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Leche, rueda y libro

· La santa del mes contada por Luisa Muraro ·

«Santa Catalina era hija de un rey»: así comienza la cantilena graciosa que entonábamos cuando éramos muchachas. Cuenta el conflicto entre Catalina de Alejandría y su padre pagano. En realidad, en la leyenda oficial (no hay historia documentada), el conflicto que la lleva al martirio es con el emperador romano Maximino Daia. Pero siempre se trata de hombres que dictan las leyes.

El origen real es un atributo metafórico de las mujeres que muestran una independencia simbólica, a las que Annarosa Buttarelli denomina «soberanas», en un libro que precisamente tiene este título. De Guillermina de Bohemia decían que era hija y hermana de un rey (y quizá era verdad); Margherita Porete atribuye simbólicamente ascendencia real a las «almas aniquiladas», y la poetisa Emily Dickinson, a sí misma.

La iconografía confirma el origen real de Catalina, que entre los santos se reconoce por algunos símbolos, como la corona en la cabeza, un libro en una mano, a menudo la palma del martirio en la otra, y una rueda a sus pies.

El emperador la había condenado a la tortura de la rueda, que milagrosamente no funcionó. Entonces, ordenó que le cortaran la cabeza, que se separó del cuerpo, pero no brotó sangre, sino leche. Así, se convirtió en la patrona de los fabricantes de ruedas y de las mujeres que amamantan. ¿Y el libro? El emperador intentó que volviera al culto de los dioses, y para eso le mandó a cincuenta filósofos, pero fue ella la que los convenció de la superioridad del mensaje cristiano, y por eso se convirtió en la patrona de los filósofos. Leche, rueda, libro, a decir verdad, una magnífica constelación de símbolos.

De esta gran santa de la Iglesia oriental muchas cosas evocan la figura histórica de Hipatia de Alejandría, filósofa neoplátonica martirizada en el año 415 por un grupo de cristianos fanáticos, en tiempos del obispo y padre de la Iglesia Cirilo, que sentía celos por ella debido al gran número de seguidores que tenía. Algunos supusieron que santa Catalina de Alejandría era una figura creada para reparar y cubrir ese delito, pero no hay pruebas ciertas. Por otra parte, tampoco existen pruebas de la existencia histórica de la mártir cristiana. Por eso su culto fue limitado, pero, por suerte, no suprimido.

La ventaja de las figuras legendarias es que se presentan a nuestra fantasía sin impedimentos. Catalina fue durante siglos una presencia viva en la piedad popular y un ejemplo de grandeza femenina. Cuando los relatos de los peregrinos y los cruzados llegaron de Oriente a Occidente, Europa se pobló de mujeres de nombre Catalina, y también de capillas e iglesias con ese mismo nombre.

En la basílica de San Clemente, en Roma, hay una capilla dedicada a santa Catalina pintada al fresco por Masolino de Panicale. Entre las iglesias, la más importante es, quizá, la basílica de Galatina, en Salento, provincia de Salerno. El ciclo pictórico dedicado a ella comienza mostrándola cuando entra, seguida por otras mujeres, en el lugar de un culto pagano, sube los brazos indicando el cielo, y predica. Los adoradores de los ídolos – ¡algunos vestidos como prelados!– no le prestan atención, pero el emperador sí. Desde su trono apunta con el dedo hacia la contestataria, y los dos, ambos coronados, se afrontan en primer plano, a la derecha y a la izquierda del cuadro.

Hay también algunos testimonios escritos. En las actas del proceso contra la «secta» llamada de los guillermitas, en tiempos del Papa Bonifacio VIII, se lee que los seguidores de Guillermina sorteaban las prohibiciones de la Inquisición venerando a su santa con los rasgos de santa Catalina, a la que pintaban en algunas iglesias de la ciudad.

Cuando Catalina llegó a Europa no perdió su perfil de mujer libre, capaz de desobedecer a los hombres para obedecer a Dios. El documento más impresionante de esto lo tenemos en el proceso de condena a Juana de Arco. Santa Catalina, junto con Margarita, que también llegó de Oriente, es una presencia constante al lado de Juana, acusada de ser bruja y hereje: «santa Catalina me ha dicho que acudirá en mi ayuda», «santa Catalina me responde enseguida», «sobre eso me aconsejará santa Catalina», etc.

En las primeras audiencias, Juana habla de las voces que le transmiten la voluntad divina, pero sin decir un nombre. El inquisidor la apremia, quiere que diga si es la voz de un ángel, de un santo o de una santa, o «la de Dios sin intermediarios». Era una fórmula insidiosa, pero la joven mujer –tenía 19 años–, parece darse cuenta, porque da al juez la información requerida: «eran las voces de santa Catalina y de santa Margarita, que tienen su cabeza ceñida con hermosas coronas, adornadas y preciosas». Y añade: «Dios me ha permitido revelarlo», explicando así su reticencia pasada.

El texto del proceso es un sorprendente documento a la vez histórico y espiritual. Ilustra un conflicto que parece ser fatalmente desigual, porque todo está a favor del tribunal: autoridad, experiencia, doctrina, poder. Y, sin embargo, termina por inclinarse hacia la otra parte, a favor de una muchacha de 19 años que defiende su honor de cristiana y su libertad de conciencia.

Supongo que para esto sirven las santas y los santos.

Luisa Muraro, filósofa y escritora, enseñó durante muchos años en la Universidad de Verona. Fue una de las fundadoras de la Librería de las Mujeres de Milán y de la Comunidad filosófica Diotima. Es autora, entre otros libros, de Il pensiero della differenza sessuale (1987), L’ordine simbolico della madre (1991), Oltre l’uguaglianza. Le radici femminili dell’autorità (1994), Lingua materna, scienza divina. Scritti sulla filosofía mistica di Margherita Porete (1995), Le amiche di Dio (2001), Il Dio delle donne (2003), Non è da tutti. L’indicibile fortuna di nascere donna (2011), Dio è violent (2012) y Autorità (2013).

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18 de Marzo de 2019

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