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Los que hablan sin autoridad

· Santa Marta ·

La gente necesita del «buen pastor» que sabe entender y llegar al corazón. Precisamente como Jesús. Y es a Él a quien tenemos que seguir de cerca, sin dejarnos influenciar por los que «hablan de cosas abstractas o de casuísticas morales», por los que «sin fe negocian todo con los poderes políticos y económicos», por los «revolucionarios» que quieren emprender «guerras así llamadas de liberación» política o por los «contemplativos alejados del pueblo».

Precisamente sobre estas cuatro actitudes el Papa Francisco puso en guardia durante la misa celebrada el jueves 26 de junio, en la capilla de la Casa Santa Marta, ante todo destacó cómo tanta gente seguía a Jesús: «Pensemos en el día de la multiplicación de los panes, había mas de cinco mil». Era gente que seguía a Jesús de cerca, «por las calles». Y lo seguían, explica el Evangelio, «porque las palabras de Jesús suscitaban estupor en su corazón: el estupor de encontrar algo bueno, grande». Jesús, «en efecto, les enseñaba como uno que tiene autoridad, no como los escribas». Un estupor narrado por el pasaje evangélico de Mateo propuesto por la liturgia (7, 21-29).

«El pueblo –afirmó el Pontífice– necesitaba maestros, predicadores y doctores con autoridad». Y los que «no tenían autoridad» hablaban, pero sus palabras no llegaban al pueblo, «estaban alejados del pueblo». En cambio, la novedad era que «Jesús hablaba un lenguaje que llegaba al corazón del pueblo, era una respuesta a sus preguntas».

El Papa Francisco quiso detenerse precisamente en «estos escribas, que en aquel tiempo hablaban al pueblo» pero «su mensaje no llegaba al corazón del pueblo y el pueblo los escuchaba y se marchaba». E indicó cuatro grupos.

Seguramente «el grupo más conocido era el de los fariseos», dijo, subrayando, sin embargo, que «eran además fariseos buenos». Pero «Jesús, cuando se refiere a los fariseos, habla de los fariseos malos, no de los buenos». Eran personas que «hacían del culto a Dios, de la religión, una colección de mandamientos» y de diez «sacaban más de trescientos». En resumen, «cargaban sobre las espaldas del pueblo este peso: «¡Tú debes hacer esto! ¡Tú debes!». Reducían a casuística la fe en el Dios vivo, acabando así en las contradicciones de la casuística más cruel». Y por su parte, señaló el Papa, «el pueblo les respetaba, porque el pueblo es respetuoso, pero no escuchaba a esos predicadores casuísticos».

Otro grupo, continuó el Pontífice, «era el de los saduceos: éstos no tenían fe, habían perdido la fe». Y así «su trabajo religioso lo hacían en la senda de los acuerdos con los poderes: los poderes políticos, los poderes económicos». En pocas palabras, eran hombres de poder y negociaban con todos». Pero «el pueblo no les seguía» ni siquiera a ellos.

«Un tercer grupo –siguió explicando el Papa– era el de los revolucionarios» que en aquel tiempo se llamaban comúnmente zelotes. Eran «los que querían provocar la revolución para liberar al pueblo de Israel de la ocupación romana». Así, «allí estaban también los guerrilleros», pero «el pueblo tiene sentido común y sabe distinguir cuando la fruta está madura o cuando no lo está». Y por ello «no les seguía».

Por último, afirmó el Papa, «el cuarto grupo» estaba compuesto por personas buenas: los esenios. «Eran monjes –dijo–, gente buena que consagraba la vida a Dios, se dedicaba a la contemplación y la oración en los monasterios». Pero «ellos estaban lejanos del pueblo y el pueblo no podía seguirles».

Por lo tanto, recapituló el Papa, «estas eran las voces que llegaban al pueblo». Y, sin embargo, «ninguna de estas voces tenía la fuerza de enardecer los corazones del pueblo». Jesús, en cambio, lo lograba. Y por eso «las multitudes se maravillaban: escuchaban a Jesús y el corazón se caldeaba», porque su mensaje «llegaba al corazón» y Él «enseñaba como uno que tiene autoridad». En efecto, prosiguió, «Jesús se acercaba al pueblo; Jesús curaba el corazón del pueblo; Jesús entendía las dificultades del pueblo; Jesús no tenía vergüenza de hablar con los pecadores, salía a buscarlos; Jesús sentía alegría, le gustaba estar con su pueblo». Y es Él mismo quien lo explica «porque», precisó el Papa citando las palabras del Evangelio de Juan: «Yo soy el buen pastor. Las ovejas escuchan mi voz y me siguen».

Es exactamente «por esto que el pueblo seguía a Jesús: porque era el buen pastor». Ciertamente, destacó el obispo de Roma, «no era ni fariseo casuístico moralista; ni un saduceo que llegaba a acuerdos políticos con los poderosos; ni un guerrillero que buscaba la liberación política de su pueblo; ni un contemplativo del monasterio. Era un pastor». Él, añadió el Pontífice, «hablaba la lengua de su pueblo, se hacía entender, decía la verdad, las cosas de Dios: no negociaba jamás las cosas de Dios. Sino que las decía de tal manera que el pueblo amaba las cosas de Dios. Por esto le seguía».

Otro punto central que puso de relieve el Papa es que «Jesús jamás se aleja del pueblo y jamás se aleja de su Padre: era uno con el Padre». Es así que «tenía esta autoridad y por eso el pueblo le seguía».

Precisamente «contemplando a Jesús buen pastor» es oportuno, explicó el Pontífice, hacer un examen de conciencia: «¿A mí a quién me gusta seguir? ¿A los que me hablan de cosas abstractas o de casuísticas morales? ¿A los que se dicen del pueblo de Dios, pero no tienen fe y negocian todo con los poderosos políticos y económicos? ¿A los que quieren siempre haber cosas extrañas, cosas destructivas, guerras llamadas de liberación, pero que al final no son los caminos del Señor? ¿O a un contemplativo lejano?».

He aquí, entonces, la pregunta clave para plantearse a sí mismos: «¿A quién me gusta seguir? ¿Quién influye en mí?». Una pregunta, concluyó el Papa Francisco, que nos debe impulsar a pedir «a Dios, el Padre, que nos acerque a Jesús, para seguir a Jesús, para sorprendernos de lo que Jesús nos dice».

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17 de Octubre de 2019

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