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La transformación

En un artículo aparecido en L’Osservatore Romano el 8 de marzo pasado, a propósito de la reflexión sobre el papel de las mujeres (y de los hombres) en la Iglesia, Lucetta Scaraffia escribió: “El centro del problema no es la ‘modernización’, sin algo más profundo e importante que toca la naturaleza espiritual de la Iglesia”. El desafío –prosigue– es, pues, “diseñar los rasgos espirituales y teológicos de una tradición cristiana abierta a lo femenino”. 

Iván Rabuzin, “Paisaje con casas” (1973)

Esta serie de artículos publicados en L’Osservatore Romano son pequeñas contribuciones a dicho objetivo. La presente contribución quiere ofrecer una perspectiva sobre la particular naturaleza espiritual de la Iglesia. Toma como punto de partida una intuición de san Ireneo de Lyon, citada por Francisco en la Evangelii gaudium. Ireneo dice que el Señor Jesucristo omnem novitatem attulit, semetipsum afferens, es decir, “al venir él mismo, trajo consigo toda novedad”. El Papa insiste: “Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad”. Y añade: “Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (n. 11). Como se sabe, el concilio Vaticano II, comenzó un “retorno a las fuentes”, un ressourcement, que guio las deliberaciones e influyó profundamente en los documentos que promulgó. Ese retorno a las fuentes fue ciertamente un retorno a las mismas Escrituras, así como a los escritos de los obispos y de los teólogos de la Iglesia antigua. Pero más en profundidad, el Concilio representó un nuevo retorno a la única fuente que es Jesús mismo. Jesús, según la introducción de la Lumen gentium, “es la luz de los pueblos”. Y la Gaudium et spes, con frases que resuenan, confiesa: “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (n 45). Para Francisco, que se hace eco del Vaticano II, Jesús mismo es la alegría del Evangelio, la alegría que los cristianos tratan de compartir con los demás. Él es el Evangelio personificado, y “su riqueza y su hermosura son inagotables”, afirma el Papa. En todos los tiempos la Iglesia está llamada a sondar de nuevo la riqueza inagotable de Cristo y a considerar los desafíos y las posibilidades del presente a la luz del Evangelio que es Jesucristo. Las muy conocidas palabras del apóstol Pablo revelan una dimensión constitutiva del misterio de Cristo: “En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 27-28). Jesucristo no es solo el nuevo Adán; con su vida, su muerte y resurrección vivifica a la nueva comunidad, la Iglesia, que es su mismo cuerpo. Todos los bautizados en Cristo se convierten en miembros de su cuerpo y, de tal modo, entran en la nueva generación, en la que la pertenencia étnica, la cultura y la sexualidad ya no se niegan, sino que se transforman y transfiguran. Por tanto, una clave para una teología más profunda de la persona, mujer y hombre, es la comprensión más plena de la transformación a la que Cristo llama a sus discípulos. Es el mismo apóstol Pablo quien da una imagen sin igual de lo que comporta la transformación en Cristo. El testimonio y los escritos de Pablo evidencian que la transformación en Cristo requiere de hombres y mujeres reorientación radical y conversión constante (metanoia). Si el itinerario transformativo se desarrolla con fidelidad, confianza y paciencia perseverante (hipomoné), da origen nada menos que a un nuevo yo, recreado a imagen de Cristo. Recordemos algunas de las afirmaciones de Pablo que más interesan. En la misma Carta a los gálatas, en la que Pablo destaca la unidad de los creyentes en Cristo, dice de sí mismo: “Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (2, 20). Justamente anulando el propio ego, construido con deseos y compromisos convertidos en idolatría, él se vuelve libre para una nueva vida en Cristo, que es, inseparablemente, una nueva vida para los demás, en comunidad. Pablo profundiza este proceso en el muy conocido pasaje de la Carta a los filipenses. Tras haber enumerado todas las cosas que había considerado erróneamente motivo de orgullo y honor, cosas que solo le habían servido para separarse de los demás, ahora las considera obstáculos para la vida verdadera. Pablo se refiere a su gran deseo de “conocerlo a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (3, 10-11). Conocer a Cristo de modo sincero es inseparable del servir a aquellos por quienes Cristo murió. Además, la conformación a Cristo no es solo la vocación de Pablo, sino también la gracia y la llamada de todos los bautizados en Cristo. A los corintios los exhorta así: “Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5, 14-15). La reorientación radical de la persona a Cristo y a los miembros de Cristo establece vínculos espirituales entre los bautizados, cuyas implicaciones son impresionantes. Cada reforma auténtica en la Iglesia debe redescubrir la nueva realidad que representa el misterio pascual del Señor. De esta manera Pablo nos enseña, como enseñó a los corintios, que “en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Corintios 12, 13). De hecho, “Dios ha formado el cuerpo dando más honor a los miembros que carecían de él, para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros. Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo” (1 Corintios 12, 24-26). El desafío evangélico de vivir esta visión de la comunión es tan urgente y exigente en el siglo XXI como lo era en el siglo I. En efecto, es obvio que el pecado se insinúa. Y el pecado no solo separa de Dios, sino también corroe la comunidad humana y la comunión. El pecado desgarra al Cuerpo de Cristo. De ahí la importancia de la confesión sacramental en la Iglesia, como enseña constantemente el Papa Francisco, tanto con sus palabras como con su ejemplo. San Pablo ilustra de manera conmovedora la lucha diaria por la fidelidad y la transformación en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas. Los deseos de la “carne” y los del “Espíritu” combaten entre sí, y la puesta en juego es el yo que llegamos a ser. Es evidente que aquí “carne” no solo se refiere a las transgresiones sexuales, sino también al corazón endurecido que manifiesta animadversión, celos, envida y odio. La guía del Espíritu, al contrario, produce una cosecha generosa de amor, alegría y paz, que promueven y alimentan la edificación del Cuerpo de Cristo. Resumiendo la nueva vida en el Espíritu, Pablo afirma: “Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (5, 14). Pero después, con un cri du coeur, advierte a los gálatas y a nosotros: “Pero si os mordéis y os devoráis mutuamente, ¡mirad, no vayáis mutuamente a destruiros!” (5, 15). Se percibe en estas palabras la descripción de una anti-eucaristía demoníaca. En efecto, precisamente como la verdadera Eucaristía une y alimenta al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, el disenso entre los cristianos separa y envenena al cuerpo. Podría parecer que se ha dicho muy poco respecto a un enfoque de la valoración del papel de las mujeres en la Iglesia y a la incorporación de la verdadera sensibilidad femenina. Ciertamente, otras reflexiones de esta serie brindaron sugerencias y enfoques más prácticos. Pero mi argumento es que hacerlo con la profundidad necesaria comporta la recuperación de la novedad específica del Evangelio de Jesús y de la Iglesia, nacida al lado del Crucificado. Esta recuperación es aún más urgente en una cultura que no ha olvidado sus propias raíces cristianas, pero que no esconde su frenético deseo de arrancar dichas raíces. El Papa Francisco, recurriendo a su herencia ignaciana, mostró repetidamente el indispensable papel del discernimiento espiritual en la Iglesia. Mucho antes que Ignacio de Loyola, Pablo ya insistía en la necesidad de que los cristianos practicaran el discernimiento para no adaptarse a los valores del mundo, que son antitéticos al Evangelio (la “mundanidad espiritual” sobre la cual Francisco pone en guardia). Pablo escribe a los cristianos de Roma: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Romanos 12, 1-2). Por consiguiente, mientras procedemos a dar forma a una teología más inclusiva, es fundamental que nuestros criterios de discernimiento se basen en valores evangélicos y no en valores mundanos. En efecto, hoy como en tiempos de Ireneo, los cristianos deben afrontar un agnosticismo que se ha recrudecido y que, aun pregonando la “diversidad” y la “diferencia”, altera efectivamente la distinción fundamental entre hombre y mujer, quienes, juntos, comprenden la imagen de Dios. Este agnosticismo contemporáneo refleja de modo muy fiel la ideología y los imperativos de la sociedad capitalista. Aquí las personas se reducen a menudo a funcionarios intercambiables, cuyo único objetivo es servir al dinero. La visión gnóstica, con sus múltiples aspectos, tiende a una fusión andrógina, mientras que el novum cristiano constituye una visión de comunión, de personas distintas en la relación, cada una de las cuales contribuye con sus propias capacidades y sus propios dones.También aquí Pablo enseña de manera ejemplar: “Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros. Pero teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada” (Romanos 12, 4-6). Mientras nos encaminamos hacia una Iglesia más inclusiva, una Iglesia que aprecia, más que en el pasado, los dones únicos de cada uno, tanto los laicos como las personas ordenadas deben estar arraigados en la “espiritualidad de comunión” que Juan Pablo II evocó en la Novo millennio ineunte. Haremos bien si grabamos en nuestra mente y en nuestro corazón estas sabias palabras del Papa Wojtyla: “Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como ‘uno que me pertenece’, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un ‘don para mí’, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” (n. 43).

Robert Peter Imbelli

El autor

Robert Peter Imbelli, sacerdote de la archidiócesis de Nueva York, estudió en Roma durante los años del concilio Vaticano II. Ordenado sacerdote en 1965, consiguió la licenciatura en Sagrada Escritura en la Universidad Gregoriana y el doctorado en Teología sistemática en la Universidad de Yale. Durante veintisiete años el padre Imbelli enseñó Teología en el Boston College, donde hoy es profesor emérito. Liturgical Press acaba de publicarle Rekindling the Christic Imagination: Theological Meditations on the New Evangelization

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23 de Febrero de 2020

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