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A la raíz de la unidad

· Misa en Santa Marta ·

«Yo os pido que hagáis todo lo posible para no destruir a la Iglesia con las divisiones, sean ideológicas, sean de avidez y de ambición, sean de envidias». Es el fuerte llamamiento hecho por el Papa Francisco en la misa celebrada el lunes por la mañana, 12 septiembre, en la capilla de la Casa Santa Marta. Las palabras que Pablo escribió a los Corintios podrían ser dirigidas también «a todos nosotros, a la Iglesia de hoy», explicó citando un pasaje de la primera carta: «Hermanos, no os puedo alabar porque os reunís no para lo bueno sino para lo malo» y «sobre todo, oigo decir que hay divisiones entre vosotros».

Precisamente presentando el texto paulino Francisco pidió «sobre todo rezar y custodiar la fuente, la raíz propia de la unidad de la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, y cuyo sacrificio celebramos todos los días en la Eucaristía». El diablo, explicó, «tiene dos armas muy poderosas para destrozar a la Iglesia: las divisiones y el dinero».

Pero antes de desarrollar su reflexión sobre el pasaje de San Pablo propuesto en la liturgia, el Papa quiso señalar un testimonio concreto, simple, directo. «Hoy el Señor nos concede una gracia, una gracia de memoria», dijo justo al inicio de la homilía presentando así a monseñor Arturo Antonio Szymanski Ramírez, «un hermano obispo que hizo todo el concilio: era obispo dos años antes». El anciano prelado mejicano concelebró con el Pontífice la misa y con él intercambió el abrazo de la paz. El viernes pasado el Papa ya lo había recibido en audiencia. «Con sus noventa y cinco años sigue trabajando, ayudando al párroco» dijo Francisco, invitando expresamente a dar gracias al Señor precisamente «por esta gracia de la memoria».

Monseñor Szymanski Ramirez, arzobispo emérito de San Luis Potosí, nació el 17 de enero de 1922. Sacerdote desde 1947 y obispo desde 1960, participó en los trabajos del Concilio Vaticano II sentándose (por motivo de su nombre de orígenes eslavos) entre el cardenal Stefan Wyszyński y monsignor Karol Wojtyła, y teniendo también frecuentes contactos con Joseph Ratzinger. Dejando el cargo de primer arzobispo de San Luís de Potosí el 20 de enero de 1999, monseñor Szymanski Ramírez nunca ha interrumpido su humilde servicio entre su gente.

Para su meditación Francisco tomó inspiración del pasaje de la primera carta de san Pablo a los Corintios (11, 17-26). El apóstol, hizo notar, recrimina a sus interlocutores «pues hay divisiones» entre ellos: «Les regaña por la división que hay allí, están divididos: discuten, uno por una parte, el otro por la otra». Y «la división destruye el tejido de la Iglesia». Por lo demás, explicó el Papa, «el diablo tiene dos armas muy poderosas para destruir la Iglesia: las divisiones y el dinero». Y «con estas dos armas destruye». Pero «esto desde el inicio: las divisiones en la Iglesia han existido desde el principio; la avidez por el dinero también».

A este propósito el Pontífice recordó precisamente las luchas que, entre «divisiones ideológicas, teológicas, laceraban la Iglesia: el diablo siembra, celos, ambiciones, ideas, ¡para dividir! O siembra avidez: pensemos en Ananías y Safira, en los primeros tiempos». Porque, subrayó, «desde los primeros tiempos ha habido divisiones y lo que crea división en la Iglesia es destrucción: las divisiones destruyen, como una guerra: después de una guerra todo está destruido y el diablo se va contento».

Pero «nosotros, ingenuos, le seguimos la corriente» afirmó Francisco, añadiendo: «Y os diré también que más que guerra: es una guerra sucia la de las divisiones, es como un terrorismo. Pero vamos a un ejemplo claro: cuando en una comunidad cristiana –sea esa una parroquia, un colegio o instituciones, cualquiera que sea– se charla, se lanza una bomba para destruir al otro»; y así «el otro es destruido y yo estoy bien y puedo continuar: ¡es el terrorismo de las charlas!». También el apóstol Santiago, prosiguió el Papa, «lo decía: la lengua mata; así, lanza la bomba, destruye y me quedo».

«Hay divisiones, ente vosotros»: Francisco repitió estas palabras de Pablo a los fieles de Corintio. Y, prosiguió, «las divisiones en la Iglesia no dejan que el reino de Dios crezca; no dejan que el Señor se pueda ver bien, como es Él». Por el contrario «las divisiones hacen que se vea esta parte, esta otra parte contra esta: siempre contra, no es el aceite de la unidad, el bálsamo de la unidad».

«Pero el diablo va más allá» puso en guardia Francisco, precisando: «No sólo en la comunidad cristiana, sino que va a la raíz de la unidad cristiana». Y es lo que «sucede aquí, en la ciudad de Corintio, a los corintios: Pablo les reprocha porque las divisiones llegan justo a la raíz de la unidad y, es decir, a la celebración eucarística». En este caso «los ricos llevan para almorzar, para celebrar; los pobres no, un poco de pan y nada más en la propia celebración». El apóstol escribe: «No tenéis, quizás, ¿vuestras casas para comer y beber? O ¿queréis arrojar el desprecio sobre la Iglesia de Dios y humillar a quien no tiene nada?».

He aquí entonces que Pablo, explicó el Papa, «toma esto, se para y hace memoria: “Tened cuidado. Yo efectivamente he recibido del Señor lo que a mi vez os he transmitido. El Señor Jesús, la noche en la cual era traicionado...”; y narra, lo hemos oído, la institución Eucarística, la primera celebración eucarística». Por lo demás, afirmó Francisco, «la raíz de la unidad está en esa celebración eucarística». Y «el Señor rogó al Padre que “sean uno, como nosotros”, pidió por la unidad». Pero «el diablo intenta destruir incluso hasta ahí».

Llegados a este punto Francisco hizo un llamamiento para «hacer todo lo posible para no destruir la Iglesia con las divisiones, sean ideológicas, sean de avidez y ambición, sean envidias». Y «sobretodo de orar y custodiar la fuente, la raíz propia de la unidad de la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, y cuyo nosotros celebramos todos los días en la Eucaristía». Las palabras que Pablo escribe a los Corintios son válidas también para nosotros: nos pide reunirnos «para lo mejor» y no «para lo peor», poniendo en guardia de ser una «Iglesia reunida para lo peor, para las divisiones: para lo peor, para ensuciar el cuerpo de Cristo, en la celebración eucarística». Y «el mismo Pablo nos dice, en otro pasaje: “Quien come y bebe la sangre de Cristo indignamente, come y bebe su propia condena».

En conclusión, Francisco pidió, en la oración, «al Señor la unidad de la Iglesia, que no haya divisiones». Y «la unidad también en la raíz de la Iglesia, que es precisamente el sacrificio de Cristo, que cada día celebramos».

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20 de Septiembre de 2019

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