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​La urgencia de la paz

Por tercera vez en menos de veinte años el Papa está en Cuba: en enero de 1998 el primero fue Juan Pablo II, después, en marzo de 2012, llegó Benedicto XVI, mientras que ahora es el turno de Francisco, el primer pontífice americano que quiso unir en este viaje dos países —precisamente Cuba y Estados Unidos— que al cabo de medio siglo de tensiones y contrastes, incluso muy fuertes, han vuelto finalmente, con la ayuda de la Santa Sede, a acercarse. También gracias al impulso, en los respectivos episcopados, de cuantos han sabido tomar en serio las palabras de Wojtyła relanzadas por Bergoglio a su llegada a La Habana, en una tarde húmeda y muy calurosa: que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba.

La ocasión de la visita es doble, como recordó el Pontífice: el centenario de la proclamación de la Virgen de la Caridad del Cobre patrona de Cuba —decidida por Benedicto xvi, pero pedida por los veteranos de la guerra de la independencia de la corona de España— y el octogésimo aniversario de las relaciones diplomáticas entre el país y la Santa Sede, relaciones jamás interrumpidas, quiso destacar significativamente el Papa con un añadido al texto preparado para el saludo de bienvenida. Acogido por el presidente Raúl Castro, también presente luego en la misa celebrada en la capital, Bergoglio dirigió su saludo a Fidel Castro, a quien poco después visitó de manera privada, y «a todas aquellas personas que, por diversos motivos, no podré encontrar», dijo.

Mencionando después la vocación natural de Cuba como «punto de encuentro», el Papa recordó el proceso de normalización con Estados Unidos. Acontecimiento de gran importancia en el panorama internacional, el nuevo curso emprendido con valentía por los dos países fue indicado por Bergoglio como «un signo de la victoria de la cultura del encuentro» y «ejemplo de reconciliación para el mundo entero». Un mundo que «necesita reconciliación en esta atmósfera de tercera guerra mundial por etapas», improvisó el Pontífice que, hablando a los periodistas en el vuelo a La Habana, había insistido una vez más en la urgencia de la paz.

Y la misma preocupación resonó, después de la gran misa en la plaza de la Revolución, en el llamamiento del Papa en favor de una reconciliación definitiva y de una paz duradera en Colombia, donde decenios de conflicto armado —el más largo actualmente existente— han derramado la sangre de miles de personas. «Por favor, no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino», imploró, sosteniendo abiertamente la vía de la negociación.

Las palabras del Pontífice llegaron al final de una celebración durante la cual había diseñado en la homilía los contornos de la grandeza según el pasaje evangélico apenas leído: Quien quiera ser el primero deber ser el servidor de todos y no servirse de los demás. Aquí servir —explicó— significa cuidar a las personas frágiles, luchando por la dignidad de los hermanos y mirando su rostro: «Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas» descuidadas por proyectos que, sin embargo, pueden parecer atractivos.

g.m.v

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18 de Septiembre de 2019

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