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La fraternidad y la paz,
pero desde la perspectiva del cielo

La palabra del año, el Papa lo había dejado claro en el mensaje Urbi et Orbi del día de Navidad, es fraternidad. Hoy esta palabra muestra su fruto más hermoso: la paz. De acuerdo con estas dos palabras y su significado, el Papa en Abu Dabi hizo otro gesto histórico de su pontificado que se acerca al sexto aniversario: la firma conjunta con el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyib, del «Documento sobre la Fraternidad Humana». Antes de la firma, en el entorno sobrio y evocador del Founder’s Memorial, el Papa pronunció un discurso de alto nivel que parte de lejos, el octavo centenario de la reunión entre San Francisco y el Sultán al-Malik al-Kamil y desde arriba, desde la mirada de Dios: «No se puede honrar al Creador sin preservar el carácter sagrado de toda persona y de cada vida humana: todos son igualmente valiosos a los ojos de Dios. Porque él no mira a la familia humana con una mirada de preferencia que excluye, sino con una mirada benevolente que incluye». Y más adelante: «la conducta religiosa debe ser purificada continuamente de la tentación recurrente de juzgar a los demás como enemigos y adversarios. Todo credo está llamado a superar la brecha entre amigos y enemigos, para asumir la perspectiva del Cielo, que abraza a los hombres sin privilegios ni discriminaciones». Viene a la mente la frase de El Revés de la trama, de Graham Greene, en la que se habla del cielo lejano de la tierra de Sierra Leona, el lugar donde se desarrolla la novela: «Aquí se puede amar a los seres humanos casi como los ama Dios mismo, sabiendo lo peor de ellos». No hay juicio, no hay justicia, si no se declina según la misericordia.

Y, en cambio, el individualismo, «enemigo de la fraternidad» y la sed de poder, llevan al hombre a separar el mundo en amigos y enemigos. Carl Schmitt, el gran (y perturbador) filósofo del Derecho alemán, observó que «el poder se concentra alrededor de un enemigo», y es esta «concentración» lo que el Papa llegó a romper aquí en los Emiratos Árabes Unidos; como un verdadero pacificador, quiere con su discurso «contribuir activamente a la desmilitarización del corazón del hombre», porque «la fraternidad humana nos exige, como representantes de las religiones, el deber de desterrar todos los matices de aprobación de la palabra guerra. Devolvámosla a su miserable crudeza».

La paz es impuesta por la hermandad humana cuando se convierte en fraternidad, es decir, según la mirada de Dios Padre. Un padre misericordioso, y también imaginativo. Porque es un padre prolífico, el creador de todo lo que existe: «expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad. Su expresión es la pluralidad religiosa. En este contexto, la actitud correcta no es la uniformidad forzada ni el sincretismo conciliatorio».

Por lo tanto, se necesita la misma fantasía de Dios para mantener juntas tanto la afirmación de la propia identidad «de la que no se debe abdicar para complacer al otro», como «la valentía de la alteridad, que implica el pleno reconocimiento del otro y de su libertad». Libertad; no es casualidad que el Papa cite al Dostoyevski de Los hermanos Karamazov, el gran drama de la libertad, y lo cita para reflexionar sobre el tema de la sinceridad, una condición necesaria para un diálogo que conduzca a la paz.

Esto es lo que todo el mundo vio anoche en Abu Dabi: un hombre sincero que recorre incansablemente el mundo, que aprovechó la ocasión de un antiguo aniversario para «venir aquí como un creyente sediento de paz, como un hermano que busca la paz con los hermanos».

Andrea Monda

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26 de Abril de 2019

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