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La miseria y la gloria

· Misa en Santa Marta ·

 La Cruz no es sólo un ornamento para nuestras iglesias, ni sólo un símbolo que nos distingue de los demás. Es el misterio del amor de Dios que se humilla por nuestra salvación. Lo recordó el Papa Francisco el martes 8 de abril, por la mañana, durante la celebración de la misa en la capilla de Santa Marta.

Al comentar el Evangelio de Juan (8, 21-30) el Pontífice recordó que «en tres ocasiones en este pasaje del Evangelio Jesús habla de morir en el propio pecado: “moriréis en vuestros pecados...”. Y este era nuestro destino. También el destino de la gente que atravesó el mar Rojo, que habló mal del Señor y dijo contra Dios, contra Moisés: “¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto...?”. Luego llegaron las serpientes y el pueblo dijo: “Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor...”. Y si el Señor no hubiese dado un signo para salvarlos se hubiesen muerto en su pecado. No hay posibilidad de salir por sí mismos de nuestro pecado».

Los «doctores de la ley, estas personas —continuó el Papa— enseñaban la ley pero no tenían una idea clara de la misma. Pensaban, sí, en el perdón de Dios, pero se sentían fuertes, autosuficientes. Sabían todo y, al final, habían hecho de la religión, de la adoración de Dios una cultura con valores propios, con ciertas reflexiones y también con normas de conducta para ser educados. Pensaban, sí, que el Señor puede perdonar, lo sabían. Pero lo tenían lejano». Refiriéndose luego al pasaje del libro de los Números (21,4-9), el Santo Padre destacó que «el Señor en el desierto mandó a Moisés a hacer una serpiente y ponerla sobre un estandarte, y, luego, “cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida”».

¿Pero qué es la serpiente? «La serpiente —explicó el Pontífice— es el signo del pecado. Pensemos en el libro del Génesis: la serpiente sedujo a Eva, le propuso el pecado». Y Dios manda a elevar la serpiente, es decir el pecado, como bandera de victoria. Es algo que, admitió el Santo Padre, «no se comprende bien si no se percibe lo que Jesús nos dice en el Evangelio. Jesús dijo a los judíos: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que 'Yo soy', y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado”». Y, luego, al haber elevado el símbolo de su pecado y haberlo transformado en instrumento de salvación representa precisamente la redención que viene del Cristo elevado en la cruz.

«El cristianismo —continuó el obispo de Roma— no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para ser educados, para construir la paz. Estas son las consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona elevada en la cruz. Una persona que se anonadó a sí misma para salvarnos. Cargó sobre sí el pecado. Y, así, como en el desierto fue elevado el pecado, aquí fue elevado Dios hecho hombre por nosotros. Y todos nuestros pecados estaban allí». Por ello, advirtió, «no se comprende el cristianismo sin comprender esta humillación profunda del hijo de Dios que se humilló a sí mismo haciéndose siervo hasta la muerte de cruz. Para servir».

Como lo hizo san Pablo, también nosotros podemos hablar de aquello en lo que nos gloriamos. Pero, especificó el Papa Francisco, podemos gloriarnos «por nuestra parte sólo de nuestros pecados. No tenemos otras cosas en las que podamos gloriarnos: esta es nuestra miseria». Sin embargo, «gracias a la misericordia de Dios, nos gloriamos en Cristo crucificado. Y por ello no existe un cristianismo sin cruz, y no existe una cruz sin Jesucristo».

Por lo tanto, «el corazón de la salvación de Dios —afirmó el Pontífice— es su hijo que carga sobre sí todos nuestros pecados, nuestras soberbias, nuestras seguridades, nuestras vanidades, nuestras ganas de llegar a ser como Dios. Un cristiano que no sabe gloriarse en Cristo crucificado, no ha comprendido lo que significa ser cristiano. Nuestras llagas, las que deja el pecado en nosotros, se curan sólo con las llagas del Señor, con las llagas de Dios hecho hombre, humillado, anonadado. Este es el misterio de la cruz. No es sólo un ornamento que debemos poner en las iglesias, sobre el altar; no es sólo un símbolo que nos debe distinguir de los demás. La cruz es un misterio: el misterio del amor de Dios que se humilla, que se anonada» para salvarnos de nuestros pecados.

«¿Dónde está tu pecado?», preguntó a este punto el Santo Padre. «Tu pecado —fue su respuesta— está allí en la cruz. Ve a buscarlo allí, en las llagas del Señor, y tu pecado será curado, tus llagas serán sanadas, tu pecado será perdonado. El perdón que nos da Dios no es cancelar una cuenta que nosotros tenemos con Él. El perdón que nos da Dios son las llagas de su hijo, elevado en la cruz». Y su deseo final fue que el Señor «nos atraiga hacia Él y que nosotros nos dejemos curar».

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23 de Mayo de 2018

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