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La misión de la Compañía

· Entrevista al General de los jesuitas ·

Para Arturo Sosa, que desde hace nueve meses es el primer general de los jesuitas no europeo, es la primera fiesta de san Ignacio que vive a la guía de la Compañía y que celebra en la iglesia romana del Gesù, donde se venera el cuerpo del fundador, muerto el 31 de julio de 1556. Este aniversario es la ocasión para una entrevista con «LʼOsservatore Romano» sobre el inicio de su generalato. 

Ha pasado desde hace poco el mediodía del 28 de julio, una calurosa jornada de mediados de verano, y el encuentro con el prepósito general tiene lugar a dos pasos de san Pedro, en la cuarta planta de la Curia general, en la habitación donde trabaja cuando está en Roma, sentado delante de una gran mesa redonda vacía como las paredes claras y que sirve evidentemente para las frecuentes reuniones. Gracias a estos encuentros y gracias a los viajes, el sucesor del santo de Loyola gobierna la Compañía de Jesús, articulada en 85 provincias reunidas en seis conferencias de los provinciales. En nueve meses el general venezolano, elegido el pasado 14 de octubre, ha participado ya en cuatro de estas reuniones, pero los países que ha visitado son muchos más: India, Perú, España, Alemania, Ruanda, Burundi, República Democrática del Congo, Kenia, Indonesia, Camboya, a los cuales se añadirá dentro de poco Bélgica. Una vida en la cual las jornadas transcurren repletas de encuentros y de deberes, rigurosamente marcadas y abiertas cada mañana por al menos dos horas de oración antes de la misa, que se celebra a las siete: «Pero si se quiere matar a un religioso basta con retrasarle la comida y el descanso» dice con ironía acompañando al huésped hasta el ascensor después de casi una hora de conversación distendida y tranquila, pero abierta inevitablemente por una pregunta sobre la dramática actualidad de su país.

¿Cómo ve la situación en Venezuela?

A pesar de todo tengo una mirada optimista, aunque ignoro el futuro. Pero obviamente es grande la preocupación por la sucesión de noticias, como han expresado más de una vez los obispos y jesuitas de mi país, el Papa, el cardenal Secretario de Estado y en diversas maneras la Santa Sede. Pero quiero subrayar un hecho: el referéndum del 16 de julio fue la manifestación civil más importante de toda la historia venezolana porque participaron siete millones y medio de personas, es decir, la mitad del electorado. El recorrido del debate político sería la única vía para detener la violencia y hacer verdaderamente política al servicio de las grandísimas necesidades del pueblo.

Han pasado más de nueve meses desde su elección, ¿cómo han transcurrido para usted?

Con gran paz, con mucho trabajo y con la necesidad de aprender muchas cosas nuevas, rápidamente. Ante todo con paz espiritual porque ocupo una cargo que no he buscado y que ni siquiera podía imaginar que pudiese recaer en mí: lo he recibido de mis hermanos en la congregación general, pero lo entiendo y lo vivo como algo proveniente del Señor Jesús, que he elegido como compañero hace más de medio siglo. El trabajo es realmente mucho y no es simple conocer, desde esta nueva posición mía, un cuerpo tan rico y variado como la Compañía de Jesús y mis compañeros en la misión. Todo esto a gran velocidad, porque las decisiones no pueden esperar.

¿Qué haría hoy Ignacio de Loyola?

Esta es la pregunta que me planteo cada día, junto a todos los jesuitas. Ante todo junto a los trece consejeros generales que cada semana encuentro regularmente uno por uno, cuando no nos lo impiden los respectivos viajes, mientras el martes y el jueves se reúne todo el consejo. Y tres veces al año, en enero, junio y septiembre, durante una semana entera tenemos un encuentro extendido con los presidentes de las seis conferencias provinciales y con cuatro secretarios, en total veinticuatro personas.

¿Que objetivo tiene este método de gobierno tan complicado y laborioso, que imagino en cualquier caso muy útil para las decisiones que debe tomar el Padre general?

La intención es precisamente la de comprender las decisiones que hay que tomar, porque para la Compañía de Jesús, y por consiguiente, para todos los jesuitas, es fundamental y necesario ser creativamente fieles a la propia vocación y a la misión. Mirando a san Ignacio, debemos recorrer continuamente el camino del regreso a nuestras fuentes originales. Esto ha querido el Concilio Vaticano II y esta decisión ha sido la salvación para la vida religiosa, que en la visión católica es una inspiración del Espíritu.

¿Hay criterios para entender cómo realizar esta fidelidad?

Miremos la experiencia de los primeros diez jesuitas, cuando Ignacio y sus compañeros estaban en Venecia para ir a Tierra Santa. El proyecto se reveló imposible y se transformó en el viaje a Roma, decisivo para la Compañía, como narran las fuentes y como ha recordado el pasado otoño, nuestra 36° congregación general reunida para elegir al prepósito. Este es el modelo de Venecia: la unión de la mente y del corazón, la práctica de una vida austera, la cercanía afectiva y efectiva a los pobres, el discernimiento común y la disponibilidad ante las exigencias de toda la Iglesia señaladas y expresadas por el Papa.

¿Cuál es la misión de los jesuitas?

Hoy la Compañía debe encontrar cada día el camino para poner en práctica la reconciliación. A tres niveles: con Dios, con los seres humanos, con el ambiente. Somos colaboradores de Cristo, razón de ser de la Iglesia de la cual formamos parte. Y precisamente la experiencia de Dios nos devuelve la libertad interior y nos lleva a dirigir la mirada a quien está crucificado en este mundo para entender mejor las causas de la injusticia y contribuir en la elaboración de modelos alternativos al sistema que hoy produce pobreza, desigualdad, exclusión y pone en riesgo la vida en el planeta. Debemos así restablecer una relación equilibrada con la naturaleza. Contribuir a esta reconciliación significa también desarrollar las capacidades de diálogo, entre las culturas y entre las religiones. Acabo de volver de un viaje por Asia: en Indonesia, el país islámico más poblado del mundo, he conversado durante largo tiempo con un grupo de intelectuales musulmanes, y en Camboya me he reunido con monjes budistas, para dar testimonio sobre las posibilidades de colaboración entre las religiones como factores que favorezcan el entendimiento y la convivencia pacífica y como vías para la búsqueda espiritual.

¿Cómo es posible esta reconciliación?

Es fundamental la conversión: personal, comunitaria «para la dispersión», ad dispersionem, un término que significa la necesidad apostólica de la misión, e institucional, para reorganizar nuestras estructuras de trabajo y de gobierno dirigidas precisamente a la misión. Que es propia de cuantos se sienten llamados a ser compañeros de Jesús.(g.m.v)

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