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La pena de muerte es inadmisible

· Modificado el Catecismo ·

Las palabras claras y decididas con las cuales el Papa Francisco ha condenado repetidamente la pena de muerte, debían encontrar respuesta también en el Catecismo de la Iglesia Católica. En el discurso pronunciado el pasado mes de octubre, con ocasión del 25º aniversario de la publicación del Catecismo, el Papa Francisco afrontó explícitamente la cuestión afirmando que el tema debería encontrar en el Catecismo «una manera más adecuada y coherente». En continuidad con el magisterio precedente, en particular con las afirmaciones de Juan Pablo ii y Benedicto xvi, Francisco ha querido poner el acento sobre la dignidad de la persona, que de ninguna manera puede ser humillada ni exiliada: «hay que afirmar de manera rotunda que la condena a muerte, en cualquier circunstancia, es una medida inhumana que humilla la dignidad de la persona. Es en sí misma contraria al Evangelio».

Con la nueva formulación del n. 2267 del Catecismo, por tanto, la Iglesia da un paso decisivo en la promoción de la dignidad de toda persona, cualquier delito pueda haber realizado, y condena explícitamente la pena de muerte. La formulación permite aprovechar algunas instancias innovadoras que abren el camino para un compromiso de ulterior responsabilidad para la vida de los creyentes, sobre todo en los numerosos países donde todavía persiste la pena de muerte.

El texto no solo remite a una «más viva conciencia» que emerge de forma cada vez más convencida en la población, y en particular entre las jóvenes generaciones llamadas a hacerse cargo de una nueva cultura a favor de la vida humana. Una lectura atenta permite verificar cómo la Iglesia en estos últimos decenios haya cumplido un verdadero progreso en la comprensión de la enseñanza sobre la dignidad de la persona y, como consecuencia, sobre la misma reformulación de su pensamiento sobre la pena de muerte. Pararse en la mayor sensibilidad del pueblo cristiano es ciertamente un hecho calificativo. Subrayar que hoy los Estados tienen a disposición muchos sistemas de defensa para la salvaguardia de la población, y que se han desarrollado formas de detención que anulan el peligro y el trauma de la violencia sobre las personas inocentes, es igualmente un elemento determinante.

Y, sin embargo, esto no basta. El nuevo texto del Catecismo afirma que «la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona». Este pasaje muestra de forma evidente que se está delante de un verdadero progreso dogmático con el cual se explicita un contenido de la fe que progresivamente ha madurado hasta hacer comprender la insostenibilidad de la pena de muerte en nuestros días.

La carta a los obispos de la Congregación de la Doctrina de la Fe, que acompaña el nuevo texto del Catecismo, manifiesta la preocupación de evidenciar lo importante que es el nuevo contenido en continuidad con el magisterio precedente. Sin embargo, no se puede no señalar que la fuerte toma de posición del Papa Francisco permite recoger también el progreso que se está realizando. Por otro lado, en el discurso del pasado octubre era precisamente el Papa Francisco, que tomando prestadas de Juan XXIII las palabras de apertura del Concilio Vaticano II, desarrollaba su pensamiento con dos verbos: custodiar y proseguir. Custodiar el depósito de la fe, por tanto, no equivale a momificarlo, sino a hacerlo cada vez más conforme a su misma naturaleza y permite que la verdad de fe sea capaz de responder a las preguntas de cada generación.

La Tradición no es representable como un insecto atrapado en el ámbar, por decirlo con una colorida expresión inglesa. Si fuera así, la habríamos destruido. La enseñanza de fe de la Iglesia, más bien, es un anuncio, una palabra que permanece viva para provocar siempre, en cualquier lugar y a todos una toma de posición libre por el compromiso en la transformación del mundo. Llevando el tema de la pena de muerte sobre el horizonte de la dignidad de la persona, el Papa Francisco cumple, por tanto, un paso decisivo en la interpretación de la doctrina de siempre. Y se trata de un desarrollo y de un progreso en la comprensión del Evangelio que abre horizonte que habían permanecido en la sombra. La historia del dogma no vive de discontinuidad, sino de continuidad dirigida al progreso a través de un desarrollo armónico que de forma dinámica hace emerger la verdad de siempre. La Iglesia es muy consciente de que delante de los delitos tan violentos y deshumanos que llevan a la legítima autoridad a una sentencia de pena de muerte, existen siempre sentimientos diversos. Defendiendo la abolición de la pena de muerte, no se olvida ciertamente el dolor de las víctimas implicadas ni la injusticia que ha sido perpetrada. Se pide, más bien, que la justicia cumpla su paso decisivo, no hecho de rencor y venganza, sino de responsabilidad más allá del momento presente. Es una mirada al futuro, donde la conversión, el arrepentimiento y el deseo de iniciar desde el principio una nueva vida no puede ser quitado a nadie, ni tampoco a quien se ha manchado con delitos muy graves. Suprimir voluntariamente una vida humana es contrario a la revelación cristiana. Apuntar al perdón y la redención es el desafío que la Iglesia está llamada a hacer suyo como compromiso de nueva evangelización.

De Rino Fisichella

Rescriptum “ex Audentia SS.mi”

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18 de Noviembre de 2018

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