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Las preguntas de las mujeres

“Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora” (Mensaje a las mujeres del concilio Vaticano II). Leyendo las palabras del Papa Francisco sobre el tema de las mujeres en la Iglesia, comenzando por una entrevista concedida hace un año a “La Civiltà Cattolica”, en la que invitaba a trabajar para llevar a cabo una “profunda teología de la mujer”, hasta sus discursos más recientes, oímos el eco de esa esperanza que animaba a los padres del Concilio cuando, el 8 de diciembre de 1965, al final de los trabajos, se publicó el Mensaje a las mujeres. La invitación de Francisco se inscribe en la corriente de las preguntas formuladas a partir de la reforma conciliar.

El Papa usa una expresión que no es nueva. Con la fórmula “teología de la mujer” se indica generalmente la investigación teológica que tiene como sujeto la descripción del papel de las mujeres en la Iglesia, en las fuentes de la fe, en cada fase de la historia de la Iglesia y, sobre todo, en su enseñanza contemporánea. Dicha corriente de estudio vio la luz en el período del Concilio, es decir, en los años sesenta del siglo pasado. Es obvio que estaba relacionada con el hecho de que las mujeres habían conquistado finalmente el acceso a los estudios teológicos, convirtiéndose al mismo tiempo en sujeto teológico. Por otra parte, en su nacimiento influyó una serie de cambios sociales concernientes a los papeles de las mujeres y los hombres. Con la Pacem in terris Juan XXIII fue el primero en señalar estos cambios, dándoles un juicio positivo: la así llamada “cuestión femenina” es uno de los signos de los tiempos a los que la Iglesia debe prestar atención. También se puede encontrar dicha perspectiva en los documentos del Concilio, en especial en la Gaudium et spes, aunque es necesario admitir que el Vaticano II no dedicó mucho espacio a la cuestión femenina. En los años sucesivos el interés teológico por el tema femenino se desarrolló sobre todo como investigación teológica femenina, o por parte de las teologías femeninas. Gradualmente se estaba produciendo también un significativo cambio de perspectiva: no solo se trataba de ocuparse de una selección de las cuestiones, es decir, las cuestiones atinentes a las mujeres en la Iglesia y en la sociedad, sino también de considerar todas las cuestiones teológicas desde el punto de vista de la experiencia de la fe de las mujeres. Por ende, se puede suponer de manera razonable que la afirmación del Papa Francisco “las mujeres están formulando cuestiones profundas que debemos afrontar” indica, entre otras cosas, estas varias formas de investigación femenina. Si comprendemos de este modo el vínculo entre la teología y las mujeres, resultará mucho más claro que no se trata de un fenómeno nuevo en la historia de la Iglesia. En efecto, la Iglesia siempre ha sido construida por mujeres y hombres juntos, y también la reflexión sobre la fe ha sido obra de los representantes de los dos sexos, si bien a través de caminos distintos. Todo esto está documentado en muchas investigaciones relacionadas con las tradiciones de fe de las mujeres, comenzando por las madres del desierto hasta llegar a las grandes fundadoras de las diferentes comunidades religiosas femeninas, aunque se les impedía el acceso a los estudios universitarios y, por tanto, también a los estudios teológicos. No obstante, a algunas de ellas los predecesores del Papa Francisco les atribuyeron el título de doctora de la Iglesia: no solo se reconoció su obra teológica, sino también su autoridad particular en la Iglesia. Como sabemos, recibieron tal dignidad Catalina de Siena, Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux e Hildegarda de Bingen. Es probable que el Papa que proviene de América Latina sume a este grupo el nombre de una gran mujer de la Iglesia de esa parte del mundo. Independientemente de estos gestos importantes y simbólicos, en sus numerosos discursos el Papa Francisco invita de modo explícito a transformar los nuevos propósitos de apertura en práctica concreta de la fe en la Iglesia. Las peticiones presentes en la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium del concilio Vaticano II –que a continuación fueron retomadas en muchos discursos de Juan Pablo II, sobre todo en la exhortación Christifedeles laici– retornan con gran fuerza en los discursos del Papa argentino. Sosteniendo que la ordenación sacerdotal está reservada exclusivamente a los hombres, destaca con claridad que es necesario reflexionar en la cuestión de la participación de las mujeres en los procesos decisorios en la Iglesia. Esto está asociado al reconocimiento de la significativa contribución que las mujeres dan, ahora mismo, a la vida de la Iglesia. “Reconozco con gusto cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales junto con los sacerdotes, contribuyen al acompañamiento de personas, de familias o de grupos y brindan nuevos aportes a la reflexión teológica. Pero todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”, escribió el Pontífice en la Evangelii gaudium. Más adelante, afirmó: “Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente. (…) Aquí hay un gran desafío para los pastores y para los teólogos, que podrían ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes, en los diversos ámbitos de la Iglesia” (Evangelii gaudium, 103-104). Vemos, pues, que el Papa Francisco identifica la posibilidad de cambios significativos en la práctica de la Iglesia, deducibles de las mismas bases de la fe cristiana, esto es, del hecho de que Dios creó al hombre como varón y como mujer, ambos dotados de la misma dignidad humana, que los dos fueron redimidos por Jesucristo y que sobre ellos fue enviado y sigue siendo enviado el Espíritu Santo. Este tipo de enfoque del problema ya demuestra que el Papa Francisco no considera la “teología de la mujer” una cuestión marginal dentro del proceso de conversión de la Iglesia que él mismo desea. Seguramente, basándose en esto, se necesitaría elaborar programas pastorales capaces de realizar esta invitación. ¿Qué consecuencias se derivan de este tipo de enfoque? La visión de una “profunda teología de la mujer” corresponde a otra idea muy querida para el Papa Bergoglio, la idea de la “Iglesia pobre y para los pobres”. Los pobres, de los que el Pontífice habla con frecuencia, son en su mayor parte mujeres. De ahí que la importancia que atribuye a la autoridad de los pobres esté estrechamente relacionada con la necesidad de reconocer la autoridad de las mujeres en la Iglesia. A mi parecer, esto representa una clara toma de posición contra la exclusión de las mujeres de la teología, como la que tenía lugar en el pasado. Y, al mismo tiempo, una clara inclusión de las obras de las mujeres en las fuentes de la teología, con todas las consecuencias del caso, o sea, con la disponibilidad a repensar la teología en su conjunto. El Papa dijo que “la Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer y su papel”: parafraseando esta expresión, se podría decir que tampoco la teología puede ser ella misma sin las mujeres. Como testigo de la contribución que las mujeres pueden dar al desarrollo de la teología, incluso mujeres que no habían sido estudiosas de la materia, quiero proponer a una mujer excepcional, Edith Stein, la futura santa Teresa Benedicta de la Cruz, judía prusiana, atea en una etapa determinada de su vida, filósofa, convertida al catolicismo, profesora, comprometida en la actividad social, incluso en el movimiento de las mujeres, intelectual, mística, carmelita, mártir, santa y, desde el 1 de octubre de 1999, copatrona de Europa. La actividad en favor de las mujeres está representada, sobre todo, por su trabajo de profesora. Su propósito principal era el de estimular a las muchachas y a las mujeres católicas a estudiar. Sus conferencias del período entre los años veinte y treinta del siglo XX, recogidas en el volumen Die Frau. Fragestellugen und Reflexionen (La mujer. Preguntas y reflexiones), encierran la pregunta fundamental, que ella formulaba así: “¿Qué es una mujer? ¿Existe la esencia de la mujer, de la feminidad?”. Por cierto, no deja de notar la multiplicidad de condiciones en las que viven las mujeres, algo que dificulta encontrar una respuesta. “En efecto –escribe–, aquí, a la vez, surge la siguiente dificultad: se puede hablar en general de la condición de la mujer. (…) A causa de la gran diversidad de los tipos y de los individuos, es difícil hablar de una condición femenina común a todas”. El pensamiento de Edith Stein sobre la mujer se puede resumir en tres afirmaciones principales. Ante todo, llega a la conclusión de que la esencia de la humanidad se expresa de dos modos: femenino y masculino. En consideración a esto, es necesario hablar de la igualdad de todos, en cuanto seres humanos. Aduciendo argumentos bíblico-teológicos, Edith Stein destaca también que la diferencia de género no privilegia un sexo en detrimento del otro. En la revelación no se encuentra ninguna base para sostener la sumisión de la mujer al hombre. En segundo lugar, Stein habla de diversidad, de la diferencia entre los representantes de los dos sexos. Esta parte de su pensamiento se concentra en la identificación de la esencia de la feminidad que ella ve en dos actitudes espirituales: el apoyo a la vida y su cuidado, y el conocimiento intuitivo y empático. En tercer lugar, Stein habla de la individualidad de todo ser humano por la cual en todo hombre y en toda mujer la esencia de la masculinidad o de la feminidad no debe expresarse necesariamente con plenitud. Más aún, puede ser incluso no compatible con las principales características aceptadas por un sexo determinado. La individuación de estos tres niveles parece tener una importancia central para la comprensión exacta del pensamiento de Edith Stein, pero es también extraordinariamente actual en el debate contemporáneo sobre la renovación de la teología de la mujer. Sin bien las peticiones concretas que surgen de este debate sean probablemente diferentes de las reivindicaciones formuladas por aquel entonces, que se referían al derecho de voto de las mujeres, pasivo o activo, a la instrucción femenina y a la división de las profesiones en masculinas y femeninas. De todas maneras, hoy estas cuestiones no han sido resueltas en todo el mundo. En efecto, parece ser que representan la síntesis de problemas siempre actuales: la petición de igualdad en términos teológicos, gracias a la obra de la creación y de la redención, que en la práctica se traduce en varias indicaciones detalladas; la petición de reflexionar siempre de nuevo en qué consiste la diferencia entre las mujeres y los hombres; y la petición de reconocimiento de la diversidad en la realización concreta del ser mujer y del ser hombre.

Este pensamiento está bien ilustrado por una frase de Edith Stein que se cita con frecuencia: “Ninguna mujer es solo mujer”. Así, realiza una distinción fundamental entre la naturaleza de la mujer y una mujer real, dejando a su libertad, como persona humana, la realización de su vocación propia. Además, Stein cree que los religiosos y los santos dan el ejemplo de cómo se supera la diferencia entre los sexos. Ellos integran las características de los dos sexos: los hombres santos tienen rasgos característicos femeninos, mientras que las mujeres santas tienen rasgos característicos masculinos. Recordar los pensamientos perspicaces de hace casi un siglo de santa Teresa Benedicta de la Cruz demuestra cuán compleja es la realidad que afrontamos. De los tres niveles de pensamiento sobre la mujer (y en consecuencia también sobre el hombre) que ella distingue, el último, en particular, sigue siendo poco influyente en nuestro modo de concebir las relaciones entre los dos sexos. Y también en su práctica. A la vez, su pensamiento testimonia que hoy, gracias al Papa Francisco, hay una reactivación de la teología de la mujer, nacida en el período conciliar, que nos permite recurrir a los testimonios de épocas anteriores e inspirarnos para comprometernos permanentemente en su realización. De hecho, parece que ellos representan la síntesis de problemas siempre actuales: en primer lugar, la petición de igualdad, motivada teológicamente por la obra de la creación y de la redención; en segundo lugar, la petición de reflexionar siempre de nuevo en qué consiste la diferencia entre las mujeres y los hombres; y, en tercer lugar, la petición de reconocimiento de la diversidad en la realización concreta del ser mujer y del ser hombre.

Cada uno de estos planos también tendrá ulteriores consecuencias.

Elżbieta Adamiak

La autora

Elżbieta Adamiak es profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Adam Mickiewicz en Poznán, Polonia. Entre sus publicaciones figuran: Una presenza silenziosa. Del ruolo delle donne nella Chiesa (2005, traducido al japonés), Le donne nella Bibbia. Antico Testamento (2006), Trattato su Maria (2006), Le donne nella Bibbia. Nuovo Testamento (2010). Es una de las coordinadoras de L’ora delle donne? La ricezione dell’insegnamento della Chiesa cattolica sulle donne in Polonia nel periodo 1976-2005 (2008). 

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