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Las muchachas del coro

· Rostros y vivencias de las jóvenes que escucharán al Papa Francisco ·

“Me hallaba en Roma cuando Benedicto XVI renunció: me di cuenta de que era verdad cuando vi que la cuenta de tuiter del Papa estaba cerrada”. Yu-jin Shin, recién diplomada como programadora, tiene 27 años, su edad coreana, que para nosotros serían 25 años, porque en Corea la edad se calcula a partir de los nueve meses en el vientre materno –la más grande declaración política sobre el inicio de la vida–, y otro año lo añaden inmediatamente al 1 de enero.

Isabel, Rena y los demás jóvenes del coro de la parroquia

Yu-jin Shin, que estará en Daejeon para participar en la Jornada de la juventud asiática, canta y es líder del coro de la parroquia. También guía el grupo de jóvenes católicos que estudia Biblia. “El libro del catecismo nos habla de cuestiones de la vida real, es una manera de relacionar la Escritura con la vida de los jóvenes, es un camino para compartir las experiencias con los demás miembros del grupo”. Yu-jin Shin se convirtió hace catorce años. “Me bauticé por influencia de mi madre Lucía, a quien también debo la pasión por el canto desde que frecuentaba la escuela primaria”. La muchacha niega tener talento, pero Rena, que está a su lado, la corrige: en verdad es la más talentosa, de lo contrario no sería la solista y la líder del grupo.

Si la madre ejerció una influencia fundamental en la elección religiosa de Yu-jin Shin, su abuela hizo otro tanto con su madre. “Mi abuela se había convertido al catolicismo a escondidas, porque su esposo era totalmente contrario”. La historia de Corea está marcada por largos períodos de persecución, por eso la elección de bautizarse en secreto fue durante mucho tiempo un paso casi obligado si se quería evitar la expulsión de la comunidad o la captura por parte de las comisiones punitivas de turno: en este caso la cárcel y las torturas eran inevitables.

“Mi abuela –cuenta Yu-jin Shin– enfermó a los 56 años. Por tanto, fue internada en el hospital Santa María de Seúl. Su compañero de cuarto era católico, y la ayudó mucho espiritualmente. Desde entonces, mi abuela comenzó a asistir en secreto a misa. Pero un día, durante una celebración, se desmayó repentinamente. Fue así como su familia supo que se había acercado al catolicismo. Mi abuelo, muy conmocionado, nunca más la obstaculizó. Poco después mi abuela fue bautizada, y al cabo de quince días se murió. Su funeral se celebró en una iglesia católica. Mi madre se bautizó exactamente un año después, a los 32 años. En cambio, mi padre Agustín se convirtió porque lo convenció mi hermano, que quería hacerse sacerdote, pero murió muy joven, tenía apenas 13 años”.

Para Isabel, la decisión de participar en la Jornada de la juventud asiática fue difícil. Estaba buscando trabajo, y buscar trabajo en Corea, a pesar de que el índice de desempleo oficial es del tres por ciento (en realidad, el índice de desempleo de los jóvenes es mucho más elevado), requiere dedicación total. Isabel explica que también un día al mes que dedica a la preparación del coro es un tiempo valioso que sustrae al job hunting. Por eso, no llama la atención que muchos analistas consideren el estrés causado por la búsqueda de trabajo una de las causas del elevado número de suicidios en el país. Por lo demás, una vez que se encuentra el trabajo, las cosas no mejoran: los coreanos tienen los horarios más largos del mundo y poquísimos días de vacaciones.

En suma, un mundo laboral con altísima presión, en el que se percibe mucho la sumisión a los colegas más ancianos y a los superiores. Con frecuencia todo esto desemboca en verdaderos abusos. De acuerdo con un estudio reciente, casi la mitad de las enfermeras han sufrido molestias sexuales por parte de los médicos en el lugar de trabajo.

A Rena le interesa precisar que su nombre deriva de rencarnación, y que su nombre coreano es You-jung Song. Tiene 22 años. Se bautizó hace cuatro años, el día de Pascua. Después de las escuelas católicas, entró en la Universidad jesuita de Sogang. “Mi conversión se produce tras un período de fuerte estrés, debido a la preparación del Ksat (Korean Scholastic Aptitude Test), el examen de la escuela superior”.

El examen de la escuela superior es otro de los obstáculos, fuente de estrés, que todo coreano debe superar para entrar finalmente en la edad adulta. El mismo desafío de preparar el examen, prescindiendo de su resultado final, es un verdadero rito de transición, quizá el momento más importante para todo adolescente. Casi el setenta y cinco por ciento de la población estudiantil participa en cursos privados suplementarios con vistas a este examen.

“En aquel período enfermé por exceso de estudio”, cuenta Rena. “Además, también enfermó mi abuela, y mi tía tuvo problemas económicos, una serie de situaciones desafortunadas”. Los problemas para la muchacha comenzaron porque la madre la sometía a una presión excesiva. Las así llamadas “madres tigres” son un fenómeno tanto chino como coreano. Una profesora de inglés de Seúl les preguntó recientemente a sus alumnos de 16 años qué les daba más miedo. La respuesta fue casi unánime: “mi madre”.

Son muy grandes las expectativas que los padres tienen en sus hijos. En efecto, no solo esperan que sean motivo de orgullo para su familia, algo de que ufanarse con sus amigos, sino también un apoyo económico para su vejez. Aún hoy es una costumbre consolidada que el primer sueldo de los hijos se entregue directamente a sus padres como gesto simbólico de reconocimiento. Es una práctica que también respetan los coreanos que residen en el extranjero. Un muchacho americano de origen coreano, que trabaja para una compañía que construye refinerías de petróleo, nos contó hace poco que su madre no solo le exigía el primer sueldo del primer trabajo, sino también de cada nuevo trabajo. Era algo que le resultaba muy arduo, porque durante los últimos diez años había cambiado de trabajo casi cada doce meses.

“El Ksat –prosigue Rena– es la prueba más importante de nuestra vida y lo digo sin exagerar”. Y tiene razón: basta pensar que ese día en Corea casi un millón de alumnos de las escuelas superiores dan el examen que les servirá como base de evaluación para acceder a las universidades más importantes. Ese día el stock market abre una hora más tarde, incluso las rutas de vuelo de algunos aviones se modifican, y los agentes de policía, con ambulancias, escoltan a los alumnos rezagados a los lugares donde serán examinados. Muchas oficinas y negocios abren una hora más tarde ese día para garantizar un impacto menor en el tránsito y así facilitar el viaje de los alumnos.

“Todo esto puede parecer exagerado a los ojos de un occidental –afirma Rena–, pero en Corea, si no superas este test, no accederás a las universidades que cuentan, no tendrás ninguna posibilidad de conseguir un buen trabajo, y quizá nadie quiera casarse contigo por tu bajo estatus social”, concluye casi bromeando, pero su expresión no transparenta ninguna sonrisa.

Precisamente en este período de gran estrés, Rena se acercó al catolicismo. “Mi madre ya era católica, se había bautizado hacía cinco años; mi padre, en cambio, que es científico y trabaja en la universidad, es ateo. Yo personalmente siempre he tenido una buena imagen de los católicos, incluso por las historias que escuché sobre Juan Pablo II, que vino a Corea dos veces, la primera, antes de que yo naciera. Hace tiempo leí un artículo en el que se afirmaba que el Papa WojtyƗa había pedido públicamente perdón a cada grupo que había sufrido por los errores cometidos por la Iglesia católica en el pasado, por ejemplo, a los judíos y a los musulmanes. Me conmovió mucho. Pensé que era verdaderamente un gran gesto con vistas a crear un clima de reconciliación religiosa universal. Y además están mis amigos católicos, que hacen tareas de voluntariado. También ellos me inspiraron para seguir el mismo camino de fe que alimentó la elección que hicieron. Ahora yo también enseño, como ellos, a muchachos en situaciones problemáticas, y es algo que me llena de alegría, es una actividad que me da mucho desde el punto de vista humano”.

¿Hablas con tu papá de la fe? “No, nunca se opuso a que mi madre y yo nos convirtiéramos en católicas, pero por ahora no me animo a tratar este tema con él. Mi madre ha intentado acercarlo a la fe, pero por el momento ha fracasado. Pero no en todo, por suerte. Por ejemplo, mis padres participan juntos en los encuentros mensuales de la parroquia, que se llaman Me (Marriage encounter): diferentes parejas discuten sobre la Biblia y sobre su vida personal, sobre su vínculo, sobre cómo mejorar su vida matrimonial, en una palabra, comparten sus problemas. Ahora también mi padre está convencido de que quiere ir, y esto puede ser un primer paso hacia la conversión”.

Según un sondeo reciente llevado a cabo en Corea, la religión que se considera más confiable es la católica, mientras que solo el veinte por ciento de los entrevistados afirma que se fía del protestantismo. Le preguntamos a Rena cómo se explica tanta diferencia entre las dos confesiones.

“Seguramente –responde Rena– una de las explicaciones es el modo de evangelizar. Los protestantes pueden ser muy agresivos. Por ejemplo, en las universidades hay personas que se acercan y, con maneras que podríamos llamar vehementes, tratan de llevarte a su iglesia. Si no les respondes de modo decidido, no se van. Insisten, siguen haciendo proselitismo prepotente. Pero no es solo esto: mis abuelos son protestantes, y me doy cuenta de que su modo de vivir la fe es diferente del nuestro: rezan mucho por su propio bienestar, en la oración su pensamiento se dirige preferentemente al individuo. Al contrario, nosotros, los católicos, vivimos la fe de manera más participada, rezamos por el bien de toda la comunidad y por la sociedad en general. Quizá esta razón también tenga su peso, acaso por esto el catolicismo suscite mayores simpatías”. 

Cristian Martini Grimaldi

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17 de Febrero de 2020

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