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Lágrimas de fuerza


· Las mujeres ante la pobreza ·

“A los pobres los tendréis siempre con vosotros”, dijo Jesús. Por cierto, no para que nos resignáramos a su suerte, sino más bien para advertirnos de que, en cualquier lugar del mundo y en cualquier período de la historia humana, habrá siempre personas más débiles, más vulnerables y más necesitadas que invitarán a vivir el amor preferencial por los pobres. Ningún estado social, ni siquiera el más avanzado, puede prescindir de la interdependencia y de la solidaridad entre los hombres.

El hecho de que el rostro de la pobreza se vuelva femenino en muchas ciudades del mundo no solo se debe a la crisis económica, sino también a la crisis de la familia: ¿cuántas mujeres se ven obligadas a llevar solas el peso de la educación de sus hijos?

El individualismo de nuestra sociedad es la causa del aumento del número de pobres. El envejecimiento –fenómeno típico del siglo XXI a escala mundial, fenómeno en gran parte femenino–, que en una visión bíblica de la vida debería considerarse una gracia y un don de Dios, se percibe a menudo como un problema que pesa sobre los balances con los que, al contrario, se quiere ahorrar a toda costa. Como ya no son productivos, a los ancianos se los echa fácilmente de las familias, de los barrios, de las redes humanas, y se los condena a una vida anónima en una institución, como si la vejez fuera una enfermedad. ¿Cuántos ancianos abandonados hay en los geriátricos de nuestras sociedades occidentales? La soledad y la desesperación de muchas personas ancianas se convierten en una nueva forma de pobreza en nuestras sociedades materialistas.

Al mismo tiempo, esta pobreza no solo revela la falta de cultura de la cercanía, sino también la ausencia de espiritualidad en las mentalidades. La secularización de los corazones ha alejado a nuestros contemporáneos de Dios y, a la vez, de sus familias y de sus conciudadanos más débiles: no logran vivir con ellos, les tienen miedo y los evitan. En una palabra, uno tiene miedo de su propia debilidad y se siente desprovisto y frágil en el ámbito humano.

No es una casualidad que en el Evangelio sean precisamente las mujeres quienes aceptan antes que nadie el camino de la debilidad. Viendo el sufrimiento de Jesús, comprenden que no tienen ningún poder de decisión, pero están allí, y velan al pie de la cruz. ¿Qué poder representan a los ojos de la sociedad? Las mujeres tienen un carisma particular por lo que respecta a la aceptación de su propia debilidad y fragilidad. Según el Evangelio, donde nace la primera comunidad en torno a Jesús, allí están las mujeres: están al pie de la cruz. Mientras todos los discípulos escapan, ellas tienen la valentía de permanecer junto a Jesús. “Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Marcos 15, 40-41).

Al pie de la cruz nace una familia nueva, que podemos considerar la primera comunidad cristiana. Donde no se evita el sufrimiento, donde se acepta con confianza la propia debilidad, donde la fragilidad y la impotencia se transforman en oración que se eleva al Señor, allí nacen energías inesperadas.

El gran filósofo y teólogo ortodoxo ruso Evdokimov, en su libro La mujer y la salvación del mundo, afirma: “Más interiorizada, más ligada a las raíces, la mujer se siente enseguida cómoda en los límites de su ser, y se esfuerza por utilizar sus propios dones para crear una sinfonía clara y límpida de su persona. Llena el mundo con su presencia desde dentro. (…) El hombre sobrepuja su ser con su carisma de expansión. Aspira a alcanzar el máximo de su potencia, con la que llena el mundo (…). El instinto masculino de destrucción, ‘padre de la guerra’, puede ser ‘acordado’ por el femenino y sublimado como instinto de vida, de construcción de la cultura y del culto. (…) El hombre de hoy deshumaniza el mundo con todas sus formas de objetivación; pues bien, para el instinto materno, cualquier forma de objetivación es orgánicamente imposible. (…) La mujer humaniza y personaliza el mundo (…). Defiende siempre el primado del ser sobre la teoría”.

El rico debe aprender nuevamente a vivir con su propia debilidad, que existe a pesar de todo lo que hace por esconderla. El encuentro con una persona anciana o enferma nos ayuda a aceptar nuestra debilidad. Estas realidades nos obligan a reflexionar sobre lo que somos, sobre lo que esperamos, sobre dónde buscamos y cómo encontramos nuestra alegría. El encuentro con el pobre es un misterio que nos abre a Dios.

“La guerra es la madre de toda pobreza”, dice Andrea Riccardi, fundador de la comunidad de San Egidio. La paz, este bien valioso de la humanidad, está amenazada por todos lados; una parte importante del mundo hoy está en llamas. ¿Cuántos corazones encierran odio y venganza y esperan el momento para explotar, sembrando así muerte y destrucción? Hoy en día vemos la carencia de un mundo que no ha invertido mucho en convivir, y que se ha habituado a la enfermedad de la violencia y de la guerra. Los cristianos, que también han recibido la misión de ser artífices de paz, a menudo están obligados a ser espectadores de un mundo injusto e ingobernable y, al final, se abandonan al pesimismo.

Barbara Ehrenreich, en su libro Ritos de sangre. Orígenes e historias de las pasiones de la guerra, precisa que la guerra es una de las actividades más claramente sexistas de la humanidad a causa del estrecho vínculo existente entre la guerra y la virilidad. Las mujeres, las madres, las esposas y las hijas ven el dolor de la guerra: la pérdida de sus seres queridos, la destrucción. Las mujeres lloran durante la guerra, lloran incluso por aquellos que no son sus hijos; también la Iglesia llora durante la guerra. En los tiempos difíciles de guerra es la Iglesia, por excelencia, la que muestra su maternidad, su lado materno, mientras que los hombres se matan entre ellos. Durante la guerra, la Iglesia muestra su perfil de madre. Quiere la paz, porque es madre.

María es la figura materna que llora durante la guerra. María llora durante la guerra y resplandece en tiempo de paz. Es feliz por el nacimiento del Salvador, y llora al pie de la cruz. Las lágrimas expresan su desesperación, pero, al mismo tiempo, la fuerza de esta mujer frágil, que es la madre de Dios. Sus lágrimas muestran que la humanidad no acepta la guerra. María es venerada como la Reina de la paz que representa la esperanza de nuestro mundo.

Las lágrimas y los gritos de desesperación se convierten en ruego y oración. Los sollozos son una súplica ante la que Dios no permanece indiferente. En la oración encomendamos nuestra fragilidad a Dios, que nos fortalece en la fe y en el amor para el servicio a los demás. La oración es el arma de los débiles y de los pobres. Aquí nos hallamos ante una gran paradoja de la vida cristiana: la fuerza de los débiles es la debilidad de los fuertes. Como dice san Pablo: “Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Corintios 12, 10).

Estar presente en medio de los que sufren es oración, es escucha. Como dice Jesús, es María quien eligió la parte mejor, que no se le quitará: la presencia de Jesús, la escucha de sus palabras (cf. Lucas 10, 38-42). Nuestro mundo, que está enfermo de violencia, de guerra y de soledad, tiene sed de amor, de consuelo, de paz, tiene necesidad de mujeres fuertes, de mujeres de fe. Evdokimov escribe: “La mujer solo salvará al mundo si experimenta un estremecimiento ante el misterio de las vírgenes sabias de la parábola evangélica, si, gratia plena, llega a ser realmente la puerta del Reino, a ejemplo de la Virgen María”.

Las vírgenes sabias encontraron la fuerza para mantener encendidas sus lámparas. Su “aceite” era la gran confianza que tenían en el Señor, y habían ido a proveerse a la fuente de la esperanza. Estas mujeres muestran el camino, testimoniando que el Dios de la ternura no ha abandonado el mundo. Delante del sepulcro vacío las mujeres se transforman en las primeras testigos de Jesús resucitado, en las primeras testigos de la buena nueva. Las mujeres que permanecieron al pie de Cristo sufriente, las mujeres que se quedaron velando y no eludieron la debilidad, eran fuertes. Ven un camino de esperanza y resurrección y lo comunican a los demás. En la escuela del sufrimiento se aprende a no tener miedo de las lágrimas y de las súplicas, y se siente el consuelo de vislumbrar el camino de la resurrección, de la esperanza y la paz.

 Hilde Kieboom

Diaconía y espiritualidad


Hilde Kieboom nació el 7 de mayo de 1965 en Wilrijk (Amberes, Bélgica). Estudió griego y latín, después lengua y literatura germánicas en la Universidad de Amberes, y teología en el Centro teológico y pastoral de Amberes y en la Universidad católica de Lovaina. Está casada y tiene dos hijos. En 1985 fundó en su ciudad la Comunidad de San Egidio, que había conocido diez años antes en Roma. El 21 de julio de 2003 el rey Alberto II le confirió el título de baronesa por su compromiso social, y dos años después la Universidad de Utrecht le otorgó un doctorado honoris causa por su modo de poner en práctica la diaconía y la espiritualidad en la sociedad moderna. En 2007 el patriarcado de la Iglesia rusa ortodoxa le concedió la condecoración de la Orden de Santa Olga por sus méritos en la Iglesia y en la sociedad. En 2014 fue nombrada vicepresidenta de la Comunidad de San Egidio.

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