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​La vela de sor Megumi

· El anuncio del Evangelio en Japón después del tsunami de la globalización ·

Megumi Kawano María Magdalena es una misionera javeriana japonesa. Tras algunos años de servicio misionero en Brasil, vive hoy en su país. “Antiguamente nuestro país –dice Megumi, hablando del profundo sentido religioso de Japón– tenía una fuerte espiritualidad, que se expresaba en el arte de las flores, en la ceremonia del té, en el deporte tradicional. No eran meramente artes o disciplinas deportivas: quien las practicaba, también adquiría una espiritualidad que lo ayudaba a vivir bien. El contacto con la naturaleza era meditativo y, en el mundo sintoísta, se percibía la presencia de lo sobrenatural. Esta espiritualidad sostenía nuestra vida, nos daba alegría y sentido, aun cuando este sentido todavía no había llegado a su plenitud”.

Con la globalización, prosigue, “estas artes han ido perdiendo progresivamente su espíritu, y ahora son puramente artes. Los jóvenes ya no les dan importancia, se interesan más los extranjeros. En el frenesí de la sociedad moderna ya no hay tiempo para detenerse a contemplar la naturaleza, a la vez que aumenta la competición, promoviendo en todos los ámbitos el arribismo, incluso entre los niños. La carencia de espiritualidad también trae aparejado un cambio en el carácter de las personas: hay más nerviosismo, y quien no está entre los primeros, sufre terriblemente”.

“Cerezo en flor” (biombo con dos bastidores, finales del siglo XVII, Japón)

No solo la globalización, sino también el impacto de las catástrofes ambientales de estos últimos años, han desestabilizado la vida de muchas personas. “Con el terremoto –continúa sor Megumi– y el consiguiente tsunami de hace cuatro años, muchos han perdido en un instante todo lo que, pensaban, sostenía su vida. Esto ha llevado a muchas personas a hacer un examen de conciencia. Dando muestras de solidaridad, y recibiéndolas, han comenzado a redescubrir la importancia de las relaciones personales, la importancia de la vida”.

¿Es Japón, pues, tierra de misión? “A menudo la misión consiste en la ayuda a los pobres. Este es un aspecto importante, y el cristiano lo vive como expresión de su fe en Jesús y con el deseo de darlo a conocer. También los budistas, los sintoístas y los ateos ayudan a los pobres, en nombre de la solidaridad humana. Pero cuando una persona pierde el sentido de la vida, percibe el vacío de una pérdida de espiritualidad y sufre una soledad angustiante. Es una gran pobreza, aunque no sea material. A nosotros, los cristianos, nos corresponde compartir con estas personas la esperanza y la luz que nos permiten vivir. Es nuestro deber específico de cristianos y de misioneros hacer resonar la palabra de Dios, hablar de su presencia de Padre, hacer sentir que somos amados. Si soy pobre y tengo fe, puedo vivir y conocer la alegría. Poco después de ser bautizada, fui a Filipinas para participar en la Jornada mundial de la juventud. Allí vive un pueblo muy pobre, con muchos niños. Vi que sus ojos brillaban, irradiaban vida, algo que no puedo ver en Japón. La misma cosa experimenté durante los años de misión en Brasil, donde hay pobres que viven en la calle, que van a pedir comida, que saben percibir la presencia de Dios, de Jesús, en su situación. ‘Dios existe, porque escucha mi voz’, me decía uno de ellos. En Japón hay de todo, pero falta la cosa más importante. Todos los años se suicidan casi veintiocho mil personas”.

Sin embargo, Dios ya obra en el corazón de cada uno. “Cuantos aún no conocen a Cristo –prosigue sor Megumi– no están lejos de él, porque desde que han nacido llevan en el corazón una semilla divina, porque creemos que todos los seres humanos son creados por el mismo Dios. De todos modos, pienso que para aceptar plenamente este valor, para conocer el rostro de esta presencia, se necesita una ayuda: para nosotras, las misioneras, el primer servicio al Reino es brindar esta ayuda a nuestros hermanos y hermanas. Así hizo Felipe con el eunuco, que viajaba leyendo una palabra que no comprendía (cf. Hechos de los Apóstoles 8, 26-40); de igual modo hizo Pablo, cuando anunció a los atenienses el nombre del “Dios desconocido”, a quien adoraban (cf. Hechos de los Apóstoles 17, 22-34)”.

Hay una profunda diferencia entre las creencias tradicionales japonesas y la aceptación de Jesús y su Evangelio, que no puede desconocerse. “Nuestra cultura japonesa –explica sor Megumi Kawano– se basa en el sintoísmo y el budismo. Para el budismo japonés, Dios no existe; para el sintoísmo, en cambio, hay muchos dioses: el dios de la montaña, el dios del agua, etc. Respetamos, invocamos, pedimos a estos dioses, pero están lejos de nosotros. El Dios de Jesús viene a nosotros, habita dentro de nosotros, camina con nosotros, conoce nuestra vida, nuestro sufrimiento, porque en Jesús experimentó todo esto. Al escuchar el mensaje cristiano, comprendí que Dios vino a nosotros. En su omnipotencia, no tenía necesidad de recibir ayuda, pero se hizo niño, se dejó ayudar por nosotros, los seres humanos, que tenemos tantas limitaciones. Este fue para mí un gran descubrimiento”.

Y prosigue: “Cuando llega un momento difícil de la vida, la soledad, creemos en esta presencia, y entonces jamás estamos verdaderamente solos. Viendo el sufrimiento de Jesús, también podemos comprender el sufrimiento que experimentamos, podemos comprender el sufrimiento de los demás y cómo ayudarlos”.

Quizá a quien es cristiano desde siempre, y fue bautizado al nacer, le resulte difícil entender esta diferencia. “Es verdad. Quien nace en una familia cristiana difícilmente puede imaginar cómo vive el que no conoce la presencia de Dios, porque ni siquiera supone su existencia, qué soledad, qué sufrimiento, qué dificultades encuentra. Si crees en la presencia de Jesús junto a ti, aunque nadie te comprenda, sabes que él sabe todo, y siempre puedes tener una esperanza, una luz que ilumina la oscuridad de tu vida. Imaginemos un lugar tenebroso donde ni siquiera hay una vela encendida y no nos es posible encender una. Pero si tan solo hubiera una pequeña vela, con su llama se podría encender otra vela, y después otra, y otra más. Y así, las velas encendidas podrían llegar a ser numerosísimas. Por eso digo que se necesitan misioneros y misioneras que enciendan en el corazón de las personas una vela que nunca antes fue encendida. Recordemos el gesto de la liturgia pascual, cuando encendemos nuestra vela en la única vela encendida que simboliza a Jesús. Sin Jesús no hay esperanza de resucitar de la muerte, porque se piensa que la vida termina con la muerte. La resurrección es muy diferente de la idea budista del renacimiento. En Japón, en los funerales cristianos participan muchas personas que jamás entraron en una iglesia, y durante la homilía se les puede anunciar el sentido cristiano de la muerte y de la resurrección”.

No debe ser fácil anunciar el Evangelio en un país como Japón. “El camino del Evangelio aquí es muy lento, es silencioso, a veces invisible desde fuera. El pueblo japonés observa la vida diaria de los cristianos. Cuando un cristiano vive la alegría y la esperanza en medio de las dificultades, su modo de vivir plantea interrogantes: ‘¿Qué hay? ¿Por qué es así?’. Este es el primer paso del encuentro con el Evangelio. A partir de ese momento puede comenzar un camino que requiere mucho tiempo y paciencia. La persona misma comienza una búsqueda, a veces impulsada por el sufrimiento que está viviendo, y se entabla un diálogo en el que se le proponen frases o episodios del Evangelio adecuados a su situación, que puedan darle esperanza”.

¿Un ejemplo? “Una de nuestras comunidades estaba formada por hermanas japonesas, mexicanas e italianas. Nuestra vecina nos oía reír entre nosotras y, después de mucho tiempo, nos dijo: ‘¿Qué hay en vuestra casa? Oigo que siempre os reís’. Desde entonces, comenzó un diálogo. No está dicho que la persona llegue a recibir el bautismo, pero puede experimentar cambios importantes en su vida. En nuestra escuela de párvulos la casi totalidad de los niños pertenecen a familias no cristianas. Gracias a la educadora de la guardería infantil aprenden a conocer a Jesús. Quizá no lleguen jamás al bautismo, pero cuando en el futuro manden a sus hijos a una escuela de párvulos católica, alguna que otra madre sentirá la necesidad de estudiar la Biblia. A veces se siembra en una generación y los brotes germinan en la generación sucesiva. Así, mi testimonio de Jesús puede dar frutos no inmediatamente visibles, pero tal vez, a distancia de muchos años, algo florezca. Esta es la esperanza”.

¿Cómo encontró Megumi Kawano a Jesús? “Mi familia era budista, pero no muy practicante. Solo en el aniversario de algún fallecido iba con mi familia al templo, donde escuchábamos la reflexión del bonzo. Tenía 8 años cuando pasé mi primera Navidad cristiana con una amiga mía, hija de un pastor. Leyendo la oración del padrenuestro en una cartulina que me había dado, me pregunté quién era ese padre nuestro que está en el cielo. Siempre me planteaba interrogantes sobre la vida. Vivir o morir: no somos nosotros quienes decidimos. Una vez estuve internada en un hospital, y me conmovió el hecho de que una señora con la que compartía la habitación, que no parecía estar muy enferma, se agravó y murió una noche, mientras que otra, que estaba muy grave, se curó. Me preguntaba: ‘¿Por qué existo? ¿Por qué he recibido esta vida?’. Al salir del hospital, busqué una iglesia católica y comencé a frecuentarla. No conocía casi nada sobre la fe cristiana; solo tenía un librito sobre el Antiguo Testamento, que había comprado por curiosidad. De niña había oído la historia de Adán y Eva y de la torre de Babel, pero no sabía que pertenecía a la Biblia. En mi ambiente de todos los días no encontraba las respuestas que buscaba. Las encontré, en cambio, en el cristianismo, gracias a un misionero. A los 22 años recibí el bautismo”.

¿Cómo tomó la decisión de dedicarse a la misión? “Descubriendo la presencia de Jesús, su palabra, tuve mucha esperanza. Fue normal pensar en aquellos que todavía no lo habían encontrado. En Japón, cuando alguien se convierte en cristiano, es común que en el trabajo, en la escuela o en su propia casa, sea el único que cree en Jesús. El cristiano es también misionero, testimonia la diferencia de la vida cristiana. Yo tenía 26 años cuando murió mi padre. Delante de su féretro percibí de modo más fuerte la gracia de creer en Jesús, que nos abre a la esperanza de la vida eterna. Comprendí más el sufrimiento de quienes no conocen a Jesús y oí la llamada a gastar toda mi vida para anunciarlo a él y su Evangelio. Es una gracia del Señor, y sin ella no habría tenido la valentía de dejar mi casa y mi mundo”.

¿Encontró dificultades a causa de su elección? “Mi familia me dejó libre de pedir el bautismo. Tal vez porque notaba que yo estaba más serena, que era más alegre y positiva. En aquella ocasión, también supe que mi padre había asistido a una escuela de párvulos cristiana. Mi madre me dijo: ‘No te conviertas en religiosa’. Por eso sufrió mucho cuando decidí entrar en una familia religiosa. Sus lágrimas y su sufrimiento constituyeron para mí una gran dificultad. Fueron necesarios diez años para que ella recuperara la serenidad y aceptara mi elección. Participó en la ceremonia de mi profesión perpetua. Pienso que el Espíritu Santo está obrando en su corazón. Otras dificultades son mi fragilidad y mis limitaciones, pero, con el paso del tiempo, cada vez más me doy cuenta de que se convierten en ocasiones para conocer mejor la grandeza del amor de Dios. ‘¿Me bastará la eternidad para decirle gracias?’”.

Por Teresa Caffi

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20 de Marzo de 2019

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