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​Llorar con quien llora

· La humanidad golpeada por la masacre de París ·

En octubre de 2013 llegaba a Estambul para iniciar un periodo de mi vida. La bienvenida –sólo por decir algo– me la dieron los ataques terroristas a dos de las sinagogas de Estambul, una de las cuales (Neve Shalom) está situada junto al convento dominico del barrio de Galata, debajo de la torre construida por los genoveses, llamada de Cristo. Salí, en la mañana del sábado, día de mi onomástico, para ir a la Iglesia de san Luis para animar el catecismo de la comunidad francesa.

No podré jamás olvidar aquel estruendo ensordecedor a pocos metros –no más de cien– que me separaban del origen del rumor. El estrépito fue tal que por algunos segundos tuve la impresión de perder la conciencia. Quizás di un brinco, pero no puedo recordarlo a causa de aquel tremendo ruido. Inmediatamente, sin embargo, mi mente formuló un solo pensamiento: es el inicio de la guerra. Después no supe qué hacer, la curiosidad me empujaba a ir adelante hacia el lugar del que que provenía el estruendo, pero de repente me repuse pensando que algo aún más grave podría suceder. Así, me refugié dentro de la zona territorial francesa. Pocas horas después que se había intentado un auténtico atentado que había dejado diversas decenas de muertos: además de varios judíos, había sobre todo muchas mujeres musulmanas que iban al mercado, a algunas de las cuales les acompañaban sus hijos.

Fue un sábado que me marcó de por vida a causa del sufrimiento compartido con aquella población que iniciaba a conocer. Sufrimiento que fue aún más agudo algunos días después. El jueves siguiente, en cambio se dieron otra serie de atentados que causaron diversas decenas de muertos. Y, a partir de aquel día, y durante toda una semana, Estambul –una ciudad que desborda de vida por todos los poros– quedó postrada por los ataques terroristas.

Casi doce años después, en vísperas de la fiesta de san Alberto, mi patrono en la Orden de los dominicos, en París, donde ya vivo y enseño, la misma técnica causó víctimas inocentes.

Los terroristas se hicieron explotar como aquellos coches aparcados delante de las sinagogas para hacer saltar por los aires edificios completos. En París fue una noche interminable acompañada de un sufrimiento que crecía sin saber cuánto iba a durar.

Han pasado doce años y me parece revivir los mismos acontecimientos, en una situación geopolítica globalmente deteriorada. Me encontré en dos países con dos poblaciones que no representan el fondo de mi cultura y de mi identidad de italiano. No soy ni turco, ni francés, y sin embargo me encontré llorando por las víctimas en uno u otro país. Hoy no puedo no pensar en la frase de san Pablo: «Llorad con los que lloran» (Romanos 12, 15). El sufrimiento es un compartir extremo, cuando se vive con un pueblo que no es el tuyo. Si se inicia a hablar tímidamente de ecumenismo de sangre, de ecumenismo del martirio, tarde o temprano se iniciará a hablar de diálogo (entre las religiones) del sufrimiento.

El sufrimiento puede unir no sólo en el testimonio sino quizá sobre todo en la experiencia. El Papa Francisco habla a menudo –y lo ha hecho uno de los puntos cardinales de su magisterio– de salir de sí, de salir de la sacristía para llegar al otro, al hermano necesitado. El principio general del Papa Francisco, creo, puede ser aplicado también al de la salida hacia el sufrimiento del otro. Este salir crea el único y posible camino de diálogo verdadero y profundo.

De Alberto Fabio Ambrosio

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20 de Octubre de 2019

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