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La revolución tranquila

· De Benedicto a Francisco ·

En diciembre, como de costumbre, se comienza a hacer un balance del año que está por terminar, y no cabe duda de que en 2013 han sido dominantes la renuncia de Benedicto xvi y la elección del Papa Francisco, a quien «Time» declara «hombre del año». En este cambio la Iglesia ha demostrado saber salir de una situación difícil con una inspiración —hecha posible por la imprevista renuncia de Ratzinger— que ha revelado la insospechada vitalidad. Y que todo el mundo acogió con sorpresa y admiración.

Ha sido una revolución tranquila, como escribe Jean-Louis de La Vaissière ya en el título de un libro sobre este delicado paso. De Benoît à François, une révolution tranquille (Le Passeur) afronta la cuestión de un modo profundo, no sólo inspirado, teniendo siempre presente la compleja personalidad de los dos Papas y las exigencias espirituales y apostólicas de su misión. Lejos, por lo tanto, de esos libros fundados en presuntas revelaciones que con frecuencia son fruto de fatigas literarias de muchos vaticanistas.

Él observa que la renuncia de Benedicto comienza inmediatamente a actuar un vuelco: la prensa descubre improvisamente el valor de ese Papa que había sido poco comprendido, aplastado en una imagen de severidad y rigidez atribuida por haber ocupado durante tantos años el difícil papel de prefecto del antiguo Santo Oficio. Se desprende de su acto el testimonio de una inédita libertad, de una revolución que parecía lejana de su espíritu sereno, racional, de su apego a la tradición. El autor identifica luego el terreno sobre el cual Benedicto ha luchado: no tanto sobre cuestiones sociales y políticas, sino para poner a Dios, el Dios cristiano, en el centro del debate. Una batalla a la que se dedicó de mil maneras, bien consciente de hablar en un mundo que parecía sordo a la voz de la Iglesia.

Un hombre de interioridad, que defiende siempre la devoción de los sencillos incluso sin perder jamás de vista el necesario trabajo de explicación y de purificación de la fe, considerado por él esencial. Un Papa que ama el debate de las ideas, y quiere proteger la libertad del fiel a toda costa, pero que privilegia sobre todo la coherencia. De manera original —escribe de La Vaissière— Benedicto denuncia el culto de la autorrealización, que impide la buena relación con el otro y con Dios, y el sueño de vencer la muerte con la ciencia. Sus críticas son detalladas, el análisis delicado, y Francisco sacará de ello las consecuencias prácticas con un lenguaje más fácil, más inmediato, denso de ejemplos concretos. Pero la novedad auténtica traída por el Papa Ratzinger es la apertura de un diálogo cerrado con los agnósticos, situado por importancia al mismo nivel del diálogo entre las religiones.

Bergoglio sabrá sacar fruto de esta gran enseñanza a un nivel menos jerárquico, menos intelectual, más pastoral. Su elección es considerada por de La Vaissière el equivalente a la caída del muro de Berlín: el hombre de la periferia, que elige el nombre de Francisco, enciende inmediatamente inmensas expectativas. En esencia, con su comportamiento libre y nuevo, el Papa continúa la revolución de Ratzinger, que con su decisión ha borrado las diferencias entre conservadores y progresistas, poniendo en el centro la caridad, en el sentido de calor, de fuego. Es espontáneo, pero no improvisador: la energía que él sabe dar a la Iglesia para volver a darle vida remite a Otro.

«La moral de Jorge Bergoglio es una moral del combate espiritual, de la superación, de la opción valiente que hace felices» escribe de La Vaissière. La palabra que el Papa pronuncia con mayor frecuencia —y que ha sido la palabra clave de su intervención en las reuniones que precedieron el cónclave— es «salir», salir a la calle de la vida, salir de sí mismos, salir de la autorreferencialidad, del clericalismo, de la institucionalización, del pesimismo que ha invadido a la Iglesia. Pero en esta óptica factual, operativa, de la misión no olvida la necesidad de ulteriores esfuerzos intelectuales: pide una nueva teología para las mujeres y una teología del pecado que profundice la dimensión de la misericordia.

El Papa Francisco, diversamente de lo que piensan los periodistas desde fuera, sabe que las reformas estructurales no son todo, y que lo que cuenta es el cambio interno, es decir, que la Iglesia llegue a ser fervorosa, resistente, cercana a los seres humanos, consciente de que la aspiración a la reforma es más antigua que los últimos decenios: ya el Concilio de Trento —relata en un buen libro (editado en Italia por «Vita e Pensiero») John W. O’Malley— quería asegurar una atención más eficaz de las almas, un estilo más severo y riguroso en la vida de las jerarquías eclesiásticas, en una dialéctica entre acción directa del Papa y consejos de los cardenales aún invocada. La sabiduría acumulada en dos milenios asegura que la Iglesia, incluso esta vez, tendrá éxito en su intento reformador para predicar más eficazmente la palabra de Jesús, para llevar luz a un mundo que la ha olvidado.

Lucetta Scaraffia

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21 de Octubre de 2019

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