoy han podido contar su historia. No fue la derrota del mal, pero es el comienzo de un proceso que llevará a decir firmemente que el mal puede ser derrotado.

A.M.

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12 de Diciembre de 2019

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