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La masacre de los seis jesuitas

· La narración de la Procuradora para la Defensa de los Derechos Humanos de El Salvador ·

Publicamos una serie de extractos del libro de Beatrice Alamanni De Carrillo, Ahora y aquí (Trento, Il Margine, 2017, páginas 287, 16 euros) en las cuales narra su vida en El Salvador en defensa de los derechos humanos.

Las condiciones del país estaban al límite de la suportación. Si por un lado, a nivel internacional, se presionaba sobre los dos contendientes para alcanzar un acuerdo cuanto antes, en El Salvador el conflicto se recrudecía cada vez más, sin una victoria para nadie. Era necesario recordar también la caída del muro de Berlín, acaecida poco antes y que había aflojado muchísimo las mallas del Telón de acero y la retórica de la Guerra Fría. Las grandes potencias mundiales ya no estaban dispuestas a permitir, o aún más apoyar, a focos de guerras civiles en los países del tercer mundo. Se había puesto de moda la paz. Es más, el gran capital salvadoreño quería volver cuanto antes a los negocios tanto a nivel nacional como internacional y la guerra era un inútil y nefasto obstáculo: por ello todos los protagonistas principales y secundarios del conflicto querían terminar con ello de verdad.

Las negociaciones sin embargo eran lentas y poco productivas y por ello la guerrilla decidió forzar los tiempos, desencadenando la ofensiva final de noviembre de 1989 como un gesto publicitario de fuerza que se transformó en una auténtica avanzada hacia la capital. Lo cual provocó un derrumbe descompuesto del ejército, que no se esperaba tanta fuerza y tanto éxito de la guerrilla. En el ámbito de esta inmensa tragedia que asoló a todo el territorio nacional, adquiriendo realmente el aspecto y la estructura de una terrible guerra civil, sucedió la masacre de los jesuitas por parte del ejército. Seguramente, este «perder la cabeza» y el control por parte del ejército condujo, aunque si esta no fue la causa principal, a tomar la absurda y disparatada decisión de masacrar a los jesuitas, considerados, en ese momento, como los inspiradores de la situación peligrosísima que se había verificado. Naturalmente, no había nada más lejos de la verdad que tal teoría. Hay que decir, efectivamente, que no hubo nunca una relación directa entre los comandantes guerrilleros y los jesuitas; es más, diría que existió siempre una cierta distancia, no solo material sino, sobre todo, intelectual e ideológica absolutamente neta entre ellos. En cualquier caso hay que decir que el padre Ellacuría trabajaba infatigablemente por la paz, con su lucidez, su inteligencia extraordinaria y con su clara visión del destino democrático que se debía crear para El Salvador. El padre contaba con la estima y la respetuosa consideración del entonces presidente Fredy Cristiani de origen Beatrice Alamanni de Carrillo

Las condiciones del país estaban al límite de la suportación. Si por un lado, a nivel internacional, se presionaba sobre los dos contendientes para alcanzar un acuerdo cuanto antes, en El Salvador el conflicto se recrudecía cada vez más, sin una victoria para nadie. Era necesario recordar también la caída del muro de Berlín, acaecida poco antes y que había aflojado muchísimo las mallas del Telón de acero y la retórica de la Guerra Fría. Las grandes potencias mundiales ya no estaban dispuestas a permitir, o aún más apoyar, a focos de guerras civiles en los países del tercer mundo. Se había puesto de moda la paz. Es más, el gran capital salvadoreño quería volver cuanto antes a los negocios tanto a nivel nacional como internacional y la guerra era un inútil y nefasto obstáculo: por ello todos los protagonistas principales y secundarios del conflicto querían terminar con ello de verdad.

Las negociaciones sin embargo eran lentas y poco productivas y por ello la guerrilla decidió forzar los tiempos, desencadenando la ofensiva final de noviembre de 1989 como un gesto publicitario de fuerza que se transformó en una auténtica avanzada hacia la capital. Lo cual provocó un derrumbe descompuesto del ejército, que no se esperaba tanta fuerza y tanto éxito de la guerrilla. En el ámbito de esta inmensa tragedia que asoló a todo el territorio nacional, adquiriendo realmente el aspecto y la estructura de una terrible guerra civil, sucedió la masacre de los jesuitas por parte del ejército. Seguramente, este «perder la cabeza» y el control por parte del ejército condujo, aunque si esta no fue la causa principal, a tomar la absurda y disparatada decisión de masacrar a los jesuitas, considerados, en ese momento, como los inspiradores de la situación peligrosísima que se había verificado. Naturalmente, no había nada más lejos de la verdad que tal teoría. Hay que decir, efectivamente, que no hubo nunca una relación directa entre los comandantes guerrilleros y los jesuitas; es más, diría que existió siempre una cierta distancia, no solo material sino, sobre todo, intelectual e ideológica absolutamente neta entre ellos. En cualquier caso hay que decir que el padre Ellacuría trabajaba infatigablemente por la paz, con su lucidez, su inteligencia extraordinaria y con su clara visión del destino democrático que se debía crear para El Salvador. El padre contaba con la estima y la respetuosa consideración del entonces presidente Fredy Cristiani de origen italiano, el cual, durante la campaña política para su elección a la presidencia, había sido huésped de la UCA en un histórico evento público que tuve el honor de organizar y en el cual tomó parte el padre Ellacuría.

Allí es donde se conocieron. Padre Ellacuría pensaba que solo incluyendo a las esferas más altas del poder económico y político se pudiese llegar a la paz, realmente; y no, ciertamente, con las armas. Cristiano era, y es, uno de los hombres más ricos y potentes del país; y siempre fue, y continúo siendo, el máximo líder del partido Arena (Alizanza republicana nacionalista), el partido oficial de la derecha salvadoreña, que mantuvo el poder y el gobierno durante muchos años. Sin duda, en aquel momento Fredi Cristiani gozaba del gran prestigio y tenía la posibilidad real y determinante de poner fin a la guerra. Padre Ellacuría lo veía claramente y hacía todo lo posible para abrir espacios de diálogo concretos y eficaces entre el gobierno y los revolucionarios. El padre Ellacuría pensaba ya en la futura paz que veía próxima y se preparaba para trabajar en la reconstrucción del país. Él tenía, efectivamente, una personalidad vigorosa, optimista y positiva, siempre predispuesta al bien y a conseguir los resultados que se deseaban. Por esto la muerte absurda de los jesuitas, grandes forjadores de paz, constituyó, además de un vergonzoso e innoble delito, también un gesto absurdo, irracional, salvajemente inútil y equivocado, por el cual El Salvador paga todavía hoy el precio en campo internacional, a nivel de imagen, en cuanto a las violaciones de derechos humanos. No puedo evitar compartir con quien leerá estas páginas la memoria de la noche en la cual fueron asesinados mis queridos jesuitas.

Desde hacía varios días en el país se intensificaban la ofensiva final y la durísima respuesta del ejército. Faltaban la luz, el agua, los productos de primera necesidad en los supermercados, se vivía a oscuras con el oprimente toque de queda, al cual uno no se podía acostumbrar no obstante se hubiese padecido durante casi toda la guerra. Las tardes precedentes a la masacre solía llamar por teléfono a los padres, no obstante el control de los servicios secretos. Nos intercambiábamos pocas palabras, pero suficientes para entendernos enseguida. Una tarde, dos días antes de la masacre, el padre Montes, con mucha preocupación y mucha tristeza, describió la inspección violenta perpetrada por el ejército en su humilde casa, junto a la capilla y al edificio de los profesores de derecho, justo el mío, y al de economía. Un acto salvaje e inútil que para el padre Montes supuso un dolor profundo, una ofensa a la dignidad humana. La última llamada de la última tarde, pocos momentos antes de la irrupción brutal del grupo militar especializado en cumplir este tipo de crímenes, permanecerá para mí su despedida: la despedida de quien sabe lúcidamente lo que está a punto de ocurrir y lo afronta con extrema conciencia, claridad y determinación, así como había sucedido, nueve años antes, para monseñor Romero.

Hablé, esos instantes, con el padre Ignacio Martín Baró, el más joven de los jesuitas asesinados. Con él había una amistad fraternal y espontánea porque éramos casi coetáneos. Recuerdo el día de su cumpleaños, poco antes de su muerte, cuando, en respuesta a los deseos que le envié de cumplir aún muchos años de vida, me dijo: «Sí, querría vivir todavía un poco porque tengo muchas cosas que hacer». Esa última llamada con él, con ellos, no la podré olvidar jamás y todavía hoy me resulta difícil hablar de ello. Ignacio Martín Baró sabía lo que iba a ocurrir, era plenamente consciente. A las once de la noche, pocas horas antes de la masacre, le llamé por teléfono diciendo que habría ido a visitarle. Naturalmente, sabíamos que los teléfonos estaban controlados. Él respondió con un «no» contundente. Le pregunté: «¿por qué?». «La gasolina está racionada, debes guardarla para tus hijos, no vengas», respondió. Esperaba que algo terrible iba a suceder.

La noche entre el 15 y el 16 de noviembre de 1989 un escuadrón especial del ejército etró en la UCA y rodeó la residencia de los padres jesuitas. Les llamaron y les asesinaron uno por uno. Murieron así padre Ignacio Ellacuría, padre Segundo Montes, padre Ignacio Martín Baró, padre Joaquín López y López, padre Juan Ramón Moreno, padre Amado López. Con ellos fueron asesinadas también las colaboradoras domésticas Julia Elba Ramos y su hija Celina, de quince años, porque fueron testigos de la masacre.

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