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La lógica del encuentro

Los viajes de Francisco son esenciales, y por esta característica su modelo principal es el de Pablo vi, el predecesor que hace medio siglo trazó un aspecto innovador del papado contemporáneo. Evidente desde la visita a Lampedusa y hasta la recentísima a Estrasburgo, la esencialidad marcó el viaje a Turquía según un código particular y típico de Bergoglio, es decir, la lógica del encuentro personal.

El Papa la evocó al hablar al final de la divina liturgia celebrada en El Fanar con ocasión de la fiesta de san Andrés, pero es en el signo del encuentro donde hay que leer todo el itinerario que desde Ankara condujo al Pontífice a Estambul. Viaje que por una parte se dirigió a los musulmanes y, por otra, a las Iglesias hermanas de la ortodoxia. Y quien mantuvo juntas las dos caras de este encuentro es una realidad misteriosa, el Espíritu Santo.

Es el Espíritu, en efecto, quien anima a la Iglesia, recordó el Papa Francisco al celebrar para los fieles católicos de diversos ritos reunidos en la catedral de Estambul, donde antes de partir el Papa quiso reunirse con una representación de refugiados, sobre todo de Siria y de Irak, refugiados en Turquía para salvarse de la crueldad terrorista, al ser imposible la visita a uno de los campos que los alojan. «Sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, producir la unidad» dijo, añadiendo que es el Espíritu mismo quien constituye la armonía.

Alma de la Iglesia —y, por lo tanto, de la misión, a la que puede verdaderamente responder sólo saliendo de sí misma—, el Espíritu la llena con un viento «que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender». Aquí, en el soplo del Espíritu divino, está también la raíz de su camino, ratificado con fuerza desde los años del concilio y orientado a encontrar con amistad a cada ser humano, sin distinción de fe o de ideología.

Y de nuevo la lógica del encuentro personal se manifestó en estos días en Turquía, meta de cuatro viajes papales en menos de cincuenta años y donde la mano extendida de Francisco se abrió con confianza para estrechar la de autorizados exponentes musulmanes, como lo recordó el Papa en la rueda de prensa durante el vuelo de regreso. Hay que dar «un salto de calidad» en el diálogo entre cristianos y musulmanes —dijo entre otras cosas el Pontífice— y es urgente que todos los líderes islámicos condenen la violencia y la intolerancia, incompatibles con una auténtica fe en Dios.

Viaje de amistad, los tres días del Papa en Turquía marcan una etapa con razón definida histórica en el camino hacia la unión entre las Iglesias de Roma y de Constantinopla, pero más en general entre católicos y ortodoxos. Y verdaderamente los gestos y las palabras de Francisco y Bartolomé remitieron a las intuiciones y a la acción de Atenágoras y Pablo vi que hace medio siglo tuvieron la valentía de iniciar, después de más de un milenio de división y enemistad, un camino nuevo. Recorrido por sus sucesores Demetrios, Juan Pablo ii y Benedicto xvi para que en la unidad resplandezca sólo la luz de Cristo.

g.m.v.

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19 de Septiembre de 2019

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