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La investigación en tiempos de internet

· A propósito del descubrimiento del manuscrito vaticano de la Ética de Baruch Spinoza ·

En la tarde del martes 18 de octubre, en la sede romana del Consejo nacional de investigaciones (C.N.R.) tiene lugar un encuentro sobre el descubrimiento del manuscrito vaticano de la Etica de Spinoza (Biblioteca Vaticana, Vat. lat. 12838), anunciado con gran relieve el pasado mes de mayo.  En el encuentro toman parte, con el presidente del C.N.R. Francesco Profumo, Tullio Gregory, Marta Fattori, Paolo Cristofolini y Andreina Rita. Publicamos el inicio y la conclusión de la intervención del director del Departamento de Manuscritos de la Biblioteca Vaticana.

¿Cómo es posible que en una Biblioteca frecuentada y visitada como la Vaticana, con una ultrasecular tradición de intensos estudios, de cualificadas investigaciones y de expertas prácticas bibliotecarias, se puedan producir descubrimientos como el del manuscrito de la Ética de Spinoza, en el centro de este encuentro? ¿Debemos, por ello, creer que la Biblioteca Vaticana no sabe lo que custodia o, en la dirección opuesta, sospechar que aún es depositaria de otros secretos, tal vez subversivos para la fe, ocultados a la mayoría de las personas, al estilo de un clima de las obras de Dan Brown? Me he encontrado con personas, no de escasa inteligencia,  firmemente convencidas por ejemplo de que la Biblioteca Vaticana posee un enorme  « enfer » de obras pornográficas; y entre las cartas que en un tiempo llegaban de vez en cuando a la Biblioteca, una de las más frecuentes era la de quienes buscaban en los fondos manuscritos vaticanos el original de una carta de Poncio Pilato a Tiberio a propósito de Jesús. Más allá de la broma y de la sonrisa, hechos como el del descubrimiento del manuscrito de la Ética pueden constituir la ocasión para reflexionar sobre lo que significa hoy buscar y encontrar en las grandes bibliotecas de conservación (y en los archivos), para considerar su naturaleza y para superar algunos lugares comunes; pero también para preguntarse sobre la posibilidad en las investigaciones humanísticas del  «descubrimiento», eventualidad a menudo contemplada sólo en el ámbito de las ciencias naturales. Será útil, por eso, repasar la historia de cuatro descubrimientos o  « inventiones » ocurridas en la Biblioteca Vaticana en los últimos años y que han suscitado cierta sensación. Recorrer las etapas y las modalidades, casi sin comentarios, nos permitirá probablemente responder a las preguntas iniciales. [...].

Los cuatro casos de descubrimientos brevemente ilustrados [los de una desconocida comedia de Menandro en el palimpsesto Vat. sir. 623 por parte de Francesco D’Aiuto; del texto autógrafo italiano de L’ateismo trionfato de Tommaso Campanella en el Barb. lat. 4458 por parte de Germana Ernst; de un códice de música polifónica del siglo XV en el Vat. mus. 440 por parte de Arnaldo Morelli; y, por último, del manuscrito de la Ética de Spinoza, por parte de Leen Spruit y Pina Totaro] presentan características comunes. En el proceso de cada uno de ello los elementos para el descubrimiento desde hace tiempo eran sustancialmente conocidos, visibles, estaban ante los ojos de todos. Pero para hacerlos realmente significativos, para hacer que surgiera la chispa de la novedad y precisamente del descubrimiento, era necesario combinarlos juntamente, era preciso interpretarlos; en otras palabras, era necesario hacerlos elocuentes a través de una lectura inteligente. Para usar la antigua fórmula agustiniana,  « accedit verbum ad elementum et fit sacramentum ». La materia preexiste, está allí, al alcance de quien la quiera tratar; pero debe llegar una intervención externa, el « verbum », atento y consciente, para que el « elementum » se transforme en « sacramentum ». Así, en la investigación sólo la inteligencia  (en medida muy limitada, con la ayuda de la casualidad) puede llegar al descubrimiento de algo que a veces -como cuando en 1992 Michael McCormick descubrió centenares de notas tironianas y de glosas en latín y en alto-alemán entre las líneas de un celebérrimo manuscrito virgiliano tardo-antiguo de la BibliotecaVaticana, el Virgilio Palatino (Pal. lat. 1631)- estaba ante los ojos de todos, casi como la carta robada de Edgar Allan Poe. En una época en que todos estamos menos habituados a buscar porque ya estamos viciados por la posibilidad del descubrimiento cómodo e inmediato, sin siquiera levantarnos de la silla y de nuestro escritorio, en la época de la meritoria y a veces utilísima Wikipedia y de los cada vez más poderosos motores de búsqueda  (que en realidad son la muerte no sólo de la erudición sino también de la investigación tout court y  la consagración del descubrimiento sin esfuerzo), los cuatro casos de los recientes descubrimientos en la Biblioteca Vaticana nos enseñan la belleza, la necesidad, pero también las extraordinarias potencialidades de una investigación humilde y fatigosa, a menudo no realizada mediante  «conexiones remotas» sino con la asidua presencia física en las bibliotecas (que por desgracia cada vez se visitan menos), entre las estanterías, tomando aún entre las manos inventarios de papel manuscritos o dactiloscritos.

Así pues, volvamos a frecuentar las bibliotecas y los archivos; revisemos (si es posible) ritmos, exigencias y modalidades de la vida académica y de la formación universitaria; reservemos cada vez más tiempo a la presencia física, podríamos decir, a la militancia sobre el terreno, en los lugares de la memoria. Y entonces las bibliotecas y los archivos revelarán verdaderamente sus secretos, que no son los imaginados por Dan Brown, celosamente sustraídos al conocimiento de muchos por una restringida casta de sus iluminados depositarios; sino que son, más sencillamente, los que se revelan al humilde y tenaz investigador que sepa aún leer, consultar, comparar y reflexionar.

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19 de Enero de 2020

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