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La palabra repetida

· De Brasil a Corea ·

Francisco habló en Corea pero también habló en Brasil y en Tierra Santa. Antes de eso había hablado en Argentina. De sus discursos anteriores una palabra vuelve una y otra vez como las olas a la playa: Reconciliación. La misma palabra que dijo allá por 2003 como Arzobispo de Buenos Aires y cardenal primado de la Argentina. A muchos desconcierta que haya quienes no sólo se nieguen a escucharla sino que la rechacen profundizando la división, respondiendo a su llamado con el rencor que genera la fragmentación.

Pero aquel hombre nunca se amilanó, siguió repitiendo la palabra aunque no la quisiesen escuchar. Lo hizo entonces, lo hace ahora. Lo hace porque sabe que sólo después de reencontrarse la gente puede volver a construir, ya sea una casa, una ciudad, un país, un mundo o la propia vida.

Para reconciliarse importa primero perdonarse a sí mismo para poder, luego, perdonar al otro y juntos edificar desde el esfuerzo en común. Los argentinos, que nunca hemos sabido perdonarnos a nosotros mismos, difícilmente podremos hacerlo sin transitar antes, un largo y doloroso camino de respeto mutuo.

El tiempo y las circunstancias pusieron a aquel cardenal en el lugar donde está hoy y desde allí ha repetido una y otra vez la misma palabra a donde le ha tocado ir. Reconciliación. Primero en Brasil, luego en Tierra Santa, ahora en Corea y tantas veces desde el Vaticano o en la misma Italia. Hay en el Papa Francisco elementos que marcan una ruta quizá no terrestre, marina o aérea, sino espiritual. En cierto modo el camino no existe, lo único que existe es el puerto de destino, el objetivo final. El camino —como decía un poeta caro a su sentir, Antonio Machado —se hace al andar.

La reconciliación tiene como base la existencia de una relación fraterna que se quebró. Corea marca todo eso. Un mismo pueblo partido por la mitad en el que unos no se contentan con sus propios triunfos sino que parecen necesitar el fracaso de la otra parte para sentirse bien, manteniendo así el único negocio que funciona desde el rencor, la guerra. La reunificación es una herida abierta para el pueblo coreano a la que no se puede llegar sin reconciliación. Pero esa reunificación no es distinta a la que necesitan otros pueblos.

Aunque desde el punto de vista semántico guerra no sea el antónimo de reconciliación, lo es desde el punto de vista práctico. Él ha viajado a una zona de guerra. A una zona en la que hace sesenta y un años se estableció un armisticio para que no se siguieran matando. Luego, la nada. La amenaza constante, las bravatas repetidas de una y otra parte y también de terceros. La zozobra invariable en el mantenimiento de la paz, temiendo siempre la reacción imprevista del otro. Ese fue el último escenario elegido para hablar de reconciliación, para abrir la mano desarmada frente a los demás. La mano a la que no se puede temer, esa que está abierta esperando la del otro que no está vacía sino cargada de paz.

Los cristianos, los católicos, los no cristianos, todos aquellos que de alguna manera lo siguen apuntan a problemas coyunturales, geográficamente acotados como Ucrania, Palestina o Corea. Movidos por lo inmediato suponen que la gente no está escuchando al Papa como ellos esperaban. No es así. En este mundo globalizado, más allá de la división geográfica, el objeto final de la salvación sigue siendo el hombre y es al hombre a quien Francisco llama a reconciliarse. Posiblemente muchos no logran comprender la paciencia del sembrador para quien la palabra no es una orden sino una semilla y, como tal se debe esperar para que nazca y fructifique.

Jorge Milia

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16 de Octubre de 2019

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