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La lección de una abuela

· Misa del Pontífice en Santa Marta ·

«Dios perdona todo, de otra forma el mundo no existiría»: las palabras que una anciana mujer dijo en 1992 a Jorge Mario Bergoglio son una auténtica «lección» al inicio del Año santo de la misericordia. Y ponen en guardia acerca de no caer en la «rigidez clerical», sugiriendo más bien seguir sin dudar el camino de la esperanza y de la misericordia que nos hace «libres». El Papa, en la misa celebrada el lunes 14 de diciembre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, relanzó la invitación a tener «una mirada penetrante», que sepa ir más allá para ver y decir la verdad.

«En la primera lectura —destacó inmediatamente el Papa— hemos escuchado un pasaje del libro de los Números» (24, 2-7.15-17) sobre la «historia de Balaán: era un profeta, pero era también un hombre y tenía sus defectos, incluso pecados». Porque, destacó el Papa Francisco, «todos pecamos, todos somos pecadores». Pero «no os asustéis —dijo el Papa con palabras que tranquilizan— Dios es más grande que nuestros pecados».

«Balaán —explicó— había sido “alquilado” por un tal Balac, general y rey, que quería destruir el pueblo de Dios. Y lo envió a profetizar en contra del pueblo de Dios». Pero «en el camino Balaán se encontró con el ángel del Señor y cambia el corazón, y ve la verdad». Pero «no cambia de partido: hoy soy de este partido político y después paso a este otro, no. Cambia del error a la verdad y dice lo que ve».

«Es hermoso —añadió Francisco— cómo cuenta esta historia el libro de los Números: “Oráculo de Balaam... oráculo del hombre de mirada penetrante”». En efecto, explicó, «cuando él cambia su corazón, se convierte, tiene la mirada penetrante y ve más allá, ve la verdad, con el corazón abierto, con el corazón —con buena voluntad siempre se ve la verdad—, y dice la verdad».

Y «es una verdad que dona esperanza, porque él estaba ante el desierto, estaba precisamente ante el desierto, y ve las tribus de Israel: “¡Qué bellas tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente”». Así, «más allá del desierto ve la fecundidad, la belleza, la victoria».

Pero «¿qué pasó en el corazón de Balaán?». El hecho, dijo Francisco, es que «él abrió el corazón y el Señor le dio la virtud de la esperanza». Y «la esperanza es la virtud cristiana que nosotros tenemos como un gran don del Señor que nos hace ver lejos, más allá de los problemas, los dolores, las dificultades, más allá de nuestros pecados». Nos hace «ver la belleza de Dios».

«Esperanza», por lo tanto, es la palabra clave. Y «cuando me encuentro con una persona que tiene esta virtud de la esperanza y está pasando un mal momento de su vida —una enfermedad, una preocupación por un hijo o una hija o alguien de la familia, o cualquier otra cosa—, pero tiene esta virtud, en medio del dolor tiene la mirada penetrante, tiene la libertad de ver más allá, siempre más allá». Y precisamente «esta es la esperanza, es la profecía que hoy la Iglesia nos dona: se necesitan mujeres y hombres de esperanza, incluso en medio de los problemas». Porque «la esperanza abre horizontes, la esperanza es libre, no es esclava, encuentra siempre un sitio para arreglar una situación».

En el pasaje del Evangelio de Mateo (21, 23-27) propuesto por la liturgia, continuó, «vemos, en cambio, hombres que no tienen esta libertad, no tienen horizontes, hombres cerrados en sus cálculos». Así, los jefes de los sacerdotes y de los ancianos del pueblo preguntan al Señor: «¿Con qué autoridad haces esto?». A la sucesiva pregunta de Jesús, antes de responder «no sabemos», hacen sus cálculos: «Pero si digo esto tengo este peligro, y si digo eso otro...». De este modo, destacó el Papa, «los cálculos humanos cierran el corazón, cierran la libertad». Es «la esperanza» la que «nos hace ágiles». Así, «esta hipocresía de los doctores de la ley, que está en el Evangelio y que cierra el corazón, nos hace esclavos: estos eran esclavos».

Por su parte, «Balaán tuvo la libertad de decir al que lo había “alquilado”: “Yo veo esto, si a ti no te gusta, problema tuyo; pero yo te digo lo que veo”». En cambio, «estos no tienen libertad, son esclavos de las propias rigideces». Y «podemos decir —afirmó el Papa Francisco— que ambas partes, no técnicamente, son cercanas a la Iglesia, son hombres de Iglesia: Balaán, profeta; y estos, doctores de la ley».

«¡Qué hermosa es la libertad, la magnanimidad, la esperanza de un hombre y de una mujer de Iglesia», aseguró el Papa. Y, «en cambio, que fea y cuánto mal hace la rigidez de una mujer y de un hombre de Iglesia: la rigidez clerical, que no tiene esperanza».

«En este Año de la misericordia —dijo el Pontífice— están estos dos caminos». Por una parte está «quien tienen esperanza en la misericordia de Dios y sabe que Dios es Padre», que «Dios perdona siempre, y todo», y que «más allá del desierto está el abrazo del Padre, el perdón». Pero por otra parte «están también los que se refugian en su esclavitud, en su rigidez, y no conocen nada de la misericordia de Dios». Aquellos de los que habla el Evangelio de Mateo «eran doctores, habían estudiado, pero su ciencia no los salvó».

«Quisiera terminar —dijo como conclusión— con una anécdota de un hecho que me sucedió a mí, en el año 1992. Había llegado a la diócesis la imagen de la Virgen de Fátima. Se celebraba una gran misa para los enfermos —muy grande, en un campo grande, con mucha gente—, y yo fui a confesar allí. Y confesé desde cerca del mediodía hasta las seis, cuando terminó la misa. Había muchos confesores».

Precisamente «cuando me levanté para ir a celebrar una Confirmación en otro lugar —recordó— se acercó una anciana, de unos ochenta años, con una mirada que veía más allá, con ojos llenos de esperanza». Y «yo le dije: “Abuela, ¿usted viene a confesarse? Pero, ¡usted no tiene pecados!”». A partir de la respuesta de la mujer —«Padre, ¡todos pecamos!»— Bergoglio relanzó el diálogo: «¿Tal vez el Señor no los perdona?». Y la mujer, fuerte en su esperanza, dijo: «Dios perdona todo, porque si Dios no perdonara todo, el mundo no existiría».

Y así, «ante estas dos personas» —el «libre» con su «esperanza, con lo que te conduce a la misericordia de Dios»; y «el cerrado, el legalista, precisamente el egoísta, el esclavo de sus rigideces»— el Papa Francisco sugirió hacer propia «la lección que me dio esa anciana de ochenta años —era portuguesa—: Dios perdona todo, sólo espera que tú te acerques».

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