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La oscuridad más allá de la escuela

Con su característica perspicacia, Voltaire invitaba a no descontextualizar nunca un libro para evitar el riesgo de penalizar el valor (admitiendo que hubiera) y provocar «efectos perniciosos» absolutamente extraños a las intenciones del autor.

Quién sabe, entonces, qué habría pensado el iluminista por excelencia sobre la decisión de algunas escuelas de Virginia, en Estados Unidos, de suspender del plan de estudios y quitar de las estanterías de las bibliotecas To kill a Mockingbird de Harper Lee y The Adventures of Huckleberry Finn de Mark Twain: la acusación, formulada por los padres de los alumnos, es que en estos libros hacen un excesivo uso de un lenguaje racista, es decir «de la última cosa de la que un país como Estados Unidos, aún dividido sobre tales cuestiones, necesita».

En particular, los celantes censores han apuntado contra la palabra N-word, recurrentes en las dos obras, que significaría Nigger, es decir, la expresión más ofensiva que se puede dirigir a una persona de color. Esta palabra — que a su forma caracteriza las emocionantes fases del célebre proceso en el libro de Lee y que a menudo sale de la boca de algunos personajes de la obra de Twain — se revela, al contrario, el arma más afiliada para denunciar, más allá de los estereotipos, la marca de un sistema corrupto de la discriminación y que, precisamente por esta causa, termina por legitimar y sellar prevaricaciones e injusticias. No se ha hecho por tanto esperar la réplica de algunas instituciones culturales, entre ella la National Coalition Against Censorship, que ha definido la decisión tomada en Virginia «un error flagrante», también porque la prohibición de libros (y en este caso se trata de dos obras maestras) por otra parte con motivaciones injustificadas y subrepticias significa siempre «hacer un grave perjuicio» dañando no solo a los estudiantes, sino a toda la sociedad.

de Gabriele Nicolò

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24 de Noviembre de 2017

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