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La gracia del hormiguero

· Ana Cristina Villa Betancourt habla de Laura Montoya Upegui, santa del mes ·

Antioquía es una región del noroeste de Colombia, caracterizada por majestuosas montañas, tupida vegetación, tierras fértiles y una población amable y laboriosa. En esta región, en Jericó, nació en 1874 la primera santa colombiana, Laura Montoya Upegui.

Huérfana siendo aún niña, creció con su familia pasando de una ciudad a otra y se formó en la fe católica propia de su pueblo. A los 7 años Laura tuvo una fuerte experiencia de Dios, que llamó “la gracia del hormiguero”. La niña se divertía observando algunas hormigas que llevaban hojitas hasta a su nido, y de repente se sintió conquistada por la certeza de “que Dios estaba allí (…). Lo sentí durante mucho tiempo, sin saber qué sentía, no podía hablar (…). Miré de nuevo el hormiguero y en él, con una ternura desconocida, sentí a Dios”. Esta experiencia marcó indeleblemente su vida interior.

La madre Laura rodeada por indios catíos en la colina “El Cuchillón” (Antioquía, 1939)

De joven se trasladó a Medellín, capital de Antioquía, para obtener el título de maestra, y vivió en varias localidades de esa región ejerciendo como tal. Su vida espiritual y su relación con Dios crecían y sentía que estaba madurando en ella una vocación para el Carmelo. Al mismo tiempo, experimentaba una solicitud cada vez más grande por las poblaciones indígenas de Antioquía. La idea de que en zonas remotas existieran pueblos que todavía no conocían el amor de Dios era para Laura como una punzada en el corazón, que la inquietaba. Se preguntaba cómo podía llegar a ellos, y en presencia de Dios pensaba en los métodos pedagógicos para hacerlo. Así, renunció a la enseñanza y cultivó otra idea: si esos indígenas huían porque al ver llegar a los misioneros se sentían amenazados, quizá viendo llegar a mujeres se sentirían menos expuestos al peligro. Esto le permitiría comenzar una “obra de indios”, que abriría nuevos caminos a los sacerdotes.

Laura compartió esta idea con algunas discípulas y conocidas, y les habló a sus directores espirituales. Las primeras se entusiasmaron, mientras que los segundos la escucharon con perplejidad. Algunos dijeron que estaba loca, y procuraron disuadirla, aduciendo –entre varios argumentos– los numerosos fracasos de otras expediciones misioneras. Pero obtuvo el apoyo de algunos miembros de la jerarquía, que consideraban providencial la preocupación de esta mujer apasionada.

En 1914, a los 40 años de edad, Laura se puso en camino con seis compañeras hacia la remota región de Dabeiba. La expedición –compuesta por misioneras, mulateros y mulas– despertó curiosidad, solidaridad y admiración en Medellín. Las viajeras eligieron como consigna: “Antes la muerte que volver a atrás”.

Al llegar a su destino, experimentaron los métodos que habían concebido para acercarse a los indios. Respeto de su identidad: percibían desconfianza en los indígenas, pero para Laura la fe no exigía que los indios renegaran de su cultura.

De esa aventura nacieron las Misionarias de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena. Llevaban vestidos comunes y vivían en chozas sin paredes, se trasladaban a lomo de mula y a veces se veían privadas de los sacramentos o de la oración ante el Tabernáculo para poder adentrarse en la selva en busca de los indígenas más lejanos. La madre Laura enseño a sus hijas a ofrecer a Dios estas dificultades como un “sacrificio bautista”, puesto que ellas, al igual que san Juan Bautista, a veces debían privarse de la presencia de Jesús “para que Jesús creciera en las almas que no lo conocían”.

En 1917 llega el reconocimiento canónico, pero esa forma de vida religiosa, por su novedad, a muchos les parece poco confiable. La madre Laura suscitó envidia y sospechas. En 1925 las misioneras fueron obligadas a dejar Dabeida, cuna de la Congregación. Pero encontraron acogida en otras regiones de Colombia. En 1930 la madre Laura, a pesar de su salud debilitada, viajó a Roma para obtener un decreto laudatorio para su Congregación. Pero su propósito fracasó. Entonces, volvió a Colombia y siguió trabajando para expandir y consolidar su obra. Murió en Medellín, el 21 de octubre de 1949.

La herencia de la madre se capta en la obra de las misioneras “lauritas”, visitando su monasterio de Medellín, pero también leyendo sus escritos profundos y sencillos, de tonos místicos. Su Autobiografía encierra apasionantes relatos de sus peripecias en tierra colombiana, además de pasajes de altísima espiritualidad. En las Voces místicas de la naturaleza trata de enseñar a las misioneras a percibir la presencia de Dios incluso donde no hay ni capilla ni tabernáculo, sino solo selva.

Laura Montoya Upegui es como una intensa llama que arde de amor a Dios y del deseo de que sea conocido y amado. Su amor no se detuvo frente a las dificultades y tampoco frente a la incomprensión de la que fue víctima a causa de sus ideas audaces.

Ejemplos como el suyo muestran lo que es capaz de hacer el corazón de una mujer cuando arde de amor a Dios.

Nacida en Medellín, Colombia, el 5 de marzo de 1971, Ana Cristina Villa Betancourt es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Se licenció en Teología patrística e Historia de la Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Desempeñó varias funciones en su comunidad, especialmente en el área de la formación vocacional, de la pastoral juvenil y del discernimiento vocacional. Desde mayo de 2009 es responsable de la Sección Mujer del Pontifico Consejo para los laicos.

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