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Los nazis lo conocían bien y por eso lo temían

· En torno al debate sobre la actitud de Pío XII ·

El artículo de Bernard-Henri Lévy —escrito después de la visita de Benedicto XVI a la comunidad judía de Roma y en el cual se citaba al Papa Ratzinger y al Papa Pacelli como chivos expiatorios— ha suscitado debate. La intervención del intelectual francés, publicada en el «Corriere de la Sera» del 20 de enero y relanzada ese mismo día por la tarde por nuestro periódico y en España el 24 de enero por «El País», ha sido comentada y retomada de varios modos. Y respecto a las acusaciones contra Pío XII, el 22 de enero, en el suplemento semanal del diario israelí «Haaretz» se publicó el siguiente artículo.

Algunas cosas no pasan nunca. La controversia sobre las acciones del Papa Pío XII durante la segunda guerra mundial se reavivó recientemente cuando Benedicto XVI firmó un decreto afirmando que su predecesor demostró «virtudes heroicas» durante su vida. Cuando, el pasado domingo, el Papa visitó la Gran Sinagoga de Roma, Riccardo Pacifici, presidente de la comunidad judía de Roma, le dijo: «El silencio de Pío XII frente al Holocausto duele aún como una omisión».

No es la primera vez que al Papa del periodo bélico, que ya está muy cerca de la beatificación, se le acusa de haber guardado silencio durante el Holocausto, de haber hecho poco o nada por ayudar a los judíos, e incluso de haber colaborado con los nazis. ¿En qué medida, suponiendo que haya una, se tienen pruebas de estas acusaciones, repetidas desde comienzos de la década de 1960?

El 4 de abril de 1933, el secretario de Estado vaticano, cardenal Eugenio Pacelli, ordenó al nuncio apostólico en Alemania que viera qué podía hacer para contrarrestar las políticas antisemitas del nazismo.

En nombre del Papa Pío XI, el cardenal Pacelli redactó el borrador de una encíclica, titulada Mit brennender Sorge («Con viva preocupación»), que condenaba las doctrinas nazis y la persecución de la Iglesia católica. La encíclica se introdujo ilegalmente en Alemania y se leyó en los púlpitos de las iglesias católicas el 21 de marzo de 1937.

Aunque hoy numerosos críticos del Vaticano liquiden la encíclica como una especie de reprimenda blanda, los alemanes la consideraron una amenaza para la seguridad. Por ejemplo, el 26 de marzo de 1937, Hans Dieckhoff, un funcionario del Ministerio alemán de Asuntos exteriores escribió que «la encíclica contiene ataques durísimos contra el gobierno alemán, exhorta a los ciudadanos católicos a rebelarse a la autoridad del Estado y, por lo tanto, es un intento de poner en peligro la paz nacional».

Tanto Gran Bretaña como Francia deberían haber interpretado el documento como una puesta en guardia sobre el hecho de que no debían confiar en Adolf Hitler o ceder ante él.

Después de la muerte de Pío XI, el 2 de marzo de 1939 fue elegido Papa el cardenal Pacelli. Los nazis no estaban contentos con el nuevo Romano Pontífice, que tomó el nombre de Pío XII. El 4 de marzo, Joseph Goebbels, el ministro alemán de la propaganda, escribió en su diario: «Comida con el Führer. Está considerando la posibilidad de abrogar el concordato con Roma a la luz de la elección de Pacelli al pontificado». Durante la guerra, el Papa de ninguna manera permaneció en silencio: en numerosos discursos y encíclicas defendió los derechos humanos para todos e hizo un llamamiento a las naciones beligerantes a respetar los derechos de todos los civiles y de los prisioneros de guerra. A diferencia de muchos de sus detractores de última hora, los nazis comprendieron muy bien a Pío XII. Después de examinar atentamente el mensaje de Pío XII para la Navidad de 1942, la Oficina central del Reich para la seguridad concluyó: «Como nunca antes había sucedido, el Papa ha repudiado el nuevo orden nacional-socialista europeo (...) Acusa virtualmente al pueblo alemán de injusticia con los judíos y se hace portavoz de los criminales de guerra judíos». (Consultad cualquier libro que critique a Pío XII y no encontraréis ni rastro de este importante informe).

A comienzos de 1940, el Papa hizo de intermediario entre un grupo de generales alemanes que querían derrocar a Hitler y el Gobierno británico. Aunque la conspiración no dio resultado, Pío XII se mantuvo en estrecho contacto con la resistencia alemana y tuvo noticia de otras dos conspiraciones contra Hitler. En el otoño de 1941, a través de canales diplomáticos, el Papa concordó con Franklin Delano Roosevelt que los católicos americanos pudieran sostener los planes del presidente para extender las ayudas militares a la Unión Soviética invadida por los nazis. En nombre del Vaticano, John T. McNicholas, arzobispo de Cincinnati, Ohio, pronunció un discurso, al que se dio gran publicidad, en el que explicaba que la extensión de las ayudas a los soviéticos estaba moralmente justificada porque se trataba de ayudar al pueblo ruso, que era víctima inocente de la agresión alemana.

Durante la guerra, los enviados del Papa ordenaron con frecuencia a los representantes diplomáticos vaticanos en muchas zonas ocupadas por los nazis y en países del Eje que intervinieran en nombre de los judíos en peligro. Hasta la muerte de Pío XII, en 1958, numerosas organizaciones, periódicos y líderes judíos alabaron sus esfuerzos. Por citar uno de los muchos ejemplos, Alexander Shafran, rabino jefe de Bucarest, en su carta del 7 de abril de 1944 al nuncio apostólico en Rumanía, escribió: «No nos es fácil encontrar las palabras adecuadas para expresar el afecto y el consuelo recibidos gracias al interés del Sumo Pontífice que ha donado una cantidad ingente de dinero para aliviar los sufrimientos de los judíos deportados (...) Los judíos de Rumanía nunca olvidarán estos hechos de importancia histórica».

La campaña contra el Papa Pío XII está destinada al fracaso porque sus detractores no tienen ninguna prueba para sostener sus principales acusaciones contra él, o sea, que guardó silencio, que fue favorable al nazismo y que hizo poco o nada por ayudar a los judíos. Quizá sólo en un mundo al revés, como el nuestro, recibe la condena más dura el único hombre que, en el periodo bélico, hizo más que ningún otro líder para ayudar a los judíos y a otras víctimas del nazismo.

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14 de Diciembre de 2018

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