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La santidad de todos los días

· Misa en Santa Marta ·

El testimonio del cristiano es «24 horas al día», porque «empieza por la mañana cuando me levanto y termina por la noche cuando me voy a la cama». Y es un testimonio sencillo, anónimo, humilde, que no pretende reconocimientos ni méritos. El Papa Francisco reiteró la eficaz imagen evangélica que exhorta a ser sal y luz del mundo para los demás, en la misa celebrada el martes por la mañana, 12 de junio en Santa Marta.

El Pontífice propuso «solamente una reflexión que puede hacernos bien en nuestro testimonio», como sugirió al principio de la homilía, refiriéndose al pasaje evangélico de Mateo (5, 13-16). «El testimonio más grande del cristianismo — afirmó— es dar la vida como hizo Jesús, convertirse en un mártir y testigo». Pero, añadió, «hay también otro testimonio: el de todos los días, testimonio que empieza por la mañana cuando me levanto hasta la noche cuando voy a la cama; el testimonio cotidiano, el simple testimonio habitual».

«El Señor dice que este testimonio es hacer como la sal y como la luz, es más, convertirnos nosotros en sal y luz» explicó Francisco.

En realidad «parece poca cosa, porque el Señor con pocas cosas nuestras hace milagros, hace maravillas».

Es por eso que, reiteró el Papa, «el cristiano debe tener esta actitud de humildad: solamente buscar ser sal y luz». Ser, por tanto, «sal para los demás, luz para los demás, porque la sal no se da sabor a sí misma» sino que está «siempre al servicio». Y es así también que «la luz no se ilumina a sí misma» en cuanto que está «siempre al servicio».

«Sal para los demás», por eso, es la misión del cristiano: «Pequeña sal que ayuda a las comidas, pero pequeña». Por otro lado «en el supermercado la sal se vende no por toneladas» sino «en pequeños paquetes: es suficiente». Y después, prosiguió, «la sal no presume de sí misma porque no sirve para sí misma: está siempre, está ahí para ayudar a los demás, ayudar a conservar las cosas, a dar sabor a las cosas». Un «simple testimonio».

«El cristiano» por eso debe ser «sal» y después también «luz», insistió Francisco. Y «la luz no se ilumina a sí misma: no, la luz ilumina a los demás, es para los demás, es para la gente, es para ayudarnos en las horas de noche, de oscuridad». Es precisamente este el estilo de «ser cristiano de cada día». De este modo entonces «el Señor nos dice: “Tú eres sal, tú eres luz” — “¡Ah, es verdad! Señor es así, atraeré a mucha gente a la iglesia y haré...” — “No, así harás que los otros vean y glorifiquen al Padre. Ni tampoco se te atribuirá ningún mérito”».

Y de hecho, explicó el Papa, «nosotros cuando comemos no decimos: “¡qué buena la sal!”». Y «de noche, cuando vamos para casa, no decimos: “¡qué buena la luz!”. Ignoramos la luz, pero vivimos con esa luz que ilumina».

«Esta es una dimensión que hace que nosotros cristiamos seamos anónimos en la vida» reiteró el Pontífice.

De hecho «no somos protagonistas de nuestros méritos, como ese fariseo: “Te doy gracias Señor porque yo soy un santo”». Francisco repropuso «la sencillez del testimonio cristiano».

Sugiriendo que «una bonita oración para todos nosotros, al final de la jornada, sería preguntarse: ¿Hoy he sido sal? ¿Hoy he sido luz?». Precisamente «esta es la santidad de todos los días» concluyó el Papa, deseando «que el Señor nos ayude a entender esto».

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20 de Septiembre de 2019

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