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La medalla partida

Un auténtico discurso de fijación de rumbo es el que dirigió el Papa Francisco a toda la Iglesia en Italia, hablando en la catedral de Florencia con ocasión del congreso nacional eclesial, el quinto que se celebra en los últimos cuarenta años. De camino a la ciudad, un preámbulo en Prato, donde el Papa repitió la convicción que como obispo de Buenos Aires ya había expresado en una intervención durante las reuniones precedentes al cónclave: es el Señor quien nos exhorta a no quedarnos cerrados en nosotros mismos y nos pide «salir para acercarnos a los hombres y mujeres de nuestro tiempo».

En Prato precisó que «salir, evidentemente, significa arriesgarse, pero no hay fe sin riesgo». Y, en los «caminos accidentados de hoy», los cristianos deben caminar protegidos por «una armadura particular»: la de la verdad con la que se defiende la sacralidad de todo ser humano que exige «respeto, acogida y un trabajo digno». A propósito de esto, el Papa también añadió unas palabras conmovedoras recordando a los cinco hombres y las dos mujeres de nacionalidad china, víctimas dos años atrás de un incendio en la ciudad, una «tragedia de la explotación y las condiciones inhumanas de vida».

El Pontífice recuperó el tema de la salida en el discurso dirigido a la Iglesia en Italia –de una duración de cincuenta minutos e interrumpido 24 veces por los aplausos– y que tuvo como centro de reflexión a Jesús, «nuestra luz» y «juez de misericordia», única medida del humanismo cristiano. Concretizando el tema del congreso nacional, el Papa Francisco pidió que «dando ejemplo de sinodalidad», los católicos se confronten con los rasgos distintivos de este humanismo que son, según san Pablo, los sentimientos de Cristo: humildad, desinterés, beatitud.

Siguiendo los sentimientos de Jesús –ha remarcado con fuerza el Pontífice– «no debemos estar obsesionados por el “poder”, aun cuando este asume el rostro de un poder útil y funcional al pensamiento social de la Iglesia». Y repitió que es preferible una Iglesia accidentada por haber salido, a una encerrada en sí misma, víctima de las tentaciones como las del pelagianismo y el gnosticismo. En el extremo opuesto, están los santos, desde Francisco de Asís a Felipe Neri, y también personajes ficticios pero familiares para muchas personas, como don Camilo y Pepón.

Es precisamente una frase de don Camilo imaginada por Giovannino Guareschi, el creador de los dos célebres personajes, la que sirvió al Papa para describir el humanismo cristiano popular – sintetizado en «pueblo y pastores juntos» y «cercanía a la gente y oración»– que debe continuar caracterizando al catolicismo italiano: «Soy un pobre sacerdote de pueblo que conoce a sus parroquianos uno por uno, los ama, sabe de sus dolores y alegrías, que sufre y se sabe reírse con ellos».

El Papa pidió a la Iglesia en Italia que ponga en marcha –«de manera sinodal», en sus comunidades, parroquias, diócesis– una profundización de la Evangelii gaudium, al tiempo que la interpeló a estar cada vez más cerca de los abandonados, los olvidados y los imperfectos. Francisco usó en su discurso una metáfora conmovedora y preciosa para referirse a la historia de la caridad: la de la medalla partida por la mitad que las madres desesperadas dejaban con sus hijos abandonados por necesidad, y de la que conservaban la parte faltante con la esperanza de reconocerlos en el futuro. Así, ocurre con la Iglesia madre, que tiene la mitad de la medalla de “todos sus hijos abandonados” a los que desea reconocer y abrazar.

g.m.v

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20 de Febrero de 2020

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