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​La triple dosis de antibiótico

· ​Las enfermeras ·

“Pensemos en las religiosas que viven en los hospitales: viven en la frontera”, dijo el Papa Francisco en la entrevista a La Civilità Cattolica, en 2013. “Yo estoy vivo gracias a una de ellas. Cuando tuve el problema en el pulmón, en el hospital, el médico me dio una dosis de penicilina y estreptomicina. La religiosa que estaba en la crujía la triplicó, porque tenía ‘olfato’, sabía lo que tenía que hacer porque estaba todo el día con los enfermos. El médico, que estaba verdaderamente preparado, vivía en su laboratorio; la religiosa, en cambio, vivía en la frontera y dialogaba con la frontera todos los días. Domesticar las fronteras significa limitarse a hablar desde una posición distante, encerrarse en los laboratorios. Son cosas útiles, pero nuestra reflexión debe partir siempre de la experiencia”.

El Papa Bergoglio resumió con una anécdota personal, y con su habitual y eficaz síntesis, lo que para Cecilia Sironi, presidenta de la Sociedad italiana de Asociaciones de enfermeras y enfermeros, ha sido y sigue siendo la batalla de una vida: lograr que se comprenda la importancia de un trabajo muy a menudo subestimado o, incluso, ignorado cuando hay que tomar decisiones que se refieren al sistema sanitario nacional.

“La idea de estudiar durante tantos años, como mínimo seis, a los que se añade una especialidad médica, y ver durante mucho tiempo a los enfermos –dice Sironi–, me llevó a informarme sobre la escuela de enfermeros. En los años sucesivos, muchas veces pensé en aquel comienzo, tuve varios momentos en los que me pregunté: ‘¿Quién te obligó a hacerlo?’. Elegí un trabajo arduo, que en verdad exige todo, un trabajo que no es ni estimado ni retribuido adecuadamente”.

Admite que a veces tuvo la tentación de volver atrás: “Sinceramente, varias veces pensé en dejar todo, pero no porque creía que me había equivocado de camino. El motivo era siempre el opuesto: por exceso de pasión. Me preguntaba: ‘¿Por qué en una profesión tan hermosa, tan importante para la vida de los demás, quien está enamorado de ella no cuenta con los medios necesarios para ejercerla como quiere y debe?’. En realidad, una mujer puede dar mucho como enfermera. Y no lo digo por nostalgia romántica, sino porque colaboro en la formación desde 1983. En proporción, las enfermeras son más competentes, pero cuando se encuentran muchachos predispuestos para esta profesión, son verdaderamente muy capaces. Precisamente por este gran amor a la profesión decidí dedicarme a la formación de los futuros enfermeros. Estaré satisfecha cuando –espero antes de jubilarme– la gente viva y perciba la profesión del enfermero con la misma dignidad que la del médico o la del fisioterapista”.

Pero parece una meta todavía lejana. “Fue conquistada hace tiempo en países con problemas higiénico-sanitarios enormes, pero en Italia aún no –prosigue Cecilia Sironi–; los enfermeros pueden salvar la vida de poblaciones enteras con un coste contenido. En gran parte de los servicios sanitarios y asistenciales de todo el mundo, a menudo se puede prescindir del médico, pero no del enfermero, cuya preparación es amplia, abarca todos los aspectos clínicos y asistenciales, incluye a la familia, tiene presente el contexto y considera a la persona en todos sus componentes, no solo en sus aspectos bio-fisiológicos”.

Y continúa: “Lo que más me impresionó cuando comencé a trabajar en un hospital de Londres en el lejano 1980 fue la presencia de una clara jerarquía de enfermeros. Quien me entrevistó para la asunción del cargo era una jefa de enfermeras (senior nursing officer): de ella dependía directamente todo el personal de enfermería y asistencia. El hecho fundamental de que un número adecuado de enfermeros por cada enfermo comporta un ahorro concreto, además de la calidad de la asistencia, que no sólo perciben los enfermos sino que también puede valorarse objetivamente, es aún poco conocido. Algunos entes autorizados (pensemos en el Institute of Medicine) lo comprendieron muy bien y, en consecuencia, están actuando solícitamente, utilizando los resultados de los numerosos estudios efectuados también en Europa, entre los cuales figura el de Linda Aiken”.

Y los libros de Jean Watson, que desde los años ochenta hasta hoy siguen siendo un clásico de la enfermería. Hace un año Cecilia Sironi dirigió la traducción italiana de Philosophy and Science of Caring (Assistenza infermieristica. Filosofia e scienza del caring, Milano, Casa Editrice Ambrosiana, 2013). “De Watson –comenta Sironi– me ha impresionado siempre el hecho de que sea una mujer en busca de sentido, del sentido de su vida, cómo vivirla de modo profundo, cómo ayudar a cada uno a ir al fondo de lo que vive en la experiencia del sufrimiento, de la enfermedad y el dolor. Su sinceridad la llevó a compartir su camino personal con otros y a usar todo lo que había aprendido para ayudar a otros a curar. No proviene de una tradición cristiana, pero recorrió, por ejemplo, el Camino de Compostela. Vi en su elaboración filosófica, impregnada de su gran humanidad, un modo de recuperar los valores que hemos perdido o que estamos perdiendo. Después de haberse desembarazado de todo lo que estaba relacionado con la Iglesia, con la imponente obra de monjes, religiosos y congregaciones femeninas de los siglos pasados, ¿dónde puede recuperar un joven hoy en día las energías para elegir y seguir una profesión tan fatigosa? El amor al hombre, a la humanidad propia y ajena, solo puede tener un manantial”. Por eso, concluye Sironi, “pienso que Jean Watson puede acompañar a muchos enfermeros en este camino de búsqueda”.

Por Silvia Guidi

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26 de Junio de 2019

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