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Las mil vidas de Portobelo

· En estudio un proyecto para restaurar las antiguas fortalezas españolas de Panamá ·

«Se hablaba mucho en aquella época de la opulencia de Portobelo, una de las ciudades más hermosas de América central, que recibía tesoros inmensos de Panamá, pero que era también una de las mejor fortificadas y de las mejor vistas», escribe Emilio Salgari en Yolanda, la hija del corsario negro, el tercer libro del ciclo de los Corsarios de las Antillas.

A muchos siglos de distancia del ataque del pirata Henry Morgan, un proyecto a largo plazo, financiado por el Banco interamericano de desarrollo, quiere llevar la bahía del este del puerto de Colón a su antiguo esplendor. Aquella que en el siglo XVII era la tercera ciudad española más importante del Nuevo Mundo hoy es un pequeño centro de poco más de cuatrocientos mil habitantes. «Una escala tranquila y agradable — lo describe Luigi Ottogalli en su blog de itinerarios náuticos — en el verde marco de las orillas del puerto salpicadas con numerosas ruinas de fortificaciones españolas. Mirando el fondeadero desde lo alto de los restos del castillo o desde las claraboyas de uno de los muchos fuertes, si con un pequeño esfuerzo de imaginación se sustituyen los muchos cascos de plástico de los barcos de vela modernos con sólidos cascos de madera de galeones y carabelas, es posible imaginar cuál debe de ser el paisaje que veían los españoles en las fortalezas de Portobelo; cuando en una mañana del verano de 1668, de repente se vieron atacados por la espalda por una turba de piratas que gritaban armados solo con pistolas, algún arcabuz y sables cortos de abordaje».

La capital financiera es ahora Ciudad de Panamá, intercambios y comercio se ha trasladado ahora a la vecina Colón, pero quien llega a la bahía encuentra todavía frente a sí uno de los sistemas defensivos más espectaculares y variados del imperio español, que incluye castillos del siglo XVI y bastiones del siglo XVIII: obras reconocidas por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. «El peor enemigo del restaurador es el agua», explica Wilhem Franqueza, responsable de la conservación de Portobelo a Enrique Bocanegra, de «El País». Un enemigo insidioso «sobre todo en un país como este, con uno de los regímenes pluviométricos más intensos de América».

El proyecto de recuperación continúa Bocanegra en el periódico del pasado 28 de abril, comprende también la arquitectura civil como la Contaduría Real, una de las sedes de gobierno más antiguas de toda América central, que se remonta a 1630 y la calle Real y la calle de la Merced, las más antiguas de Portobelo, que serán restauradas y empedradas de nuevo; el objetivo es hacer más accesible la bahía al turismo de los cruceros que de hace algunos años a esta parte se ha convertido en un importante recurso económico para la zona. La historia de las fortificaciones de la costa reserva muchas sorpresas. Algunos siglos antes de Agostino Codazzi da Lugo y de Emilio Rosetti da Forlimpopoli, ingenieros y científicos italianos que en el siglo XIX trabajaron en Venezuela y Argentina, otros arquitectos militares de Emilia Romagna — originarios de Gatteo, hoy en la provincia de Forlì-Cesena — dejaron su huella en las Indias occidentales.

La familia Antonelli puso al servicio del rey de España un arte del que los italianos en aquella época eran maestros en Europa: la construcción de sistemas defensivos. Una historia buen conocida en el mundo hispanohablante, gracias a los testimonios del signo XIX de Eugenio Llaguno y Amirola y Juan Agustin Ceán-Bermudez, pero que ha emergido solo recientemente en Italia con toda su importancia. El mayor de la familia — como él mismo se define en un memorial al rey de España Felipe II — fue Giovan Battista, nacido en 1527 e ingeniero al servicio de los condes Guidi hasta su traslado a Madrid en 1559, contratado por la corona rel para trabajar en la construcción de las fortificaciones del Levante español. Se deben a él las fortificaciones de la costa española desde Alicante a Cádiz y de la norteafricana desde Mers el Kebir a Orano, y la unión fluvial entre Lisboa y Madrid, con obras de recuperación en el río Tajo, para permitir a las naves llegar directamente al océano.

Al mayor de los Antonelli se le atribuye la navegabilidad de los principales ríos españoles, desde el Ebro hasta el Guadalquivir, mientras que no está comprobada. Fue seguramente más veces, entre 1581 y 1606, el hermano pequeño Battista, llamado a Madrid con solo 22 años por su hermano, que necesitaba ayuda. Cuando, en 1581 el hermano mayor abandonó las edificaciones militares para ocuparse de la restauración del río — gracias a las cuales las tropas podían trasladar por el agua la maquinaria de guerra — Battista se convirtió en el ingeniero militar más importante de toda España. Fue invitado por Felipe II a fortificar el Caribe, en cuyas costas se ensañaban los piratas franceses e ingleses. Para la corona de España, la defensa de las ciudades coloniales de los ataques navales se convirtió en una prioridad absoluta. Uno de los ejemplos más significativos de esta formulación estratégica y urbanística es precisamente el complejo defensivo de Portobelo, diseñado por el ingeriero de Emilia Romagna. En cuyo portafolio figura también el castillo del Morro y el de San Salvador de la Punta en la Habana, además de los puertos y las fortalezas de San Felipe y Santa Cruz en Cartagena de las Indias, en Colombia y de San Juan de Puerto Rico.

Entre todos, Portobelo es tal vez el arribo que ha dejado la huella más profunda en el imaginario occidental. Desde hace siglos su nombre es sinónimo de caótico y colorido mercado; basta pensar en Portobello Road en el corazón de Notting Hill en Londres, famosa por sus tiendas de anticuario o en el título célebre del programa televisivo italiano conducido por Enzo Tortora en los años ochenta del siglo XX.

De Silvia Guidi

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28 de Mayo de 2018

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