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​La pasión de un obispo

Abierta por el prólogo amazónico en Puerto Maldonado, la visita papal el Perú ha tocado en Lima y en Trujillo una serie de temas que el Pontífice ha resumido en las horas conclusivas de su sexto viaje americano, el 22º internacional del pontificado, iniciado en Chile. Como siempre, un primer balance ha surgido en la larga rueda de prensa en el vuelo de regreso. Con un fuera de programa de algunos minutos a causa de una turbulencia meteorológica durante la cual Bergoglio no volvió a su lugar y quiso quedarse entre los periodistas. Le preguntaron repetidamente sobre las heridas y las divisiones provocadas por los abusos por parte de miembros del clero, el Papa confirmó la línea adoptada con determinación por su predecesor Benedicto XVI, como había declarado en seguida y sin equívocos en Chile en los discursos a las autoridades y en la catedral de Santiago.

Un número impresionante de peruanos corrió a escuchar las palabras de Bergoglio, que a menudo integró sus discursos improvisando con indudable eficacia. En el último día casi un millón de fieles participó en la gran misa final en la base aérea de Las Palmas. Y pocas horas antes, en el encuentro con los obispos, el Pontífice dialogó con ellos distendidamente, volviendo entre otras cosas al tema de la Amazonia, sobre el declive y la debilidad de la política y sobre la corrupción, fenómenos preocupantes que ponen en riesgo las democracias de esta parte del continente americano y tocan también a los católicos. Así el Papa enriqueció el discurso preparado y centrado en Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima en los últimos veinte años del siglo xvi.

Pronto venerado, representado como un nuevo Moisés y finalmente declarado por Juan Pablo II patrón del episcopado latinoamericano, san Toribio fue descrito ahora por el Pontífice como «el hombre que quiso llegar a la otra orilla», precisamente como el legislador bíblico que guió a su pueblo al atravesar el mar hacia la tierra prometida. Y los rasgos del santo obispo que Bergoglio sobre todo destacó son indicaciones dirigidas no solamente a Perú, ni exclusivamente a América Latina, sino una vez más a la misión, sobre todo a los alejados y dispersos. Porque la alegría del Evangelio «no puede excluir a la nadie» repitió el Papa citando el documento programático del pontificado.

Ya en el tercer concilio de Lima el arzobispo español había dispuesto que se prepararan catecismos en quechua y aymara, las principales lenguas indígenas, mientras con fuerza había sostenido la constitución de un clero nativo. A más de cuatro siglos de distancia permanece vital la voluntad de llegar «a la otra orilla», es decir a ambientes y ámbitos donde es necesario anunciar la novedad evangélica. Una meta para llegar que es por tanto no solo geográfica y cultural, sino social, es decir, en la dimensión de la caridad y de la justicia. De san Toribio el Pontífice recordó como Wojtyła lo había definido constructor de la unidad de Iglesia: «No podemos negar las tensiones, existen, las diferencias, existen; es imposible una vida sin conflictos» dijo el Papa. Pero estos son asumido en una confrontación honesta, y en la prospectiva de la unidad indicada por Bergoglio con este viaje.

g.m.v.

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21 de Agosto de 2018

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