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La gracia de la vergüenza

· Misa en Santa Marta ·

Dos consejos espirituales del Papa Francisco para la Cuaresma: «no juzgar a los otros» y «pedir a Dios la gracia de la vergüenza por los propios pecados». Son «el juicio» y «la misericordia», con la sugerencia de una examen de conciencia personal, los puntos cardinales de la meditación del Pontífice en la misa celebrada el lunes por la mañana, 26 de febrero, en Santa Marta.

«La Cuaresma es un camino de purificación: la Iglesia nos prepara para la Pascua y nos enseña también a renovarnos, a convertirnos» hizo presente Francisco. Y «podemos decir que el mensaje de hoy es el juicio, porque todos nosotros seremos sometidos a juicio: todos». Tanto que «ninguno de nosotros podrá huir del juicio de Dios: el juicio personal y después el juicio universal».

«Bajo esta óptica —afirmó el Papa— la Iglesia nos hace reflexionar sobre dos actitudes: la actitud hacia el prójimo y la actitud con Dios». En particular respecto al «prójimo nos dice que no debemos juzgar: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Es más: perdonad y seréis perdonados”». Y «el Señor es claro en esto» explicó Francisco, citando el pasaje del Evangelio de Lucas (6, 36-38) propuesto por la liturgia del día.

Cierto, prosiguió el Pontífice, «cada uno de nosotros puede pensar: “yo nunca juzgo, yo no hago de juez». Pero «si nosotros buscamos en nuestra vida, en nuestras actitudes, ¡cuántas veces el argumento de nuestras conversaciones es juzgar a los otros!». Quizá también «un poco de forma natural» nos sale decir: «esto no va». Pero, insistió Francisco, «¿quién te ha hecho juez a ti?».

En realidad «este juzgar a los otros es algo feo, porque el único juez es el Señor». Por otro lado, «Jesús reconoce esta tendencia nuestra a juzgar a los otros» y nos avisó: «Estate atento, porque en la medida con la que tú juzgas, serás juzgado: si tú eres misericordioso, Dios será misericordioso contigo». Por tanto, «no juzgar».

Casi como si fuera un test, el Papa propuso: «Podemos hacernos esta pregunta: en las reuniones que nosotros tenemos, una comida, lo que sea, pensemos de dos horas de duración: de esas dos horas, ¿cuántos minutos se han gastado para juzgar a los otros?» Y si «esto es el “no”, ¿cuál es el “sí”? Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Es más: sed generosos, “dad y se os dará”.». Pero «¿qué se me dará? “Una medida buena, apretada, llena y desbordante”» recordó Francisco citando una vez más el pasaje de Lucas. Y esto es «la abundancia de la generosidad del Señor, cuando nosotros estemos llenos de la abundancia de nuestra misericordia al no juzgar».

Francisco sugirió así pensar «un poco en esto: ¿yo juzgo a los otros? ¿Cómo juzgo? De la misma forma, yo seré juzgado. ¿Soy misericordioso con los otros? De la misma forma el Señor será misericordioso conmigo». Y «podemos —hoy, mañana, pasado mañana— tomar algunos minutos para pensar en estas cosas, y nos hará bien».

«La segunda parte del mensaje de la Iglesia de hoy —prosiguió— es la actitud con Dios». Y «es tan bonito como el profeta nos dice, cómo debe ser la actitud con Dios: humilde», explicó el Pontífice refiriéndose al pasaje bíblico de Daniel (9, 4-10). Por tanto, «tú eres Dios, yo soy pecador: el diálogo con Dios empieza siempre de esta adoración penitencial: tú eres Dios, yo soy pecador». Escribe, de hecho, Daniel: «Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas». En una palabra, «hemos pecado, Señor».

Pero precisamente «esta es la humildad delante de Dios. Cada uno de nosotros conoce los propios pecados y esto puede decirlo delante de Dios: Señor, he pecado, soy un pecador y “a ti la justicia”».

Por otro lado «nosotros sabemos que la justicia de Dios es misericordia, pero es necesario decirlo: “A ti, Señor, la justicia, a nosotros la vergüenza”». Y «cuando se encuentran la justicia de Dios con nuestra vergüenza, ahí está el perdón».

Al respecto, Francisco sugirió las preguntas para hacerse a uno mismo para un examen de conciencia: «¿Yo creo que he pecado contra el Señor? ¿Yo creo que el Señor es justo? ¿Yo creo que es misericordioso? ¿Yo me avergüenzo delante de Dios, de ser pecador?». Y la respuesta es «así de simple: “A ti la justicia, a mí la vergüenza”». Por tanto, debemos «pedir la gracia de la vergüenza».

«En mi lengua materna —confió el Papa— a la gente fea, mala, que hace el mal, se le llama “desvergonzado”, sin vergüenza». Por eso, insistió, debemos «por favor pedir la gracia de que nunca nos falte la vergüenza delante de Dios: “A ti la justicia, a mí la vergüenza”». Porque «la vergüenza es una gran gracia».

En conclusión, el Pontífice invitó a examinar nuestra «actitud hacia el prójimo», recordando «que con la medida con la que yo juzgo, seré juzgado». Por eso «no debo juzgar». Y «si digo algo sobre otro, que sea generosamente, con mucha misericordia». En cuanto a la «actitud delante de Dios», debe estar centrada en «este diálogo esencial: “A ti la justicia, a mí la vergüenza”».

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19 de Septiembre de 2018

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