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Las armas de la unidad

Con una misa en Iquique, en la región desértica septentrional de Chile, se concluye la visita papal. El Pontífice llega ahora a Perú, última meta de su sexto viaje americano. Después de una jornada reservada por completo a la capital, Berglogio había dedicado antes el último tramo de su itinerario chileno a los encuentros con los pueblos indígenas en Temuco, capital de la Araucanía, en el Chile meriodional, después con los jóvenes en el santuario nacional de Maipú, y finalmente con estudiantes, profesores y personal de la Universidad católica de Santiago.

En estos días chilenos el Pontífice ha dirigido continuamente su mirada al futuro del país: así, a la comunidad universitaria habló de la convivencia nacional y de la necesidad de «avanzar en comunidad», mientras con los jóvenes Francisco vivió casi un prólogo del encuentro que en primavera introducirá el Sínodo dedicado a ellos en octubre. «¿Qué haría Cristo en mi lugar?» se preguntaba el jesuita Alberto Hurtado, y la misma pregunta el Papa ha dirigido repetidamente a los jóvenes, pidiéndoles que se lo pregunten en todo momento. Bergoglio quiso leer a los jóvenes algunas palabras dirigidas a ellos por otra gran figura católica de Chile, cuyo recuerdo volvió varias veces a su boca, el cardenal Raúl Silva Henríquez. Sean como los samaritanos y los cirineos, como Zaqueo «que transformó su enanismo espiritual en grandeza y dejó que Jesús transformara su corazón materialista en un corazón solidario», como Magdalena, apasionada buscadora del amor y «que sólo en Jesús encuentra las respuestas que necesita» y tengan el corazón de Pedro, el afecto de Juan, la disponibilidad de María, aconsejaba el gran arzobispo de Santiago.

Recién llegado a Araucanía, el Papa uso los versos de dos poetisas, Gabriela Mistral y Violeta Parra, para describir la belleza y el dolor de esta tierra atormentada de «injusticias de siglos». Con un recuerdo explícito y conmovido de los años oscuros de la última dictadura militar, durante la cual el aeródromo de Maquehue, donde ha celebrado, fue teatro de «graves violaciones» de los derechos humanos: por eso la misa ha sido ofrecida «por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias». Añadiendo que Jesús en la cruz se hace cargo del pecado y del dolor de «nuestros pueblos» para redimirlo. Eran muy numerosos los pueblos originarios de la región austral que le escuchaban, en particular los mapuches: pueblos víctimas de injusticias e intentos de asimilación que en varias ocasiones fueron recordados por el Pontífice.

Por eso Bergoglio dijo que la unidad, bien distinta de la uniformidad, «es una diversidad reconciliada»; es, de hecho, un arte que requiere escucha y reconocimiento. La unidad se ve amenazada por dos formas de violencia, ha observado: la primera se amamanta con bonitas palabras y de acuerdos que nunca se realizan frustrando toda esperanza y la segunda es la que sacrifica vidas humanas. «La violencia llama a la violencia» dijo con nitidez el Papa y, «termina volviendo mentirosa la causa más justa». Concluyendo que la única vía es la del diálogo. Buscando precisamente la unidad.

g.m.v.

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22 de Agosto de 2018

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