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Las dificultades de una elección definitiva

Con la elección del tema del próximo Sínodo, centrado en los jóvenes y en su elección de una vocación de vida, el Papa Francisco, una vez más después de las asambleas sobre la familia, demuestra saber percibir las necesidades del mundo en el cual vive y salir a su encuentro con propuestas innovadoras ante las dificultades de la sociedad. Nunca como hoy, las nuevas generaciones se encuentran con tanta dificultad para elegir su propia vida, incluso en contextos de bienestar económico y de libertad; es más, parece que precisamente estas dos condiciones sean fuente de desorientación más que de confianza en el futuro y de voluntad de dejar una señal en su tiempo.

Y justamente el documento preparatorio del Sínodo individua el núcleo de esta dificultad precisamente en la incapacidad de decidir, afirmando que «no se puede permanecer infinitamente en la indeterminación». Entonces quien está junto a los jóvenes tiene, sobre todo, la tarea de ayudarles a arriesgar y a cumplir elecciones valientes para intentar ser fieles al proyecto de vida soñado e iniciado.

En la raíz de esta debilidad para elegir una vocación se encuentra, sin dudas, el colapso del sistema escolar, ya evidente en todos los países occidentales y que ya no sabe preparar a los jóvenes para esfuerzos prolongados en vista de objetivos de largo periodo. La posibilidad de tener todo enseguida, efectivamente, se ha extendido a cada ámbito de la vida, acentuando una actitud que tiene muchos aspectos en común con el consumismo.

Otro aspecto decididamente positivo, y totalmente nuevo en un documento de tal naturaleza, es la atención constante a la diferencia entre mujeres y hombres en el vivir los mismos fenómenos. Tres veces se subraya que los problemas de las mujeres son siempre más graves. «Para las jóvenes mujeres estos obstáculos son normalmente todavía más arduos de superar» se lee; luego a menudo, las niñas, las chicas y las jóvenes mujeres deben afrontar dificultades todavía mayores respecto a sus coetáneos»; y «por último no podemos olvidar la diferencia entre el género masculino y el femenino: por una parte tal diferencia determina una diversa sensibilidad, por otra es origen de formas de dominio, exclusión y discriminación de la cual todas las sociedades necesitan liberarse».

Observaciones al cuanto pertinentes, porque quien paga el precio más caro de esta indeterminación en decidir el futuro son las jóvenes mujeres, al menos por lo que respecta a la procreación. Efectivamente, mientras para ellas el reloj biológico impone elecciones en un tiempo determinado y bastante restringido –que no tiene en cuenta la dilatación de la juventud que las sociedades avanzadas están viviendo– el problema no se plantea para los chicos. Por ello, al menos sobre este aspecto, también la modernidad, generalmente tan favorable a la igualdad entre los sexos, provoca una nueva razón de desigualdad en perjuicio de las mujeres, que encuentran dificultades cada vez mayores para tener un hijo.

Precisamente señalar la dificultad de tomar decisiones definitivas como una de las principales cuestiones que hay que afrontar constituye uno de los grandes méritos del documento.

Pero también es necesario recordar que uno de los problemas más graves que deben afrontar los jóvenes que se identifican con la Iglesia o que se están acercando a ella es el de la fuerte indiferencia que existe entre la práctica sexual prevalente y las reglas de la moral católica. Un joven católico corre el riesgo, en muchas ocasiones, de sentirse verdaderamente un «diverso» y encuentra muchas dificultades en explicar una elección que a menudo le sitúa al margen de la comunidad de los coetáneos.

Como en los Sínodos sobre la familia, también en esta ocasión, la Iglesia se debe enfrentar a la cuestión –la sexual– que la pone en neto contraste con la sociedad moderna. Cierto, no es la primera vez; y la riqueza de la tradición cristiana, junto con la realidad que hoy revela una profunda crisis de lo que queda de la revolución sexual, puede hacer menos duro el enfrentamiento.

Pero con la condición de que el problema sea afrontado, y no solo desde el punto de vista teológico, y que sobre todo se haga incluyendo a las mujeres, las cuales ya no aceptan más que unos hombres hablen en su lugar.

Lucetta Scaraffia

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20 de Marzo de 2019

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