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La mujer piensa por sí misma

“La mujer y la gallina, hasta la casa de la vecina”, era el dicho corriente del siglo XVI en España, época en la que vivió Teresa de Cepeda y Ahumada. No parece que esta joven mujer estuviera sometida a la mentalidad común. Pero no cabe duda de que debió combatir con plena conciencia, hasta tal punto que escribió: “Basta ser mujer para caérseme las alas”. Con vigor y energía creó un espacio eclesial y teológico para la mujer de su tiempo y para los tiempos por venir. 

Cabeza de Teresa en terracota atribuida a Gian Lorenzo Bernini (hacia 1650). Abajo a la derecha, Edith Stein

Espacio realmente teológico para la mujer monja que, aun viviendo en una dimensión eremítica y contemplativa, está abierta a la historia de la humanidad y de la Iglesia, tanto que se ha convertido en un icono testimonial para muchas feministas y ha estimulado a una pensadora laica, Julia Kristeva, a pensar en una refundación del humanismo precisamente con ella. Así pues, Teresa mujer es fuente inagotable para las mujeres de hoy, y no cisterna encalada o pieza de museo. Y lo es en tal grado que una mujer como Edith Stein, pensadora audaz, que recorrió ampliamente su tiempo tanto en sus elecciones personales como en sus firmes elecciones eclesiales, quedó literalmente fulgurada: ambas buscaban la Verdad, verdadero eje de su existencia: “Teresa de Ávila es una pensadora que dice y enseña a decir la verdad” (Luisa Muraro), mientras que Edith Stein la formuló filosófica y teológicamente y la testimonió no escapando al martirio de Auschwitz. En el entramado de su vital experiencia teológica y teologal, es decir, de la vivencia de la fe, de la esperanza y la caridad, es posible vislumbrar y delinear una teología de la mujer que entre y haga suya una dimensión activa e incisiva de la vida de la Iglesia y prosiga en la línea indicada por Stein: “A lo largo de los siglos quizá nos hayamos acostumbrado excesivamente a nuestra actitud pasiva en la Iglesia, aceptando que algunas personas (Teresa de Jesús, Hildegarda de Bingen, Catalina de Siena, etc.) hayan sido la excepción que confirma la regla. El siglo XX pretende más”. ¿Qué debemos pretender hoy, en pleno siglo XXI? ¿Cómo se coordinan e iluminan Teresa de Jesús, Edith Stein y el planeta mujer? Sobre todo dentro de la gran transformación cultural que estamos viviendo, que se puede definir transformación epistemológica, porque se relaciona con la organización de los esquemas conceptuales y su transmisión activa, que representa una verdadera revolución cultural. La mujer rechaza una antigua tradición, que dividía a la humanidad en dos partes totalmente diferentes, atribuyendo a la mujer solo la realización y dejando al hombre la reflexión. La mujer ya piensa por sí misma, quiere pensar y sentir de modo femenino y no dejarse pensar y dictar el sentir por una mentalidad masculina o machista. En una palabra, la mujer ha superado la así llamada “hipoteca androcéntrica”. Por tanto, la mujer exige y formula una salvación pascual que ya no prescinda de su participación. Teresa de Jesús, leída por Edith Stein, la única mujer que consiguió el doctorado en 1916 en Alemania, con una vida rica en zigzags, crea el mapa de respuesta teológica. Teresa es una monja de clausura y, sin embargo, es también una mujer pública, insertada en una sociedad patriarcal, en la acepción feminista del término, pero no enterrada bajo una no-respuesta. En efecto, hoy, usando un lenguaje creado por el movimiento filosófico feminista Diotima (que ha elegido precisamente a Teresa de Jesús y Edith Stein como mujeres ejemplares a las que contemplar), diríamos que la carmelita actuó de modo que “trajo al mundo el mundo”, es decir, refiriéndose a la mujer que engendra, dando vida concretamente a ideas y pensamientos propios en el redescubrimiento de la esfera práctica, de los gestos influyentes en las personas y en la sociedad que establecen relaciones nuevas. Trama creada por una “mujer insignificante, como se definía con ironía Teresa para escapar a las garras de la Inquisición. El léxico nuevo del movimiento feminista se identifica bien con Teresa, que le imprime, sin embargo, una orientación imprescindible, insertada en Jesucristo hacia Dios Padre, porque Teresa se siente interpelada por un interrogante de fe, no solo por un horizonte meramente simbólico y humano. Este léxico nuevo explicita el inagotable deseo femenino de unirse a la realidad. La salida de sí con la práctica de la oración, de la amistad con Dios, entonces prohibida a las mujeres porque se consideraba que su pensamiento era débil; el obrar que tiene repercusiones en la realidad y significa la vida experimentada en el nuevo, pequeño y pobre monasterio de San José, pero que se dilata desmesuradamente hacia toda la humanidad y hacia toda la Iglesia; el círculo hermenéutico sexuado, como hoy definimos la relación entre la mujer escritora y la mujer lectora, en el que mediante la escritura se entra en la vida de otra mujer, precisamente como sucedió cuatro siglos después con la joven fenomenóloga Edith Stein, cuando leyó la Vida de Teresa de Jesús; la mediación entendida no como categoría abstracta sino como lugar de mediación, tanto horizontal con las otras mujeres, como vertical con Dios mismo, que irrumpió en ella, en el entramado de Teresa orante y capaz de comunicación; la autoridad femenina creada significativamente a través de una presencia social femenina. La propia debilidad consciente no solo en la relación con los hombres, sino también con Dios. Gracias a las invenciones simbólicas de su escritura, Teresa “abre el camino de la libertad a través de los impedimentos, usando estos últimos como verdaderas palancas para saltar más allá” (Muraro). Y lo hace con una auténtica inteligencia de amor que supera toda lógica y todo límite, en un acto profundamente creativo que influye en mujeres y hombres a lo largo de los siglos. Luisa Muraro lee en la aventura amorosa un rigor no inferior “al de la lógica, más aún, lo supera, porque siempre está de por medio el deseo, que es un engañador formidable, pero, al mismo tiempo, un aliado irrenunciable en cualquier aventura superior a las fuerzas humanas, porque mantiene abiertos los confines y supera los límites”. Como sucedió con todo lo que Edith Stein, en su condición de mujer, escribió y testimonió sobre la mujer. Constató estas características peculiares del alma femenina y las encontró en su capacidad de captar los fenómenos, en su sensibilidad respecto a la variedad, riqueza y especificidad de los mismos, y en su tensión hacia la salvación. Así, la aventura femenina se abre al presente, al convertirse en un acto eclesial hecho posible como acto de fe que engendra y a la vez garantiza la presencia de la mujer en la sociedad y en la Iglesia con plena visibilidad. Muraro se sitúa en la línea de Teresa de Jesús, afirmando que su “grandeza estriba en su capacidad de unir, su fuerza es la fuerza de un vínculo. ¿Qué cosas une? En ella veo la enormidad del deseo femenino de unirse libremente a la realidad de este mundo”. La mujer, vista por Teresa de Jesús y Edith Stein, se apoya en el gran fundamento bíblico de la creación y se enriquece con una cualidad que la hace sensible y particularmente receptiva a la acción de Dios en el alma. El ser recibido como don impregna todos los ámbitos de la vida y los abre simultáneamente a Dios y a la historia. La modernidad interpela con tensiones emergente a las que es necesario dar una respuesta real, con el testimonio de algunas mujeres que suscitan seguidores de su doctrina, como Julia Kristeva, tan atraída por la mujer Teresa que llegó a escribir: “Su humanidad me apasiona (…). Lo que es genial en Teresa es que su escritura no solo lleva a la profundización de sí, sino también a un cambio del mundo”. Hoy son recurrentes algunos términos que se pueden confrontar con la experiencia de Edith Stein, a quien nadie podrá negar o poner en duda que se la califique mujer razonable y sensible. Por ejemplo, manternage, término entendido como acento principal y enfático de la custodia de la casa como privilegio femenino. En cambio, la respuesta steiniana se coloca en el plano de la maternidad, acogida dentro de la ética civil, considerada dimensión moderna, cuyas tareas y papeles “se conciben como destino natural”, pero presentes simultáneamente en la profesionalidad, en la relacionalidad y en la visibilidad social, imbuidas del anuncio evangélico. Porque es la apertura a la palabra de Dios la que consiente la encarnación en la historia del propio pueblo y se expresa en el servicio a la fe y a la sabiduría vital. Entonces se perfila el camino de la experiencia o de la “teología de los santos” que, aun perteneciendo al universo mental de la mujer, si se une a la búsqueda de la verdad, puede transformarse en pensamiento filosófico y sapiencial. Esto remite a aquel momento transmitido por el libro del Génesis: el tardemah, el sueño que se apodera de Adán mientras Yahveh crea a la mujer en una teofanía que solo ella conoce. Así pues, se entabla y se abre un diálogo silencioso y misterioso: no es el hombre el que delinea y define a la mujer, sino Yahveh mismo, mientras que la mujer acoge y acepta y se sitúa en historia. De aquí se deducen algunas posturas que la mujer vive completamente en su vida interior, en su actividad diaria, en su particular receptividad para la acción de Dios en su alma y en su entrega a Cristo, que se arraiga en el pasaje de Génesis 2, 18: “Una ayuda adecuada”. En efecto, la mujer recibe los mismos dones que el hombre. Se requiere, pues, el reconocimiento de las dotes y los dones y la posibilidad de aplicarlos, primero en la formación de la persona y después de la sociedad entera en plena simetría e independencia, pero en una correlación viva. La mujer puede entrar con empatía y compresión en campos de la realidad que, por sí mismos, le resultan lejanos y de los que jamás se ocuparía si un interés personal no la pusiera en contacto con ellos. Se trata de un don relacionado estrechamente con su disposición a ser madre. La capacidad corpórea sexuada –porque decir mujer es decir cuerpo– puede expresar fuerzas escondidas o imprevisibles, siempre prontas a intervenir cuando se capta la urgencia de hacerlo. Una plasticidad que, adaptándose, no se niega sino que se hace cada vez más transparente, gracias a su capacidad de totalidad y determinación, con un deseo que quiere encontrar su concreción vital y no ser una vaga aspiración. El servicio al Señor requiere esa totalidad y esa determinación que la mujer encuentra dentro de sí como características suyas. Gracias a la pureza absoluta con la que pone el amor de Cristo no solo en la convicción teórica, sino también en el sentir del corazón y en la praxis del amor, la mujer demuestra qué significa estar libre de toda criatura, de un falso vínculo consigo mismo y con los demás: este es el sentido espiritual más íntimo de pureza. En concreto, se enfrentan obediencia y servicio, que liberan el alma. Obediencia que la joven investigadora Edith había rechazado con energía y había interpretado como sujeción, como pérdida, mientras que en su parábola de maduración se manifiesta como ganancia, como meta alcanzada. Su misma participación en la vida profesional se revela como una actitud sapiencial y rica de dedicación absoluta, que no la pone en el centro de la atención, sino que la deja al margen, aun siendo, en realidad, el eje de todo. Sin demostraciones o manifestaciones, simplemente con el comportamiento más correcto y vigilante. ¿La mujer y el hombre o el hombre y la mujer? Para Edith Stein el interrogante es ilusorio, o al menos es mezquino o está mal planteado. Hay una totalidad en el humanum que habla del origen y que, a través de la historia, exige ser considerada con todos los acontecimientos que la han caracterizado, mediante un único salto: “Volver a una relación de hijos con respecto a Dios”. En el gran mosaico de la historia de la salvación, el hombre y la mujer juntos son sus grandes protagonistas, aunque no los únicos. La inteligencia humana es agápica, fundada y fundante, recibida del Creador y sostenida por el don continuo e inagotable del Espíritu, para asemejarse cada vez más al Hijo a través de Miryam, la Theotókos, la madre de Dios, mujer que pertenece al genio femenino en grado superlativo y perfecto en lo que hoy llamamos “traer al mundo el mundo”. Miryam entendida como icono, imagen densa de presencia, “toda santa y al mismo tiempo totalmente humana, mujer en la riqueza de su feminidad”, la que ofrece una especie de sintaxis de vida para todas las personas y a la que Edith Stein consideraba Urzelle, célula primordial.

La autora

Cristiana Dobner, carmelita descalza, filósofa y teóloga, es autora de diversas obras, entre las cuales: L’Eccesso. Carlo Maria Martini e l’amore per Gerusalemme (2014), Che cosa sono queste pietre? Ascoltare la presenza silente (2013), Resterà solo il grande amore. Il sentire di Edith Stein nella furia del nazismo (2013), Il volto. Principio di interiorità: Edith Stein e Etty Hillesum (2012), Se afferro la mano che mi sfiora... Edith Stein: il linguaggio di Dio nel cuore della persona (2011), Luce carmelitana. Dalla santa radice (2005). Ganó el International Martini Award 2014.

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17 de Febrero de 2020

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