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La poderosa efusión del Espíritu, «bautismo» de la Iglesia

· El Papa en el «Regina caeli» al término de la celebración eucarística ·

Queridos hermanos y hermanas:

La solemnidad de Pentecostés, que hoy celebramos, concluye el tiempo litúrgico de Pascua. En efecto, el Misterio pascual —la pasión, muerte y resurrección de Cristo y su ascensión al Cielo— encuentra su cumplimiento en la poderosa efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto con María, la Madre del Señor, y los demás discípulos. Fue el «bautismo» de la Iglesia, bautismo en el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 5). Como narran los Hechos de los Apóstoles, en la mañana de la fiesta de Pentecostés, un estruendo como de viento llenó el Cenáculo, y sobre cada uno de los discípulos se posaron lenguas como de fuego (cf. Hch 2, 2-3). San Gregorio Magno comenta: «Hoy el Espíritu Santo descendió con sonido repentino sobre los discípulos y cambió las mentes de seres carnales dentro de su amor, y mientras aparecían en el exterior lenguas de fuego, en el interior los corazones se volvieron llameantes, pues, acogiendo a Dios en la visión del fuego, ardieron suavemente de amor» (XXx, 1: ccl 141, 256). La voz de Dios diviniza el lenguaje humano de los Apóstoles, los cuales se volvieron capaces de proclamar de modo «polifónico» el único Verbo divino. El soplo del Espíritu Santo llena el universo, genera la fe, arrastra a la verdad, prepara la unidad entre los pueblos. «Al oírse este ruido acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua» de las «maravillas de Dios» ( Hch 2, 6.11).

El beato Antonio Rosmini explica que «en el día del Pentecostés de los cristianos Dios promulgó... su ley de caridad, escribiéndola por medio del Espíritu Santo no sobre tablas de piedra, sino en el corazón de los Apóstoles, y comunicándola después a toda la Iglesia por medio de los Apóstoles» ( Catechismo disposto secondo l'ordine delle idee., n. 737, Turín 1863). El Espíritu Santo, «Señor y dador de vida» —como rezamos en el Credo —, está unido al Padre por el Hijo y completa la revelación de la Santísima Trinidad. Proviene de Dios como soplo de su boca y tiene el poder de santificar, abolir las divisiones y disolver la confusión debida al pecado. Incorpóreo e inmaterial, otorga los bienes divinos, sostiene a los seres vivos, para que actúen en conformidad con el bien. Como Luz inteligible da significado a la oración, da vigor a la misión evangelizadora, hace arder los corazones de quien escucha el alegre mensaje, inspira el arte cristiano y la melodía litúrgica.

Queridos amigos, el Espíritu Santo, que crea en nosotros la fe en el momento de nuestro Bautismo, nos permite vivir como hijos de Dios, conscientes y convencidos, según la imagen del Hijo Unigénito. También el poder de perdonar los pecados es don del Espíritu Santo; de hecho, al aparecerse a los Apóstoles la tarde de Pascua, Jesús sopló su aliento sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» ( Jn 20, 23). A la Virgen María, templo del Espíritu Santo, encomendamos la Iglesia, para que viva siempre de Jesucristo, de su Palabra, de sus mandamientos, y bajo la acción perenne del Espíritu Paráclito anuncie a todos que «¡Jesús es Señor!» ( 1 Co 12, 3).

Un regalo insólito para Benedicto XVI: una Baviera en miniatura. Por su sexagésimo aniversario de sacerdocio, de su tierra natal llegaron a Roma cuarenta y dos caballos engalanados. Fueron el tiro de grandes modelos de iglesias alemanas que han marcado la historia humana y cristiana de Joseph Ratzinger: la catedral de Munich, la de Freising, las iglesias de Altötting, Birkenstein, Aschau, St. Georg von Traunstein y Bad Tölz. Construcciones a escala reducida obra de la Unión ecuestre de la Alta Baviera. Su desfile por las calles romanas el 11 de junio fue coronado por doscientos intérpretes de las bandas musicales más famosas de Alemania y medio centenar de representantes de las tierras bávaras en trajes típicos. Caballos y jinetes habían partido el domingo anterior desde Munich, peregrinando tras las huellas de san Corbiniano, el gran misionero de Baviera y patrono de la diócesis que gobernó de 1977 a 1982 el actual Pontífice. El itinerario culminó con la presencia del desfile el domingo de Pentecostés, en la plaza de San Pedro, en el rezo del «Regina caeli» junto al Papa.

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18 de Junio de 2019

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