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​Lo que cambia al mundo

Un Año santo de la misericordia. No es impropio sostener que el Papa Francisco hizo de la misericordia su programa de pontificado. Este Jubileo aunque llega de modo repentino no es, de hecho, algo inesperado. Llega en el segundo aniversario de la elección de Jorge Mario Bergoglio como Sucesor de Pedro.

En muchos aspectos el anuncio de un Año santo extraordinario no hace más que confirmar lo que el Papa había escrito en su carta programática Evangelii gaudium: «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan... y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!» (n. 24). Esta es la iniciativa que el Papa Francisco asumió y que arrastra consigo a toda la Iglesia en una aventura de contemplación y oración, de conversión y peregrinación, de compromiso y testimonio, de fantasía de la caridad vivida por doquier. Una iniciativa ya prefigurada desde su primer Ángelus cuando el Papa Francisco decía con sencillez: «Misericordia. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo».

No es casualidad que el anuncio del Jubileo se haya dado precisamente durante una celebración penitencial. El Papa Francisco, hablando de la misericordia, indicó también el primer lugar en el que cada uno puede experimentar directamente el amor de Dios que perdona: la confesión. La imagen del Papa arrodillado ante el confesor sigue siendo el lenguaje más expresivo para hacer que se vuelva a descubrir la belleza de este sacramento, olvidado desde hace demasiado tiempo. Las palabras del Papa Francisco en su primer Ángelus vuelven hoy con toda su fuerza profética: «No olvidemos esta palabra: Dios jamás se cansa de perdonarnos, nunca... nosotros nos cansamos, nosotros no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar». Muchos fieles en estos dos años se acercaron de nuevo al confesonario, después de muchos años, precisamente porque quedaron impactados por esta invitación del Papa. Celebrar este sacramento, por lo tanto, es el inicio de un camino de caridad y solidaridad. La misericordia, en efecto, tiene un rostro: es el encuentro con Cristo que pide ser reconocido en los hermanos. Reexaminar las obras de misericordia, por lo tanto, será un itinerario obligatorio durante el próximo Jubileo.

La apertura de la Puerta santa tendrá lugar en la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Tampoco esta fecha es una elección casual. Hace 50 años, ante de esa misma puerta se concluía el Concilio Vaticano II. Abriendo la Puerta santa es como si el Papa Francisco quisiera hacer que todos revivieran la intensidad de aquellos cuatro años de trabajos conciliares que hicieron comprender a la Iglesia la exigencia de salir de nuevo hacia el mundo. El Vaticano II, en efecto, pedía a la Iglesia hablar de Dios a un mundo cambiado, con un lenguaje nuevo, eficaz, poniendo en el centro a Jesucristo y el testimonio de vida. ¿Qué palabra más expresiva podía esperar el mundo de parte de la Iglesia si no la de la misericordia? Y precisamente en la Gaudium et spes, donde los padres afrontaban el tema de la ayuda que la Iglesia podía ofrecer a la sociedad, se insistía en que ella «puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia» (Gs 42). Antes de cualquier intervención de orden político, económico y social, la Iglesia ofrece su nota distintiva: ser un signo eficaz de la misericordia de Dios. El Papa Francisco, al anunciar un Año santo extraordinario, que ponga en el centro la misericordia, destaca la senda que hace cincuenta años había sido indicada por los Padres conciliares y confirma a la Iglesia en el incansable camino de la nueva evangelización.

La misericordia será en este Año la protagonista de la vida de la Iglesia para consentir a todos participar en la grandeza del corazón paterno de Dios que ha querido revelarse y darse a conocer como «rico en misericordia y grande en el amor».

Rino Fisichella

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16 de Diciembre de 2017

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