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Las flores del Papa

Durante la visita a Carpi y Mirandola, las ciudades emilianas sacudidas por el terremoto y que todavía muestran las heridas, el Papa quiso ofrecer flores en tres ocasiones. En primer lugar, en cuanto llegó, orando durante mucho tiempo ante la antigua imagen de madera de la Virgen ascendida al cielo, patrona de la catedral ahora restaurada e inaugurada por su secretario de Estado. Luego, dejando una sencilla composición floral en el altar de la catedral de Mirandola, completamente devastada y todavía inutilizable. Y por último, como último gesto pocos minutos antes de finalizar, deponiendo una corona blanca ante el monumento que recuerda a las víctimas, acompañado por una niña y un niño.

Flores que son signo de oración, de homenaje, pero sobre todo de esperanza. Depositadas por el Papa como expresión visible de afecto y de cercanía a una población digna y fuerte que ha sabido reaccionar al trastorno natural y que ya poco después del terremoto acogió a Benedicto xvi. Y ahora, cinco años después de la catástrofe, la gente de Carpi y de Mirandola se ha reunido entorno a su sucesor, que ha rezado y estado con ellos. Cumpliendo gestos y pronunciando palabras simples que permanecerán durante mucho tiempo en la memoria y en el corazón, como fue en el diálogo con el clero, las religiosas y los religiosos.

Bajo el signo de la meditación sobre el Evangelio de la resurrección de Lázaro, el Pontífice habló a los fieles reunidos en silencio en la enorme plaza delante de la catedral de Carpi bajo nubes grises. «Es este el corazón de Dios: lejano del mal pero cercano a quien sufre; no hace desaparecer el mal mágicamente, sino que compadece el sufrimiento, lo hace propio y lo transforma habitándolo» dijo el Papa, notando cómo Jesús no se dejase llevar por el desánimo. Y vivamente presentó ante los fieles, casi en una sagrada representación, el desencuentro entre «la gran desilusión, la precariedad de nuestra vida mortal que, atravesada por la angustia y la muerte, experimenta a menudo la derrota, una oscuridad interior que parece insuperable», y la esperanza, que es Jesús.

Entonces, entre el sepulcro y la vida, continuó Francisco aún, poniendo como ejemplo la reacción positiva de las poblaciones emilianas: «hay quien permanece atrapado en los escombros de la vida y quien, como vosotros, con la ayuda de Dios levanta los escombros y reconstruye con paciente esperanza. Ante los grandes “por qué” de la vida tenemos dos vías, permanecer mirando melancólicamente los sepulcros de ayer y de hoy, o acercar a Jesús a nuestros sepulcros», para encontrarle y para cambiar la propia vida.

E igualmente incisivas fueron las palabras improvisadas por el Papa en Mirandola, después del homenaje silencioso rendido en la catedral en memoria de las víctimas del terremoto: «Las heridas han sido curadas, sí, han sanado. Pero permanecen y permanecerán para toda la vida las cicatrices. Y mirando estas cicatrices, vosotros tenéis el valor de crecer y de hacer crecer a vuestros hijos en esa dignidad en esa fortaleza, con ese espíritu de esperanza, con ese valor que vosotros habéis tenido en el momento de las heridas».

g.m.v.

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