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La sexualidad

Marc Chagall, “Los amantes en rosa” (1916)

La revolución sexual prometía a todos la felicidad a través del placer, meta que parecía alcanzable fácilmente, sin consecuencia alguna, a condición de transgredir las reglas morales, en primer lugar las de la Iglesia católica. En realidad, en aquel período la Iglesia sufrió un duro ataque porque se la consideraba enemiga de la felicidad humana en cuanto enemiga del sexo. Hoy han pasado casi cincuenta años de la difusión de esta utopía, seguramente una de las causas de la secularización en los países occidentales, y sus efectos plantean serios interrogantes. La revolución sexual ha dejado muchos heridos en el campo, sobre todo jóvenes poco protegidos por la clase social, mujeres que no han logrado realizar su sueño de maternidad, y, más en general, una sociedad de personas solteras que deben afrontar diariamente su soledad. La separación entre sexualidad y procreación, en lugar de abrir un paréntesis de libertad, sobre todo para las mujeres, se ha revelado como un obstáculo para la maternidad, buscada muy tardíamente, cuando ya es muy difícil o casi imposible concebir, incluso con la reproducción asistida. Más todavía, en muchos países es una ocasión para que el Estado se entrometa con fuerza en la vida de los seres humanos y decida, en lugar de las personas, si deben tener hijos y cuántos, en función de exigencias económicas o políticas. Pero es una derrota sobre la que no se quiere reflexionar, aunque los heridos sean numerosos y la sociedad en su conjunto sufra la dramática disminución de los nacimientos y la crisis de la familia, efectos atribuibles en gran parte a la libertad sexual conquistada.

Este número es, en parte, una reseña de casos críticos, de consecuencias catastróficas ante las cuales se cierran de buen grado los ojos; pero también quiere dar un rotundo mentís a la opinión común que atribuye a la tradición cristiana un mojigato horror por el sexo: basta leer el Cantar de los cantares para darse cuenta. De hecho, la Encarnación inauguró un nuevo modo de dar sentido al acto sexual, que es parte e instrumento del camino espiritual de cada cristiano, tanto en la esfera ascética como en la esfera matrimonial. En este recorrido se entrelazan naturalmente la carne y el espíritu, sentimientos y eros, como explicó admirablemente Benedicto XVI en su primera encíclica Deus caritas est, en la que afirmó que el cristianismo “en modo alguno rechazó el eros como tal, sino que declaró guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros que se produce en esos casos lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza”. Porque “en estas rápidas consideraciones sobre el concepto de eros en la historia y en la actualidad sobresalen claramente dos aspectos. Ante todo, que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni ‘envenenarlo’, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza” (l.s.)

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23 de Febrero de 2020

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