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Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado

· Un libro en el que Dios habla el lenguaje de los enamorados ·

“No hay nada más bello que el Cantar de los cantares”: estas son palabras pronunciadas por uno de los personajes de El hombre sin atributos, de Robert Musil, escritor austríaco fallecido en 1942, gran testigo de la crisis europea del siglo XX. Expresan la admiración incondicional de que ha gozado este librito bíblico de apenas 1250 palabras hebreas. Un poemario que ha merecido precisamente el título de Shir hasshirim, Cantar de los cantares, modo semítico de expresar el superlativo: el “cantar” por excelencia, el “canto sublime” del amor y de la vida.

El mayor teólogo protestante del siglo XX, Karl Barth, no dudó en definir este libro “la carta magna de la humanidad”. Y, sin embargo, esta “carta” de nuestro ser hombres capaces de amar, de gozar pero también de sufrir, no siempre se ha leído de modo uniforme, porque sus facetas son múltiples y coloreadas como las de una piedra preciosa. Parece tener razón un anciano rabino, Saadia ben Joseph (882-942), que comparaba el Cantar de los cantares con una cerradura cuya llave se había perdido: para abrirla, hay que redoblar el esfuerzo.

Pero la llave indispensable para abrir este cofre es, como sucede a menudo, la más inmediata. Para comprender el sentido fundamental de este libro en el que Dios habla el lenguaje de los enamorados es necesario usar la llave de sus palabras poéticas, es decir, lo que un tiempo se solía llamar sentido literario. En efecto, la obra recoge el gozoso diálogo de dos personas que se aman, se llaman treinta y una veces dodî, “amado mío”, una expresión cariñosa muy semejante a los sobrenombres que usan los enamorados para dialogar íntimamente.

Salvador Dalí, “El Cantar de los cantares” (1971)

En el Cantar de los cantares la mujer y el hombre encuentran toda la lozanía y la intensidad de una relación que ellos mismos viven y experimentan a través del eterno milagro del amor. Es una relación íntima y personal, entablada mediante pronombres personales y posesivos de primera y segunda persona: “yo/tú”, “mío/tuyo”. La sintonía espiritual y “musical” del Cantar de los cantares está en la fulgurante exclamación de la mujer: dodî lî wa’anî lô, “mi amado es para mí, y yo soy para él” (2, 16). Exclamación reiterada y variada en 6, 3: anî ledodî wedodî lî, “yo soy para mi amado y mi amado es para mí”. Es la fórmula de la pura reciprocidad, de la pertenencia mutua, de la entrega del uno al otro sin reservas.

Esta intimidad perfecta pasa a través de tres grados. Conoce la bipolaridad sexual que se ve como “imagen” de Dios y realidad “muy buena/bella”, según el Génesis (1, 27 y 31), es decir, representación viva del Creador a través de la capacidad de generar y amar de la pareja. Pero la sexualidad por sí sola es meramente física. El hombre puede elevarse a un grado superior intuyendo en el sexo el eros, esto es, la fascinación de la belleza, la estética del cuerpo, la armonía de la criatura, la ternura de los sentimientos. Pero con el eros, los dos seres siguen siendo en cierta medida “objeto”, son externos el uno para el otro.

Solo con la tercera etapa, la del amor, nace la comunión humana plena que ilumina y transfigura sexualidad y eros. Solamente la mujer y el hombre, entre todos los seres vivos, pueden recorrer todas estas etapas, llegando a la perfección de la intimidad, del diálogo y de la entrega total de amor.

El primer plano de lectura que debemos adoptar para recorrer esta encantadora partitura poética es, pues, el nupcial, naturalmente con todos los colores y los símbolos de Oriente. En 1873 el cónsul de Prusia en Damasco, Johann Gottfried Wetzstein, trató de comparar las ceremonias nupciales de los beduinos y de los campesinos sirios con las que se citan en el Cantar de los cantares: fiestas de siete días y coronación del esposo y de la esposa con el título de rey y reina (en el Cantar de los cantares al amado se lo identifica a veces con el rey Salomón); la mesa nupcial llamada “trono”, la danza de los “dos coros” (véase 7, 1) y los himnos descriptivos de la belleza física de la esposa y de la fuerza del esposo.

Por tanto, en el Cantar de los cantares se escenifica el amor tierno, “primaveral”, presente no solo en la pareja bella de los dos jóvenes enamorados sino también, podríamos decir, en la ternura inmutable de una pareja anciana aún enamorada. Sobresale, ante todo, la feminidad, porque en el Cantar de los cantares la mujer es más protagonista que el hombre, a pesar del machismo sedimentado de Oriente, de donde proviene esta obra.

Para nuestro tema es significativa la atención dedicada al rostro de los dos enamorados. Es cierto que todo el cuerpo –entendido como signo de comunicación– está implicado en el poema: los brazos, las manos y los dedos, el corazón, el pecho, el vientre, los costados, el ombligo, las piernas, los pies, las caricias, la piel oscura. Pero el rostro es central, y se describen todas sus facciones: la cabeza, el cuello, las mejillas, los ojos, la boca, los labios, el paladar, los dientes, los cabellos, incluso los bucles. El rostro es el signo más vital y auténtico del diálogo, del encuentro y de la comunión de vida, de pensamiento y sentimiento.

El Cantar de los cantares es, además, un himno continuo a la alegría de vivir: cuando el cielo está apagado por las nubes –escribió Paul Claudel–, la superficie de un lago es lisa y metálica; cuando brilla el sol, se transforma en un espejo admirable de los colores del cielo y de la tierra. De hecho, así es la vida del hombre cuando nace el amor: el panorama es siempre el mismo, el trabajo es siempre monótono y alienante, las ciudades anónimas y frías, los días iguales unos a otros; sin embargo, el amor transfigura todo, y entonces se ama y se ve todo con una mirada diferente, porque el hombre sabe que a la noche se encontrará con su mujer.

Pero el amor humano también conoce la crisis, la ausencia, el miedo, el silencio, la soledad. En el Cantar de los cantares hay dos escenas nocturnas (3, 1-5 y 5, 2-6, 3) llenas de tensión, en las que el hombre y su mujer están lejos y se buscan desesperadamente sin encontrarse. El ápice del poema bíblico está en 8, 6, donde se crea una tensión dialéctica entre el amor y la muerte: “Es fuerte el amor como la Muerte, implacable como el seol la pasión. Saetas de fuego, sus saetas, una llama del Señor” (curiosamente, es el único verso del Cantar de los cantares en el que resuena el nombre divino Yahveh). En ese duelo extremo, el poeta sagrado está seguro de que el amor prevalecerá, al igual que Dios vence la muerte y el mal.

Por tanto, el Cantar de los cantares es, ante todo, la celebración del amor humano y del matrimonio. No obstante, en este amor el poeta bíblico entrevé algo así como una semilla del amor eterno y perfecto con el que Dios ama a su criatura. En efecto, no olvidemos que el profeta Oseas, en el siglo VIII antes de la era cristiana, ya había recurrido a su dramática experiencia matrimonial y familiar, transformándola en una parábola del amor de Dios a su pueblo, Israel (Oseas, 1-3).

En el amor humano –sin prescindir de él, como se ha hecho, por el contrario, con la así llamada lectura “alegórica”, que ha reducido el Cantar de los cantares a una larva espiritual– debemos captar otro signo: el amor trascendente de Dios a su criatura. Es el segundo nivel interpretativo, a través del cual el Cantar de los cantares también ha llegado a ser el texto de la mística cristiana. Citemos solo los Conceptos del amor de Dios, de santa Teresa de Ávila, y esa obra maestra literaria y mística que es el Cántico espiritual, de san Juan de la Cruz: ambos escritos se alimentaron del Cantar de los cantares.

La representación plástica más famosa de este entramado espiritual podría ser el Éxtasis de santa Teresa, de Bernini, en la iglesia romana de Santa María de la Victoria: un ángel lanza la flecha del amor divino hacia la santa, que está absorta en un éxtasis físico e interior de grandísima intensidad, tanto espiritual como sensual. La virgen amante se abandona a Dios con un amor incandescente, que arrebata todo su ser, incluso su cuerpo.

Este es, entre otras cosas, el hilo conductor que recorre la misma Biblia. Además de los capítulos ya citados del profeta Oseas (1-3), pueden leerse el capítulo 16 del profeta Ezequiel, algunas páginas muy tiernas del profeta Isaías (54, 1-8 y 61, 10-62, 5), y también la exhortación que Pablo hace a los efesios: “Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es este, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia” (5, 28-32).

Sin embargo, el libro de la Biblia en el que resplandece más la maravilla del amor humano y su valor de signo teológico es precisamente el Cantar de los cantares. De hecho, Dios, como enseña la primera carta de san Juan, “es amor”. Un antiguo texto hebreo comentaba el viaje de Israel en el desierto del Sinaí con estas palabras: “El Señor viene del Sinaí para acoger a Israel de igual modo que un novio sale al encuentro de su novia, como un esposo abraza a su esposa”.

Así pues, el Cantar de los cantares debe acompañar a los enamorados en las etapas oscuras y en las serenas, en la alegría y en el dolor de esa maravillosa vivencia que es su amor. Pero la meta final del Cantar de los cantares es la figura suprema del amor entre Dios y su criatura, por lo cual es un texto capital para todos los creyentes. Por eso el gran escritor cristiano del siglo III Orígenes de Alejandría escribió con mucha razón: “Dichoso el que comprende y canta los cánticos de las Sagradas Escrituras. Pero mucho más dichoso aún quien canta y comprende el Cantar de los cantares”.

 Gianfranco Ravasi

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23 de Febrero de 2020

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