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Magia y modernidad del puro
western americano

· Centenario del nacimiento del director Budd Boetticher ·

El 29 de julio se cumplen cien años del nacimiento en Chicago de uno de los mejores directores americanos, Budd Boetticher. Un siglo pasado buena parte en vano, desde el aspecto de la fortuna que su nombre ha encontrado. 

A excepción de los críticos franceses de siempre de los años cincuenta, pocos se han dado cuenta de este director, capaz de firmar obras maestras cristalinas del cine western, aun permaneciendo toda la carrera al margen del gran sistema productivo. Lo escribe Emilio Ranzato añadiendo que el fallo de Boetticher fue el de realizar sus películas mejores cuando ya el género de la frontera estaba en fase de declino. Desde el punto de vista histórico, sin embargo, es precisamente la época en la que desarrolló su trabajo, la que le convirtió en un autor de extraordinaria importancia. Las películas realizadas a partir de la segunda mitad de los años cincuenta, efectivamente, constituirán un fundamental «trait d’union» entre el moribundo cine clásico y el que será, de ahí a poco, el cine postmoderno. Más detalladamente, entre el western americano y sus versiones metacinematográficas, a partir obviamente del espagueti-western. Un puñado de obras que representan un inesperado limbo aparentemente impermeable a las influencias del pasado y del futuro, y todavía permeable a la tensión suscitada por aquellos territorios contiguos.

Los inicios son todo lo contrario que exaltantes. Durante los años cuarenta Boetticher firma con su verdadero nombre de bautismo, Oscar junior, una decena de películas no memorables para una microscópica casa de producción, la Monogram Pictures. Un primer salto de calidad se producirá con el paso a una sección de Universal, pero los resultados no superarán los modestos confines de un honesto artesano, ni siquiera en su género preferido. El último bandido, Dan el terrible y Bronco Buster, todos de 1952, son western medianos, si no mediocres. Seminole y el traidor de Fort Alamo, dirigidos el año sucesivo, son películas mejores, no obstante nacen ya viejas: rodadas en color pero en un formato reducido que de ahí a poco se volvería obsoleto, no tienen la complejidad del western adulto que se veía en las pantallas al menos desde tiempos de Sombras rojas, pero tampoco el estilo de lo que sería el western del futuro.

El encuentro que señalará el verdadero giro en la carrera del director será el que tendrá con el gran guionista –y a su vez modesto director de una veintena de películas– Burt Kennedy. A partir de Los siete asesinos (1956), financiado por John Wayne con su Batjac Productions, Boetticher encuentra improvisamente un estilo fulgurante: formato panorámico, movimientos de máquina solemnes, una fotografía solar e incisa que exalta la presencia de la naturaleza como en la tradición del western clásico, pero que al mismo tiempo ya muestra, vagamente, señales de cambio pop y de cómic que será propia del western italiano.

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