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La salvación es un regalo

· Misa en Santa Marta ·

La salvación «no se compra y no se vende» porque «es un regalo totalmente gratuito». Pero para recibirla Dios nos pide tener «un corazón humilde, dócil, obediente». Lo dijo el Papa Francisco, en la misa que celebró el martes 25 de marzo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, invitando «a hacer fiesta y a dar gracias a Dios» porque «hoy conmemoramos una etapa definitiva en el camino» hacia la salvación «que el hombre ha realizado desde el día que salió del paraíso».

Precisamente «por esto hoy hacemos fiesta: la fiesta de este camino de una madre a otra madre, de un padre a otro padre», explicó el Pontífice. E invitó a contemplar «el icono de Eva y Adán, el icono de María y Jesús», y a mirar el curso de la historia con Dios que camina siempre junto a su pueblo. Así, continuó, «hoy podemos abrazar al Padre que, gracias a la sangre de su Hijo, se ha hecho como uno de nosotros, y nos salva: este Padre que nos espera todos los días». Por ello la invitación a decir «gracias: gracias, Señor, porque hoy nos dices que nos has regalado la salvación».

En su reflexión, el Pontífice partió del mandato dado a Adán y Eva: el compromiso de trabajar y dominar la tierra, y ser fecundos. «Es la promesa de la redención —explicó— y con este mandamiento, con esta promesa, comenzaron a caminar, a hacer camino». Un «camino largo», de «muchos siglos», pero que comenzó «con una desobediencia». Adán y Eva, en efecto, «fueron engañados, fueron seducidos. Fueron seducidos por satanás: seréis como Dios». En ellos prevalecieron «el orgullo y la soberbia», en tal medida que «cayeron en la tentación: ocupar el sitio de Dios, con la soberbia suficiente». Es precisamente «esa actitud que sólo satanás tiene totalmente en sí».

Adán y Eva «hicieron un pueblo». Y «este camino no lo hicieron solos: con ellos estaba el Señor», que ha acompañado a la humanidad a lo largo de un itinerario «iniciado con una desobediencia y que acabó con una obediencia». Para explicarlo, recordó el Papa Francisco, «el Concilio Vaticano II toma una hermosa frase de san Ireneo de Lyon que dice: el nudo que hizo Eva con su desobediencia lo desató María con su obediencia». Además, añadió, la Iglesia explica este camino también con una oración que dice: «Señor, Tú que has creado maravillosamente a la humanidad y la has restaurado, restablecido más maravillosamente...». Se trata, por ello, de «un camino donde las maravillas de Dios se multiplican, son más».

Dios, por lo tanto, permanece siempre «con su pueblo en camino: envía a los profetas y envía a las personas que explican la ley». Pero «¿por qué —se preguntó el Pontífice— el Señor caminaba con su pueblo con tanta ternura? Para ablandar nuestro corazón» es la respuesta. Y, en efecto, la Escritura lo recuerda explícitamente: haré de tu corazón de piedra un corazón de carne.

El Señor, en sustancia, quiere «ablandar nuestro corazón» para que pueda recibir «la promesa que Él había hecho en el paraíso: por un hombre entró el pecado, por otro Hombre viene la salvación». Y precisamente este «camino tan largo» nos ayudó «a todos a tener un corazón más humano, más cercano a Dios; no tan soberbio, no tan suficiente».

«Hoy —explicó el Papa— la liturgia nos habla de este camino de restauración, de esta etapa en el camino de restauración. Y nos habla de obediencia, de docilidad a la Palabra de Dios». Un pensamiento, destacó el Pontífice, que «es muy claro» en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Hebreos (10, 4-10): «Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados».

He aquí, por lo tanto, la afirmación que «la salvación no se compra ni se vende. Se regala, es gratuita». Y porque «nosotros no podemos salvarnos por nosotros mismos, la salvación es un regalo, totalmente gratuita». Como escribe san Pablo, no se compra con «la sangre de los toros y machos cabríos». Y si «no se puede comprar», para «que esta salvación entre en nosotros pide un corazón humilde, un corazón dócil, un corazón obediente, como el de María». Así «el modelo de este camino de salvación es Dios mismo, su Hijo, que no estimó un bien irrenunciable ser igual a Dios —lo dice Pablo— sino que se anonadó a sí mismo y obedeció hasta la muerte y una muerte de cruz».

¿Qué significa entonces «el camino de la humildad, de la humillación»? Significa sencillamente, concluyó el Papa Francisco, «decir: yo soy hombre, yo soy mujer y tú eres Dios. Y seguir adelante, en presencia de Dios, como hombre, como mujer, en la obediencia y en la docilidad del corazón».

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